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cerveza marcas antiguas

Las Tunas.- En Las Tunas, como en muchas ciudades cubanas, hubo un tiempo en que la parte superior del refrigerador funcionaba como un museo doméstico de latas de cerveza vacías. Alineadas como soldados de hojalata, las Cristal, Polar, Hatuey y otras marcas que el mercado ofrecía -y en las casas más afortunadas, alguna importada- no eran basura ni simple acumulación: eran el registro visual de las visitas, las celebraciones y los pequeños lujos que el bolsillo permitía.

Cada lata contaba una historia: la del vecino que vino a ver el partido de béisbol, la del sobrino que regresó de misión internacionalista con una caja de cerveza bajo el brazo, la del cumpleaños que se celebró con ron y cerveza porque no había suficiente de lo primero. Hoy esa práctica se ha perdido casi por completo, y los motivos son tantos como esquivos.

Cambió el diseño de los refrigeradores; cambió el consumo, con latas cada vez más escasas o desplazadas por el envase retornable de vidrio; y también cambió el sentido de lo valioso, y aquella orgullosa vitrina de hojalata fue sustituida por la sobriedad del electrodoméstico moderno o, simplemente, por el olvido.

Lo que antes era archivo de la vida cotidiana, hoy es recuerdo de una generación que atesora en la memoria, ya no en la cocina, el tintineo metálico de las tapas al abrirse. Sin embargo, la colección de envases no se extinguió del todo; sobrevivió en otros rincones, en pomos de vidrio y frascos de conservas, como una crónica silenciosa que aún espera ser leída.

La polémica, sin embargo, es que esta colección popular ha sido tradicionalmente invisibilizada, reducida a “acopio” o a simple acumulación, cuando en realidad funciona como un mapa de las transformaciones económicas y sociales de la provincia. El coleccionismo privado en Las Tunas tiene sus nombres y sus historias, pero rara vez se le concede el estatus de patrimonio cultural.

Mientras el museo custodia piezas “nobles”, en las casas tuneras se atesoran las evidencias del consumo cotidiano: los pomos de la fábrica de conservas que llegaban hasta la ciudad; las latas de cerveza que los niños convertían en coches de juguete; los frascos de vidrio que, ya sin su contenido, adornaban las mesas como floreros. La paradoja es que, en una economía de escasez, los envases vacíos se vuelven valiosos precisamente porque testimonian lo que hubo y quizás ya no haya.

Pero el coleccionismo de envases no es solo nostalgia; es también un acto de resistencia frente al consumo desechable que el mundo globalizado impone. Al guardar la lata vacía, el tunero no solo conserva un objeto: conserva la certeza de que aquel producto existió, de que aquel sabor fue real, de que aquella marca llegó hasta su cocina. El desafío, entonces, no es musealizar estas colecciones domésticas, sino reconocerlas como lo que son: la arqueología viva de una provincia que ha aprendido a construir su identidad también desde los envases vacíos.