
Las Tunas.- El verano ya casi llega a su fin y así concluye una sección que nos invitó a mirar atrás sin nostalgia, con la certeza de que el pasado no es un almacén polvoriento, sino un territorio vivo que espera ser descifrado. Guardar la memoria no fue una simple sucesión de artículos, sino un ejercicio colectivo de reconocimiento: en Las Tunas guardar no significa acumular, sino rebelarse contra el olvido.
La ciudad se nos reveló como una galería abierta. Sus calles, con una arquitectura ecléctica que mezcla lo neoclásico con influencias moriscas, son un museo sin techo. De los más de 800 inmuebles inventariados en el centro histórico urbano, casi 500 conservan valores coloniales, republicanos y hasta trazos de art déco. El museo provincial Mayor General Vicente García González, inaugurado en 1984 en un edificio de 1921, es pieza central de ese acervo. Pero no todo lo que se guarda está entre sus muros.
La memoria también habita en coleccionistas anónimos, guardianes de lo viejo que llenan vacíos, donde los archivos oficiales no alcanzan. El Archivo Histórico Provincial custodia decenas de fondos documentales, pero la memoria se esconde también en gavetas olvidadas, en carnés juveniles de los años 80, en discos de acetato que crujen como si el tiempo no pasara, en latas de cerveza alineadas como soldados de hojalata sobre un refrigerador...
La filatelia nos mostró una paradoja: nunca fue tan fácil documentar la historia postal y nunca tan difícil encontrar un sello en la calle. El antiguo Círculo Filatélico de Las Tunas ya no existe, y su legado sobrevive gracias al esfuerzo aislado de veteranos y al resguardo museístico. La pregunta incómoda quedó flotando: ¿quién heredará el oficio de descifrar esos vestigios de tinta y papel cuando los últimos coleccionistas desaparezcan?
La memoria sonora también tuvo su espacio. Coincidiendo con el reciente reconocimiento del son cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reivindicamos los acetatos que aún esperan ser escuchados en el suave crepitar de la aguja. En Las Tunas y el oriente cubano, donde el son tuvo su cuna, esos discos no son solo objetos: contienen un sonido analógico auténtico, un diseño gráfico invaluable y una memoria generacional que los formatos digitales no pueden replicar.
Hoy, al cerrar esta sección, no damos por terminado el diálogo. Guardar la memoria fue un espejo donde reconocernos como provincia: herederos de una tradición que no se fosiliza en museos, sino que respira en cada coleccionista que protege del comején y la humedad un documento destinado a la basura; en cada niño que convierte una lata vacía en un coche de juguete; en cada anciano que reconoce en los surcos de un acetato la firma de su juventud. Las Tunas no se atraviesa de prisa: se paladea con la paciencia de un coleccionista. Guardar la memoria, al fin y al cabo, es guardarnos a nosotros mismos.