
El músico Gaspar Esquivel, exponente de guaracha y son, celebra 45 años de vida artística. 26 les acerca a su historia en esos andares por la cultura…
Las Tunas.- Mientras hablamos, sus ojos azules se pierden de vez en cuando en la inmensidad del entorno. Mucho ha desandado Gaspar Esquivel desde que fue hechizado por una guitarra. Tras los pasos del padre, germinó la pasión que envolvería su vida.
De chiquillo tocaba el güiro, hacía coros y acompañaba al progenitor en guateques, carnavales y otros espacios. Ramiro no vive ya, pero seguramente -donde esté- siente orgullo de su hijo, convertido en hombre entregado a la música, a la canción. Así, desde las orillas del río Yáquimo, en “Amancio”, brotó su infancia y talento.
Llegada la etapa estudiantil, ya cantaba en la escuela y en intercambios con otros centros. Incluso de noche, en actividades realizadas a la luz de una fogata. “De jovencito me escucharon interpretar personas de la Dirección Municipal de Cultura y, de esa forma, llegó a mis manos un carné de artista aficionado. Seguí insistiendo, participé en festivales y otros eventos; nunca me he despegado de la guitarra”, dice.
Luego del servicio militar, se desempeñó en una oficina vinculada al quehacer cañero; laboraba con estadísticas y recursos humanos. Pero el arte le alentaba los pasos; no podía desprenderse de su destino. “Vino una visita de La Habana a mi trabajo y, para amenizar el encuentro y a sugerencia de mi jefe, busqué mi guitarra. Ellos me dijeron: ‘¿Qué haces aquí? Lo tuyo es la cultura’. Y les hice caso…”.
Este momento, aunque casual, devino catalizador en su carrera. “Como a la semana se apareció una compañera del Gobierno en el territorio y me dijo: ‘Vamos, debes ir para Cultura’. Mi jefe alegó: ‘¡Pero estamos en zafra!’. Mas, la señora insistió…
“Empecé en la casa de cultura Sergio Reynó como jefe del Departamento Técnico-Artístico. Estaba escéptico, pero me superé y llegué a ser el director de la institución. Allí estuve cerca de cuatro años, logrando ser Vanguardia Nacional”, evoca él. Muchos son los recuerdos de esa etapa, entre “ellos” los seminarios de preparación que le impartían grandes creadores en la capital. “En 1981, entre las plazas aprobadas como artistas profesionales, estaba yo. Era oficialmente trovador”.
Menciona también entre los tesoros de su memoria, la oportunidad de cantarles a Fidel y Raúl en el Palacio de las Convenciones. “Que el Comandante en Jefe preguntara de dónde yo era, es algo que recuerdo con mucho cariño”, alega. Una invitación de las Madres de Plaza de Mayo para actuar en Argentina e intercambios culturales en países como España, México, Alemania, Portugal, Brasil y Hungría, han marcado igualmente su palmarés. Sin embargo, a pesar de haber visitado otras tierras, no pierde la cubanía y sencillez que lo hacen siempre volver a Cuba.
Imposible hablar con Esquivel y no mencionar al Festival Guarachando Compay Gallo, nacido bajo su égida y mantenido por 22 ediciones. “Comenzó como una peña llamada Guarachando en el barrio, pero se fue sumando tanto público que merecía convertirse en algo más. Quería que no se quedara solo en presentaciones artísticas, sino que incluyera espacios teóricos. Y así ha sido… En su historia han participado grandes intérpretes, que me han pedido defender el evento”, apunta.
Mucho pudiera contarse del autor de cierto disco de acetato, grabado en los estudios Egrem, con el nombre La tángana de la tanga (que hoy conserva el Museo Nacional de la Música), pero él no es presuntuoso. Prefiere desandar su "Amancio" adorado o las calles de la ciudad cabecera sin ínfulas de grandeza, aunque nosotros sepamos que ostenta lauros como la Réplica del Machete de Máximo Gómez, la Distinción por la Cultura Cubana o la Medalla Raúl Gómez García.
Su jocosidad, carisma y persistencia, visible en composiciones como No es guapo na’, El carnaval de las aves, Un chofer equivocado, El cuero de los timbales, Imprudencia y otras, le han ganado el respeto de muchos. Gaspar, quien celebra 45 años de vida artística, confiesa que lo más hermoso para él, es cuando las personas corean, sonríen y disfrutan su interpretación. “Soy un saco de guaracha; con ese género expreso lo que siento. No sé vivir sin la música”, concluye.