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Las Tunas.- Menuda y pequeña, calmada y sonriente, camina Carmen Velázquez Quintana cada mañana por la ciudad que la vio nacer. Se dirige al trabajo, a comandar la Sociedad Cultural José Martí (SCJM) aquí, pero sus ojos siempre buscarán aquel lugar al que entró muy bisoña y luego dirigió por más de dos décadas: su amada Biblioteca Provincial.

Alguien le dijo un día que esa personalidad tranquila y ecuánime la ayudaría a ser una buena bibliotecaria. No se equivocó, como tampoco lo hizo su mamá cuando, desde muy pequeña, la inclinó hacia la lectura. Conversar con ella es descubrir a una mujer que ama los libros, la artesanía y las buenas vibras.

“Soy la única hembra de seis hermanos. Mis padres tenían poco nivel cultural, pero sí mucho interés en sembrar valores en sus hijos. De ahí que mi formación responda a esa familia que me ha acompañado siempre. Creo que esos fueron los cimientos para que luego me desarrollara en el mundo de los libros”, alega.

Llegó muy jovencita a la “José Martí”, en septiembre de 1979, para hacer su Servicio Social. De ese recinto se enamoró y a él dedicó 42 años que ni siquiera sintió pasar. Hoy lo recuerda entre sus vivencias más hermosas.

“Comencé como técnica y al graduarme de la Universidad me dieron el cargo de jefa de Servicios al Público. No llegué a directora por voluntad propia. En realidad, sustituía al director anterior, que vivía en Puerto Padre. Luego decidió irse y pusieron a otra compañera, pero solo estuvo un tiempo. Entonces asumí.

“Fue un reto, porque no era solamente dirigir esa institución, sino el sistema de bibliotecas públicas de la provincia, lo que implicaba ir a los municipios. En ese momento había 12 y me parecía demasiada responsabilidad, pero le puse empeño y esfuerzo.

“Creamos un gran equipo, con mucha comunicación y unidad. El bibliotecario debe tener el compromiso de poner, incluso, los recursos personales en función de que el trabajo salga lo mejor posible y el público satisfaga sus necesidades informativas. Ese tiene que ser nuestro principio. Si no sientes placer en que el usuario quede satisfecho, no eres un buen bibliotecario”, sostiene.

En 42 años de labor, Carmen atesora anécdotas inolvidables; sin embargo, guarda entre las más significativas el orgullo de conocer a personalidades de la Cultura como Abel Prieto, cuando era ministro, y a varios escritores.

“No es lo mismo leer un libro que escuchar en voz del autor sus motivaciones al escribirlo. Esa experiencia es única y la biblioteca tenía esa posibilidad, pues en las ferias del libro ese sitio era visita obligada para los creadores”, recuerda.

“Es maravilloso intercambiar con buenos lectores, pues gracias a sus referencias me nutría para recomendar a otros. El bibliotecario necesita leer, conocer la colección que tiene para poder sugerir lecturas y que las personas no se pierdan en los estantes. Debe tener sentido de pertenencia y cuidar los libros. Cada texto que se pierde es una hoja que se le arranca a ese árbol, que es el conocimiento atesorado en la biblioteca”, pondera.

Carmen no solo ha dejado una huella significativa en el sistema de bibliotecas públicas de la provincia, su labor se ha dirigido a las comunidades. Las casas bibliotecas, iniciativa surgida en Las Tunas que luego se generalizó en todo el país, constituyeron el tema con el cual obtuvo el título de máster en Desarrollo Cultural Comunitario.

El amor por la obra martiana también la ha caracterizado. Su llegada a la biblioteca constituyó la oportunidad para adentrarse en ese universo. Así logró que la institución tuviera una sala dedicada al estudio del Apóstol. Con la creación de la Filial Provincial de SCJM en Las Tunas, Carmen, como representante de la biblioteca, pasó a formar parte de su equipo de trabajo para, tiempo después, ocupar la presidencia.

“En diciembre del 2015, el presidente solicita dejar el cargo y me propone la tarea, pues yo era una de las vicepresidentas. Aquello fue un desafío porque él es muy conversador. Yo no lo soy tanto, pero sí tenía la experiencia de haber realizado por tantos años la Jornada Martiana en la biblioteca.

“Siempre he estado en función de defender los valores locales, pero Martí me guía; es una fuente inagotable de conocimientos y debemos tratar de inculcarlo en las primeras edades a los niños para ser mejores personas. Ese es el gran reto que todavía no he logrado. Quisiera que se formaran más martianos, que lo tengan como estandarte en la vida”, expresa.

La artesanía es otra de sus facetas. A pesar de tener muchas responsabilidades, siempre saca espacio para crear con sus manos lo bello. Aunque reconoce que entre tantas tareas el tiempo no le alcanza, hace manualidades, cose y diseña delantales hermosos.

Todos los buenos momentos de Carmen, su superación y conquistas, no habrían sido posibles sin su familia, cómplice de todas las “locuras” que emprende. Un compañero, dos hijos y sus nietos han devenido sus mayores tesoros.

Es amante de las reuniones familiares, ese entorno cálido al que se suman sus hermanos y primos. Gusta de compartir en su casa y disfrutar un café hecho en colador, “para sentir su olor”. Bibliotecaria, martiana y tunera hasta la médula, vive orgullosa de su ciudad. A los que también llevamos este Balcón en las venas, recomienda que a Las Tunas “hay que quererla, respetarla y cuidarla”. Ella, sin dudas, todos los días se esfuerza por eso.