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doctora Evelyn Diana Navarro

Las Tunas. - “A pesar de tener varios médicos en mi familia yo no quería estudiar Medicina, sino Comunicación Social”, estas son las palabras de la doctora Evelyn Diana Navarro Fernández, quien el pasado mes de julio comenzó su vida profesional. Ella dio el paso al frente cuando el país más lo necesitó, ante el aumento de casos positivos de la Covid-19.

“Cuando estaba en el último año del Preuniversitario se despertó en mí un sentimiento muy grande hacia esta carrera y me di cuenta de que era lo que verdaderamente yo quería y necesitaba en mi futuro. En ese momento valoré todo lo dicho en las citas de 'puertas abiertas' en la Universidad y comprendí el grado de nobleza y solidaridad que existe dentro de la profesión”.

Desde casa tiene el ejemplo, y sabe que ser médico supone riesgos y sacrificio, pero ella estaba segura cuando entró a la Universidad de Ciencias Médicas de Las Tunas, sabía que iba a ser una gran profesional y se lo demostró a sí misma durante los seis años de la carrera.

“Mi llegada a ese centro me hizo evolucionar, porque en primer año tenía cierta inmadurez. Hasta ese instante en el que empiezas a tratar con los pacientes, a conocer su vida, sus problemas, no ves que eres tú quien tiene que resolverlos o, al menos, ayudar a que sean menos graves.

“En el transcurso de esos seis años creces, porque aprendes a ver la vida diferente y a enfrentar las situaciones con mayor determinación y seguridad; aprendes a ver a hombres y mujeres como seres biopsicosociales, tal cual te enseñan en la carrera y esto te permite valorar mucho más la vida de las personas con sus dificultades”.

CON LA COVID-19 EL DESAFÍO FUE MAYORdoctora Evelyn Diana Navarro 2

La Covid-19 llegó para cambiar la vida de todos, los vuelos se detienen, las escuelas y centros de trabajo empiezan a laborar a distancia. El mundo no deja de girar, pero lo hace con más calma, con miedo. Todos teníamos fe en el mañana y miedo a la vez, el SARS-CoV-2 no entiende de rostros o edades.

Esa pequeña línea entre la vida y la muerte se vio cada día en los hospitales. Fueron ellos, los profesionales de Salud quienes no tuvieron tregua, ni tiempo de pensar en lo que sucedía. Entre estos se destacan los estudiantes de Medicina que han estado en guardia, puerta por puerta, en busca de ese paciente con síntomas de la enfermedad.

“Nuestro reto requirió de un esfuerzo triple, porque debíamos pesquisar todos los días de la semana. Teníamos la docencia, no importaba si había o no transporte o si la situación epidemiológica estaba cada día más compleja. Había que llegar al hospital o la Universidad en los horarios que nos establecía la docencia. Durante todo el tiempo de pandemia nosotros no hemos dejado de estudiar, y al estar en el último año de la carrera el estrés se multiplica y el contenido por vencer también.

“En este momento mi prioridad es mi profesión, soy residente de primer año de la especialidad de Medicina General Integral, y ahora mismo cada día que paso frente a un paciente es tiempo que invierto aprendiendo, porque aprendemos cuando tratamos a alguien, cuando realizamos un diagnóstico;  nos vemos obligados a estudiar y la Medicina requiere eso, mucho interés y estudio”.

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DEL AULA A ZONA ROJA

Iniciarse profesionalmente lleva una preparación, podría decirse psicológica, por parte de los estudiantes que se enfrentarán a la vida laboral. El período vacacional sirve para despojarse de su aura de estudiantes o prepararse para el camino que van a emprender.

Los jóvenes egresados de las facultades de Medicina ahora no tuvieron tiempo de asimilar la gran responsabilidad que venía: el país realizó un llamado para que ingresaran a sus áreas de Salud en apoyo a la tensa situación epidemiológica. No hubo chance de comprender que ya habían salido del examen estatal, o superar el estrés que pasaron las familias junto a ellos en las noches de desvelo por los estudios, más el agotamiento físico de los días que estuvieron en el hospital, incluso, la jornada antes del ejercicio de culminación de año.

“Todo este proceso fue muy fuerte para nosotros, no tuvimos la soñada gala en la que se nos entrega el título, o la añorada fiesta grupal en la que nos despedimos de la vida estudiantil y, mucho menos, tuvimos vacaciones. Como diríamos, ¡quemamos etapas!

“Mi llegada a la zona roja no me afectó tanto, tal vez como a otros egresados, porque hacía unos meses había estado allí como estudiante, por lo que dominaba el trabajo que debía hacer y no tenía miedo. De mi parte solo quedaba cuidarme para no infectarme y llevar el virus a mi familia.

“En mi casa lo veían desde otra perspectiva, para ellos es difícil, las preocupaciones aumentan, de mí dependía mi salud y la de quienes conviven conmigo. Fue complejo, pero todo es cuestión de adaptarse. Yo soy médico, ese es mi trabajo, mi deber, y tengo que estar ahí para mis pacientes. Es todo lo que me repetía y les repetía a ellos.

“Al enfrentarte a la zona roja demuestras tu valía como ser humano, es ahí cuando eres capaz de entender lo que pasan tus pacientes, y lo que es la sensibilidad, la solidaridad; porque debes comprender el dolor ajeno, ayudar a aliviar ese dolor y transmitir esperanza en todo momento.

“Nosotros también sentimos miedo, y nos cuidamos, nos protegemos al máximo y aun así se hace inevitable en ocasiones que nos contagiemos, porque la vida de nadie puede esperar cuando hay que socorrerla, y salimos corriendo y sin darnos cuenta olvidamos la máscara solo porque una persona necesita primeros auxilios; no podemos ponernos a debatir en ese momento. Pero las personas en la calle, en sus casas sí tienen ese tiempo y no lo emplean”.

Las calles vacías no son del agrado de nadie, pero escuchar sonar una sirena es tortuoso, no sabemos quién va en esa ambulancia, si lo conocemos. Duelen más las pérdidas, las secuelas, las noches de desvelo, la escasez de oxígeno...

“Mi consejo para la población es que se cuiden, que extremen las medidas higiénicas y cumplan con el distanciamiento social, porque si hacemos eso podemos evitar la pérdida de tantas vidas humanas. Es doloroso saber que pierdes a un paciente y duele mucho más saber que mientras nosotros dejamos el alma en esos calurosos trajes, hay personas que son capaces de bajarse la mascarilla para fumar”.