Un justo homenaje al bardo que representó las dos primeras corrientes poéticas de Cuba (el criollismo y siboneísmo) y lo ubican, para orgullo de los tuneros, entre lo más distinguido de las voces de la centuria decimonónica, además de marcar influencias en el teatro, la edición de periódicos y ser el autor del clásico Rumores del Hórmigo, en 1856.
El Cucalambé -como trasciende en el arpegio popular de la época- nació el primero de julio de 1829 en pleno entorno citadino tunero, fue uno de los hijos más reconocidos de Manuel Agustín y Antonia María, matrimonio de blancos ricos y tenedores de tierras, dueños del ingenio El Cornito. En esa hacienda aún se conservan ruinas de la casa natal de la familia y en la cual vivió hasta los 29 años. Por su abuelo materno conoció a los más reputados literatos españoles y los poemas de los cubanos Zequeira y Rubalcava; y de su hermano Manuel aprendió algo de retórica y poética.
En la 52 #JornadaCucalambeana, que inició hoy en #LasTunas, una motivación alza el homenaje: el mayor bardo bucólico de #Cuba??en el siglo XIX, cumpliría 190 años este primero de julio. @AsambleaCuba @RLPuertoPadre @radiorebeldecu @LaJiribilla @Guajiritasoy @CAvilaRadio pic.twitter.com/mtAzOD8x61
— Periódico26 (@26deLasTunas) 28 de junio de 2019
Sus primeras décimas guajiras las difundió en El Fanal, de Puerto Príncipe (Camagüey) en 1845. Se sumó con proclamas y espinelas a la conspiración independentista de Agüero en 1851, al tiempo que colaboró con La Piragua, órgano del grupo siboneísta y por el cual merece sus atributos de representante del movimiento decimista de la Isla.
También escribió sonetos, letrillas, epigramas y romances, además del drama en cuatro actos, en versos, Consecuencias de una falta, presentado en 1859. Dos años después, casado con Isabel Rufina Rodríguez Acosta y con hijos, se traslada a Santiago de Cuba y trabaja como pagador de obras públicas. A finales de 1861, con 32 años, desaparece sin dejar huellas, por lo cual su muerte se esconde todavía en un misterio indescifrado.
Ciento noventa años más tarde, Las Tunas despierta las fuertes raíces campesinas que acunó Juan Cristóbal entre los bambúes de El Cornito, para convertir a la décima en expresión genuina del folclor nacional y legítima fiesta del verso iberoamericano, que a modo de improvisaciones, catauros, eventos teóricos, concursos literarios, bailes tradicionales, repentismo, juegos y la belleza natural del monte y sus representantes femeninas -motivación presente en su obra- hacen de esta 52 Jornada un gran guateque. Un ajiaco imprescindible y nuestro, merecedor de cualquier esfuerzo para salvar a esa memoria cultural e identitaria que, para suerte nuestra, nos legó El Cucalambé.























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