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La Corte Suprema ante el Caso de
Los Cinco
Y la justicia quedó
ciega
Por István Ojeda Bello
Más de una vez se ha dicho que en relación con
Cuba, no hay mucha lógica en la actuación de las diferentes
partes de sistema político-judicial de los Estados Unidos.
Volvemos a comprobarlo de la peor manera, con la decisión de la
Corte Suprema de dicho país de no considerar la apelación
presentada por cinco luchadores antiterroristas cubanos.
Es sin lugar a dudas una decisión imposible de
explicar por los caminos normales. Sobre todo porque desde el
punto de vista legal, los argumentos que sustentaban la
solicitud de un nuevo juicio para Gerardo Hernández, Fernando
González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero y René González,
eran contundentes. Tratándose de ciudadanos de otro país,
seguramente habría prosperado la apelación, aunque a decir
verdad, si no hubieran sido cubanos, probablemente nunca habrían
sido encarcelados.
¿Por qué la máxima instancia judicial de una
nación, que supuestamente existe para velar el cumplimiento
estricto de la ley y por el respeto a los derechos de sus
ciudadanos, no quiere pronunciarse sobre un caso tan importante,
cuando estaba en juego un principio cardinal de la
jurisprudencia como es el derecho a un juicio justo? Por una
razón evidente, en cuestiones vinculadas a Cuba las
consideraciones políticas pesan más que cualquier análisis
legal.
¿Darle la razón a Cuba?
Para considerar la apelación de Los Cinco, los
diez magistrados habrían tenido que atravesar el enorme abismo
divisorio entre los temas cubanos y la lógica más sencilla.
Sería enfrentarse a la disyuntiva de reconocer o no, el derecho
legítimo de la Revolución Cubana a defenderse; y al mismo
tiempo, lidiar con la posibilidad de admitir la complicidad,
tácita o explícita, de las diferentes administraciones
estadounidenses con flagrantes acciones de terrorismo y guerra
contra un Estado legalmente reconocido por la comunidad
internacional y que goza del apoyo mayoritario de su pueblo.
Todo eso significaba para la Corte aceptar la
apelación. No importa si luego hubiese emitido un fallo a favor
o en contra de Los Cinco. El simple hecho de colocarse en una
encrucijada que podría conducir a darle la razón a Cuba les
pareció demasiado.
Cierto que en el caso del Elián González, la
Corte falló de una forma que permitió su regreso a Cuba. Sin
embargo allí la decisión estuvo, también, motivaba por razones
políticas. Con la opinión pública interna abrumadoramente al
lado de padre del niño, entonces fue “políticamente correcto”
presentarse como protectores de los valores familiares.
En un análisis posterior el compañero Fidel
señalaba que desde el comienzo, estaba convencido que por las
vías judiciales nunca le darían la razón a Cuba. Solo mediante
la presión internacional y particularmente poniendo el tema en
la agenda del norteamericano medio fue posible inclinar la
balanza a favor de la razón.
Lógica “particular” en los tribunales
Si la Corte aceptaba considerar la apelación de
los Cinco, podría verse forzada a cuestionar decisiones tanto de
tribunales federales de la Florida y otros estados, como, en
este caso, del pleno de la Corte de Apelaciones de Atlanta,
quienes, sobre todo en la primera instancia, dejaron bien claro
que en asuntos donde esté involucrada Cuba, jamás harán nada que
suponga la más mínima probabilidad de reconocerle nada a la
Mayor de las Antillas.
Téngase en cuenta que los diferentes escalones
del sistema judicial estadounidense, y en particular en el sur
de la Florida, tiene un extenso récord haciendo trizas las leyes
con tal de hacerle daño a la Revolución Cubana.
Si no, cómo entender que Bacardí venda en
Estados Unidos un ron con una marca, Havana Club que no
es suya, contradiciendo todos los principios del mercado; o que
cuando allí las personas son detenidas con arsenales suficientes
para armar a un pequeño ejército, salen a lo sumo con un año de
reclusión domiciliaria o una multa, sencillamente con decir que
esas armas son para invadir a Cuba.
Eso sin hablar de cómo le han aceptado la
demanda de un terrorista (José Basulto) contra el Estado al que
atacaba, por el “stress postraumático” que éste le causara
tratando de defenderse.
¿Temieron los magistrados del Supremo al poder
del lobby anticubano? Probablemente. Más les aterró ir en contra
de la política tradicional de no hacer nada que pueda
interpretarse como favorable a la Revolución Cubana, o por lo
menos, que se tradujera en tratar a Cuba como un país
independiente.
Nótese que en relación a Luis Posada Carriles
tampoco la Corte Suprema aceptó pronunciarse. No importó
siquiera que al Bin Laden del hemisferio occidental se le esté
procesando por mentiroso y no por terrorista. Ni así quisieron
meter sus manos en un territorio exclusivo de la mafia
anticubana y sus protectores en Washington.
Por otra parte el gobierno fue bien explícito en
su estrategia de presentar a Cuba como una amenaza para su
seguridad nacional. De lo contrario no hubieran detenido al ex
funcionario del Departamento de Estado, Walter Kendall Myers y
su esposa bajo la acusación de haber espiado para La Habana,
justamente antes de que la Corte se pronunciara sobre un caso
vinculado a este asunto.
La publicidad al respecto, independientemente de
ser ciertos o no los cargos contra los Myers, fue suficiente
para enrarecer el clima político bilateral y apuntalar de farsa
de que la Mayor de las Antillas es un peligro para EE.UU.
En esa situación si la Corte Suprema entraba en
el campo minado de evaluar los cargos de conspiración para
cometer espionaje que pesan sobre Los Cinco y en particular el
cargo de conspiración para cometer asesinato por el cual Gerardo
fue condenado a cadena perpetua, estaría chocando con la tesis
que trata de presentar al gobierno cubano como hostil hacia el
pueblo de Estados Unidos.
Para eso se requería de una valentía y una
vergüenza por encima de cualquier parecer político, que, como se
ha visto, fue demasiado para John Roberts, John Paul Stevens,
Antonin Scalia, Anthony Kennedy, David Souter, Clarence Thomas,
Ruth Bader Ginsburg ,Stephen Breyer y Samuel Alito. Pesaron más
los prejuicios y perdieron la oportunidad de probar que en
Estados Unidos se respeta a ley.
Dicen que la justicia lleva los ojos cubiertos
para ser imparcial, ahora la dejaron ciega. |