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Miércoles, 07 Marzo 2018 06:04

El orgullo de nuestra democracia

Escrito por Leidys M. Herrera Labrador (Tomado de Granma)
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Todos estaban expectantes. Desde horas tempranas, estudiantes y profesores se habían reunido para esperar a los visistantes. A algunos los han visto personalmente y respecto a los otros, tienen la curiosidad que despierta el hecho de conocer, gracias a las biografías, los aspectos más relevantes de su trayectoria.

Finalmente llega la pequeña comitiva y el teatro de la escuela acoge el momento más importante de todos: el intercambio.

Primero persiste una cierta timidez, pero los recién llegados rompen el hielo. No están allí por una mera formalidad, sino para desvanecer la inercia de una fotografía en un mural. Quieren que se les conozca, más que por los méritos recogidos en el papel, como lo que son, gente de pueblo, sin importar el peso de sus responsabilidades.

Muy pronto el encuentro se traslada a un plano más familiar. Ahora dialogan de las metas futuras. Los jóvenes quieren saberlo todo, la labor que desempeñan, el proceso de selección, el motivo por el que no todos son del municipio o si es la primera vez que los nominan.

Desde el otro lado se suceden las respuestas y también surgen preguntas acerca de la carrera que estudiarán, el funcionamiento del horario docente, sus conocimientos del proceso electoral o si alguna vez ya han votado. Es tan diáfana la conversación que no existe jerarquía de ninguna índole. No hay un «ellos» ni un «nosotros», predomina más bien el «todos».

Las palabras «delegado», «diputado», «sistema político» son ahora mucho más familiares para todos y adquieren mayores dimensiones. Gestos de asentimiento, sonrisas, miradas atentas, indican que todo lo dicho se comprende, se comparte y que no solo genera interés, sino una profunda convicción ante lo que es, a la vez, deber y derecho: el acto de votar.

Cuando parece que queda poco por decir una nueva interrogante salta inesperada. «Vengan acá muchachos, y si en algún momento uno de ustedes es nominado por su circunscripción, ¿aceptarían?».

Algunos se miran con sorpresa, indecisos, otros afirman, aunque la duda se vislumbra en sus rostros y alguien dice con seguridad su argumento, «aunque ya casi todos tenemos más de 16 años, todavía somos muy jóvenes, y ser delegado es una gran responsabilidad».

Sin embargo, para sorpresa de todos, un rostro joven que hasta ese momento ha permanecido en silencio, pide la palabra. Tiene fresca la experiencia, ya cumplió esa misión, y siente el deber de transmitir su sentir al respecto. Dice entonces sin rodeos:

«Tienen razón, es muy difìcil, pero a la vez es una escuela para ser mejores personas. Si algún día fueran propuestos para representar al pueblo, no teman a esa oportunidad, asúmanla con valentía porque para eso, solo se necesitan tres cosas: voluntad, convicciones y sensibilidad humana. A partir de ahí se construye un delegado en Cuba».

Los rostros demostraron la luz que solo emana cuando una verdad se nos presenta irrefutable, cuando asumimos una idea para bien. El aplauso basta para demostrarlo.

Esta no es una historia ficticia. Fui testigo de ella y me atrevo a asegurar que muchas otras similares han acontecido por estos días, porque el intercambio de los candidatos a ocupar escaños en las Asambleas Provinciales y el Parlamento, con el pueblo, dista mucho de lo que conocemos alrededor del mundo como campaña electoral.

Nada tienen que ver estos recorridos con la búsqueda de un populismo aberrante. Se trata más bien del roce imprescindible, de la cercanía sin barreras. Nadie canjea promesas por votos, ni se jacta de sus capacidades para conseguir adeptos. Este es el punto de encuentro, el apretón de manos, la conversación de igual a igual. En Cuba no hay escalones discriminatorios, no hay puestos divorciados de la gente, solo hay una causa común: defender la Revolución. Ese es el rostro verdadero y excepcional de lo que nosotros llamamos con orgullo democracia socialista.

Visto 1865 veces Modificado por última vez en Miércoles, 07 Marzo 2018 10:39

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