Viernes, 12 Mayo 2017 02:29

Historia de nuestro transporte público

Escrito por Juan Morales Agüero

Aunque los médicos dan por hecho que caminar es un excelente ejercicio para consolidar la salud, no es menos cierto que recorrer a pie grandes distancias ha constituido siempre un fastidio para los hombres y mujeres, independientemente de época que les corresponda vivir.

Tal vez fue eso lo que dio origen hace cinco mil años en la antigua Mesopotamia al invento más importante de la historia de la humanidad: la rueda. Su aplicación práctica vino, en primera instancia, en ayuda de los caminantes para dejar inaugurada la era del transporte público.
A juzgar por documentos de nuestro Archivo Histórico Provincial, en 1903 comenzó a circular por las calles tuneras el primer "vehículo" de pasaje de que se tengan referencias por acá. Era un carretón tirado por dos mulas, con asientos laterales para diez personas y propiedad del holguinero Quintilio Cruz Escobar. Cubría el trayecto entre el puente Wood de la céntrica avenida Vicente García y el paradero del ferrocarril –poco más de un kilómetro- al "módico" precio de cinco centavos.
El negocio de Quintilio, como es de suponer, tuvo al instante numerosos seguidores, quienes promovieron la competencia en el debut tunero de la tracción animal. La ciudad, por cierto, era todavía pequeña en extensión y contaba solamente con unos pocos millares de vecinos. Pero los lugareños de por entonces acogieron con beneplácito aquella alternativa que trajo aparejado un incuestionable alivio para sus pies.
La iniciativa de los animales tirando de los carromatos se extendió como un relámpago al sector de los abastecimientos. Largos convoyes de carretas se dieron a la tarea de hacer el viaje en una y otra dirección entre Las Tunas y el distante puerto de Nuevitas por caminos casi intransitables en marchas que duraban varias jornadas. Por fortuna, tamaño esfuerzo tuvo vida limitada, pues la situación cambió en el propio 1903, con la inauguración en la ciudad del ferrocarril central.
No fue hasta el 22 de enero de 1915 cuando lució su extravagante y ruidosa figura por las calles de Victoria de Las Tunas el primer automóvil. Era del tipo tres patás y al timón iba muy orondo su dueño, un señor de nombre Juan Rosabal. Meses más tarde, el teniente coronel del Ejército Libertador Narciso Fonseca, comerciante de víveres en su tienda de la calle Ángel Guardia esquina a Maceo, rodó en la villa el primer camión, que pesaba seis toneladas. Días después de su estreno, y según reseñó la prensa local de la época, el vehículo se accidentó mientras cruzaba cargado de ladrillos por el único puente que teníamos a la sazón.
Por cierto, los novísimos carros automotores disponían de un sitio para habilitarse de combustible: una primitiva bomba de gasolina enclavada cerca del paradero ferroviario y registrada a nombre de un señor nombrado Juan Ramírez, quien personalmente le daba manigueta para hacer fluir el líquido desde el aljibe en que se encontraba depositado. Antes de la introducción de esa novedad tecnológica, el hidrocarburo se distribuía en latas metálicas con capacidad para dos galones.
Lo de las guaguas locales vino luego, tal vez entre 1930 y 1940. Ya la ciudad y su población se habían expandido e incrementado bastante, por lo que sus rutas comenzaron a recorrer su perímetro en diferentes direcciones. Aquellos vehículos originales tenían una singularidad común: todas sus conductoras-cobradoras eran del sexo femenino.
Cuando le correspondió su turno, el ferrocarril tunero pasó a desempeñar un importante rol en materia de transportación pública. Manatí resultó el municipio que más hizo por convertirlo en tradición, al implementar todos los días varios viajes regulares entre sus predios y la ciudad de Victoria de Las Tunas, distante 46 kilómetros. Y cosa curiosa: durante decenas de años, los manatienses llevaron sus muertos hasta el cementerio local por el también llamado camino de hierro. Se trató de una costumbre que no tiene precedentes en el territorio nacional.
Manatí atesora otra exclusiva en materia transportista: un avión de pasajeros. En efecto, en los años 70 y del siglo pasado, una avioneta agrícola de las que se utilizan para la fumigación hizo vuelos comerciales entre Las Tunas y el norteño municipio. Bastaba media hora para cubrir el trecho a un precio de cinco pesos por viajero. La gente descendía orgullosa del aparato en la vieja pista del central "Argelia Libre", como si hubiera hecho el viaje en un modernísimo supersónico Concorde.
Y a propósito, el tema de la aviación tunera no puede tratarse sin mencionar a una mujer de armas tomar, fallecida recientemente: Nelia Rodríguez, la primera fémina de la zona oriental de Cuba en pilotear a solas una nave aérea. Ocurrió en 1952, cuando ella –estudiante de una escuela de aviación existente en la ciudad- trepó sin compañía hasta la cabina de un pequeño Pipper J-3, tomó asiento ante los mandos, arrancó el motor, correteó por la pista del aeródromo, despegó como una consagrada, tomó altura sobre la ciudad, dio varias vueltas sobre ella y luego aterrizó como una paloma sin el menor contratiempo.
También el transporte marítimo tiene su historia por acá. Hace años, antes de sobrevenir el Período Especial, hubo una línea de pasajeros que unía a la ciudad granmense de Manzanillo con el puerto tunero de Guayabal, en el municipio de Amancio. El crucero lo realizaba un barco de mediano porte y sobre las aguas del Golfo de Guacanayabo. Es esa la razón por la que muchos manzanilleros viven hoy en Guayabal y no pocos guayabalenses hayan tomado residencia en Manzanillo.
Hoy el transporte público tunero prosigue coloreando nuestras calles y carreteras, urgido por circunstancias que piden a gritos imaginación y pragmatismo. Ahí están para probarlo los camellos, esos colosos rodantes mitad ómnibus y mitad rastras. Y los inefables bicitaxis, prestos siempre a llevar a sus clientes hasta cualquier punto.
Terrestre, ferroviario, aéreo o marítimo, el transporte inscribe también su nombre en los anales de Las Tunas

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