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Gerardo
Hernández Nordelo, licenciado en el Instituto Superior de
Relaciones Internacionales Raúl Roa García
Gerardo Hernández Nordelo nació el 4 de junio de
1965 en el seno de una familia humilde como el tercero de tres
hermanos. Desde muy niño, él sólo se dedicó a estudiar y a
prepararse, afirma su madre Carmen Nordelo Tejera quien recuerda
la visita reciente que le hicieran dos de sus maestras de
primaria para comentarle que ningún niño era como su hijo, quien
mientras el resto jugaba pelota y sólo las saludaban, Gerardo
venía y las ayudaba con el bolso y se lo llevaba hasta su casa”.
Desde niño tuvo afición a las caricaturas,
participaba en concursos, y la gente le preguntaba a su madre
cómo era posible que siendo tan serio tuviera tanto humor.
Muy querido es las escuelas que estudió por parte
de sus compañeros y profesores, estos recuerdan su sentido de la
responsabilidad. Salía con sus amigos, jugaba pelota, iba a la
escuela al campo, y cuando terminó el bachillerato obtuvo la
carrera universitaria de Relaciones Internacionales.
En la Universidad, Gerardo era un activo
integrante de la Federación Estudiantil Universitaria, estaba en
el grupo de teatro de la escuela, practicaba karate, editaba un
boletín, hacía sus caricaturas y las publicaba en un periódico
nacional de humorismo, a la vez que proseguía sus estudios
superiores y era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC.
Al concluir la carrera como Licenciado en el Instituto Superior
de Relaciones Internacionales de La Habana, marchó a la
República Popular de Angola como combatiente internacionalista.
Cuando hace 10 años murió su papá, él estaba en
Cuba, pero cuando perdió a su hermana mayor en un accidente
aéreo ya se encontraba fuera del país cumpliendo la misión
asignada.
Está casado desde hace 16 años con Adriana Pérez
Oconor , quién tiene actualmente 32 años y por las tareas de
Gerardo ha aplazado varios de sus proyectos individuales como el
de ser mamá y poder compartir su vida en matrimonio como una
pareja normal. Su esposo, Gerardo Hernández Nordelo, permanece
encarcelado en Estados Unidos, luego que un tribunal de Miami lo
condenara sin pruebas que respalden la envergadura de las penas.
Adriana ha quedado sola en La Habana, mientras su
compañero de la vida permanece tras las rejas de una prisión en
Lompoc, California. Ella, sin embargo, ha decidido proseguir su
relación de pareja porque está convencida de que él no es ningún
terrorista, y si marchó alguna vez a los Estados Unidos no fue
para hacer daño a nadie, sino para hacer el bien a los dos
pueblos.
“No puede ser terrorista una persona que odia ese
tipo de acciones, quien siempre esté rodeada de otras que le
quieren, y tiene un gran número de amigos verdaderos, no levanta
la voz aunque esté en desacuerdo con las ideas planteadas, se
esmera para que los demás logren despejar sus penas, levanten su
estado anímico y sean felices”, recuerda Adriana.
Un día, cuenta, estaba participando de una fiesta
familiar en casa de Adriana y de pronto ella lo descubre
conversando animadamente con una vecina que padecía de ciertos
trastornos psíquicos. La mujer lo invitó a fumar un cigarro y
Gerardo, sin tener ese vicio, accedió muy natural.
“Le requerí por fumar y me respondió: ¡Qué
importa, tú no ves que ella necesitaba conversar”, lo cual da la
medida de una forma de ser, que ha mantenido, incluso, en la
cárcel, donde se ha ganado el reconocimiento de la comunidad
penal y ahora le consultan problemas, situaciones, temas y hasta
le llaman “el licenciado”.
En la cárcel de Miami, Gerardo conoció a un
cubano que había perdido a sus familiares en ese país y estaba
asfixiado –así le llaman a quienes apenas pueden mantener un
equilibrio psíquico y emocional-, y por intermedio de Gerardo y
de familiares de Adriana en Cuba logró recuperar el contacto con
una hermana, quien ya no vivía en la isla y había emigrado hacia
Estados Unidos en los últimos años.
“Finalmente el muchacho pudo comunicarse con su
hermana, y después vino a donde estaba Gerardo y no tenía
palabras ni gestos cómo agradecerle, e incluso le trajo regalos
que él no quiso aceptar, simplemente porque era natural en él
comportarse así, pero lo más triste, según me contó, es que le
enseñó las marcas que tenía en sus brazos de las veces que
intentó suicidarse por no tener una razón para vivir”.
“Consideraba a Gerardo como la dicha más grande
en esos años y como que Dios lo había colocado en su camino para
que lo ayudara. Otros presos vinieron a darle las gracias por
ese gesto tan humano, y yo sé que él lo hizo porque está
acostumbrado a esas cosas, es un solidario innato.
El convencimiento de Adriana de que su esposo no
es ningún asesino, como se ha manipulado por alguna prensa
norteamericana, está dado, dice, “no sólo porque sea su esposa y
cubana, sino porque esos hombres fueron a ese país a proteger al
pueblo cubano y al estadounidense, y lo hubieran hecho con
cualquier otro que se sintiera amenazado”.
Precisamente, ella compartió con Gerardo los dos
años de su estancia en la República Popular de Angola, a donde
marchó a “cumplir un deber patriótico” nada menos que el día
antes de su primer aniversario de bodas.
Para Adriana, el simple hecho de sentirse útil en
la sociedad no fue sólo lo que lo llevó a aceptar el
cumplimiento de la misión de recopilar información sobre planes
terroristas contra Cuba, porque esa decisión guarda estrecha
relación con los sentimientos de identidad con su sociedad que
se tengan, las cualidades como ser humano, la experiencia
personal, la preparación integral del individuo, que le dan la
posibilidad de aceptar esa misión sin pensar en más nada, ni
siquiera en los riesgos.
“Tanto para él como para mí hay hechos en la
historia que marcaron nuestras vidas, como fue el atentado a la
nave aérea de Cubana de Aviación en 1973, en que murieron las 73
personas a bordo. En su alegato él expresa que hubiera dado
incluso su propia sangre para evitar la muerte de miles de
cubanos por acciones terroristas a lo largo de 43 años de
Revolución”.
“El siempre ha estado dispuesto a eso, lo dice en sus cartas,
por teléfono, y de hecho lo hizo, porque esa es una forma de
ayudar a tu país, de mantener lo que con tanto sacrificio se ha
logrado en esta sociedad, a cambio de nada material porque
cuando uno asume un compromiso con uno mismo.
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