Lunes, 20 Marzo 2017 07:13

Sembrar agua hoy para que no haya sed mañana

Escrito por José Armando Fernández Salazar

El comportamiento de las lluvias durante los primeros 12 días del mes de enero se ha considerado como un augurio de las precipitaciones durante el resto del año. Es lo que llaman las cabañuelas, y a juzgar por lo que pasó en esas jornadas durante enero del 2017, será este un calendario bastante seco.

Alejados del misticismo que encierra esta creencia popular, los meteorólogos ya habían advertido de que estábamos entrando en un nuevo ciclo de sequía en Cuba. El comportamiento del anticiclón del Atlántico Norte y la incidencia de otros fenómenos asociados al cambio climático, hacen más difícil la formación de lluvias, las que se comportan de una manera atípica, ocurriendo esporádicamente y alejadas de las cuencas hidrográficas en las que se ha construido la infraestructura hidráulica del país.
Llegaba así el período seco en noviembre con grandes deudas en los embalses y fuentes subterráneas. La situación se agravó por las pérdidas asociadas a salideros en las conductoras del servicio de acueducto, el uso de tecnologías obsoletas y grandes consumidoras en el riego y el procesamiento industrial, la contaminación de cuencas, el despilfarro y la intrusión salina.
Actualmente el acumulado en los embalses en Las Tunas no llega al 50 por ciento y se estima que cien mil personas están afectadas de una u otra forma por la sequía.
Aun cuando este sea un desastre natural lento y acumulativo que hace difícil la percepción del riesgo en la población, cuando estalla su impacto es inmediato y costoso. El agua es esencial para la vida y está presente en todas las actividades cotidianas. La gente suele percibir el fenómeno cuando la distribución del preciado líquido comienza a realizarse mediante carros-cisterna y los ciclos comienzan a alargarse; sin embargo todos los ámbitos se resienten.
Sin agua no hay desarrollo. Cada año en el país crecen los planes productivos y aumenta la presión sobre las fuentes de abasto que se encuentran deprimidas y con problemas tecnológicos para su óptima explotación. Por ejemplo alrededor del 45 por ciento del agua que se bombea para el consumo humano se pierde en los salideros, además del impacto de este fenómeno en la calidad del líquido que llega a los hogares.
Igualmente persiste el riego por gravedad utilizando canales de distribución obstruidos lo que provoca grandes pérdidas o procesos fabriles como el de la industria azucarera vierten la mayoría de sus desechos en ríos y mares.
Como mismo en la década de 1960 el país, bajo el liderazgo del Comandante en Jefe Fidel Castro, desarrolló el programa de voluntad hidráulica, en la actualidad, se emprenden varios proyectos para adaptarse a esta realidad y proponer tecnologías que impliquen un uso racional del preciado líquido.
La construcción del trasvase de agua y la infraestructura asociada a él, la rehabilitación de los acueductos de las principales ciudades y la introducción de tecnologías amigables para la producción agrícola (consume alrededor del 60 por ciento del agua embalsada del país) constituyen algunas de las medidas que se aplican para solventar la actual situación a mediano y largo plazo.
Pero como en situaciones extremas requieren soluciones extremas en el país se han emprendido varios proyectos que parecen haber salido de una novela de ciencia ficción. En nuestra provincia han ensayado varias formas de provocar lluvias, desde el conocido bombardeo químico de nubes hasta el más reciente uso de la electricidad.
Igualmente la experiencia de desalinizar o desalar el agua del mar y convertirla en potable ha dejado de ser una medida exclusiva de polos turísticos o industrias específicas para comenzar a implementarse en grandes centros urbanos. Al mismo tiempo se emprende un programa de perforación de pozos profundos para su aprovechamiento en el riego y la ganadería.
En los casos anteriores se trata de la aplicación de tecnologías caras, altas consumidoras de combustibles y que representan una solución a corto plazo, pero que puede comprometer otros componentes ambientales, como es el caso del suelo (puede salinizarse y luego desertificarse), la diversidad biológica y el propio recurso agua (sobreexplotado).
La solución tiene que pasar necesariamente por un cambio de mentalidad en cuanto a nuestra relación con este recurso vital. Lo primero sería mover las inversiones hacia el tratamiento de residuales, así se disminuiría la contaminación en las cuencas hidrográficas y el propio suelo (para proteger las fuentes subterráneas). Introducir técnicas de reciclaje de agua en la industria y una mejor planificación de los volúmenes necesarios para la producción.
Una idea muy en boga a nivel mundial tiene que ver con la cosecha de agua. Se trata de promover estilos arquitectónicos y de planeamiento urbano que permiten captar el agua de las lluvias y almacenarlo de forma segura en cisternas y repositorios.
Fue una tradición constructiva en la primera mitad del siglo XX en Cuba, cuando cada nueva casa llevaba un aljibe que pocas veces se vaciaba. Luego esta práctica se abandonó y se perdieron muchas de las construcciones de este tipo que existían. Al mismo tiempo las ciudades crecieron sin tener en cuenta las corrientes de escurrimiento y el agua que antes fluía hacia ríos y arroyos ahora se pierde en las alcantarillas o provoca inundaciones en barrios construidos con premura.
Quizás cambiar esta manera de construir nuestras ciudades tome un poco de tiempo, pero mientras tanto se pueden ir sembrando árboles o exigirles a los productores y empresarios que hagan un uso eficiente del agua que se les entrega.
En este contexto surgen nuevos escenarios como el del sector no estatal, la inversión extranjera y la agudización de los efectos del cambio climático, que provocan una mayor presión sobre los reservorios de agua. Por esa razón el Estado cubano promueve la próxima aprobación de una Ley de Aguas Terrestres, cuyo borrador, discutido ampliamente en el país, plantea explícitamente metodologías, conceptos y normas para proteger uno de los bienes más importantes de la nación.
A medio camino entre la concreción de este proyecto jurídico y de los programas inversionistas que se proponen, estamos nosotros, cuyo actuar en la siembra de agua hoy, puede hacer la diferencia para que no haya sed mañana.

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