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test covid

Las Tunas.- La inesperada llamada le borró ipso facto la alegría en el rostro. Sentado sobre su regazo estaba el sobrino, de 3 años de edad, riendo a carcajadas de tantas cosquillas. Pero aquel timbre dejó en pausa la diversión y también los besos y abrazos, esos que en la distancia, de solo imaginarlos, sanan el alma.

Había llegado hacía pocos minutos al lugar, después de muchos meses añorando el reencuentro, y la noticia de que era positivo a la Covid-19 lo dejaba paralizado. Miró la carita inocente del pequeño y deseó, literalmente, desaparecer. Le sobrevino entonces, un duro arrepentimiento por ceder al pedido de su hermana e ir a verlos antes de regresar al país donde ahora reside. Su primer PCR resultó negativo y la demora del diagnóstico del segundo significó para él casi una certeza.

Y ese instante fue tan solo el inicio de lo que define como la peor pesadilla de su vida. Me cuenta que volvió de inmediato a la casa y allí lo esperaba el personal sanitario y la ambulancia que lo trasladaría a la provincia de Holguín. “Solo pensaba en mi abuela y en otros familiares con los que tuve un contacto más estrecho”, dice tras un breve, pero hondo suspiro.

En la pequeña sala del hospital sintió algo más que el fuerte olor a desinfectante o las reacciones a los medicamentos. Allí, a solas con su conciencia, el miedo, la desesperación y la angustia se le colaron en la piel. Los pensamientos se juntaban muy deprisa; mientras esperaba con impaciencia el diagnóstico de sus contactos.

Finalmente, llegó la confirmación de varios de sus familiares, incluso, de algunos con los que nunca tuvo una relación directa, entonces sí el mundo se le vino cuesta abajo. “Tuve ataques de pánicos, no lograba conciliar el sueño y apenas podía tomar el agua.

“Allí había personas residentes en diferentes países y algunos de la tercera edad. Yo estaba destrozado, mas no dejé de darles ánimo. Te percatas de que no importa cuánto poseas; éramos simples seres humanos expuestos a un virus con el gran temor de haber contagiado a los nuestros”.

Poco después, trasladaron a su abuela, su tía y su mamá hacia el mismo hospital, justo frente a su cubículo. Aunque separados se sabían muy unidos y compartían mensajes esperanzadores. Me cuenta que les pedía que mostraran sus manos a través de la ventana; y esa señal era un verdadero bálsamo.

“Mi abuela, que es la de mayor edad, no tuvo complicaciones ni siquiera síntomas. No ocurrió así con mi tío que es diabético y estuvo reportado de crítico, por suerte ya está bien. Aún tengo la sensación de que sonará el celular y me darán una mala noticia”.

En medio de esa difícil situación encontró el apoyo de médicos, enfermeras y del personal de servicio. No reconoció la fisonomía de aquellos “enmascarados”, mas sí la profesionalidad y la entrega absoluta. Y tampoco olvida la voz amorosa de la encargada de llevarles la alimentación. “Agradezco la profesionalidad, el empeño y el cariño de quienes me asistieron”.

***

Este joven, de poco más de 30 años, accedió a narrar su experiencia desde el anonimato porque -asegura- “lo principal es que no repitan mi historia, que pudiera ser la de tantos viajeros.

“La gente no tiene la percepción de riesgo, y reconozco que yo tampoco la tuve y ese error me costó mucho sufrimiento. Me confié del resultado del primer PCR y aunque no hice fiestas todo este dolor pudo evitarse; es indescriptible lo que uno siente cuando pone en peligro a quien ama”.

“A esa hora no pocos te rechazan y hasta juzgan, los mismos que andan sin nasobuco por las calles o no cumplen con las medidas higiénicas; sin advertir que el riesgo está en cualquier parte. Creo que lo más importante es que todos asumamos con responsabilidad nuestro pedacito porque esta enfermedad no es cosa de juego”. Es el consejo de alguien que sufrió la Covid-19 en carne propia y aún no se recupera de las secuelas psicológicas.