Es una arteria larga, llena de sol, con pocos árboles. Exhibe, en la esquina que la junta con la calle Julián Santana, una imagen del bardo. El rostro en hierro, sujeto a una pared de la logia que ocupa toda la entrecalle y muy cerca de algunas plantas de bambú.
El mítico árbol que se asocia con El Cucalambé, tal vez porque se regodea, espléndido, en los predios de El Cornito. Su presencia transporta inevitablemente hasta allá y la calma y el alborozo de sus parajes.
Pero hoy es todo distinto. El amanecer sorprende con los técnicos probando el audio. Se anuncian controversias, acordes, mariachis. Y otra vez será especial descubrir a los niños con sus sombreros de yarey y los colores vistosos de las guayaberas y la gente del campo.
Las mujeres saben que hay que aguantar el agua cuando se limpie temprano para que no corra por los portales, embadurnando los pasos. Los pequeños buscan, como cada año, el lugar exacto donde se levanta la tarima de madera que van a quitar mañana, pero hoy el centro de todas las miradas.
Y los hombres buscan en el cielo atisbos de San Pedro, tratando de adivinar si la lluvia, "esa aparecida", irá a caer hoy y a molestar el guateque en el mejor momento de sus ardores.
Las abuelas mantienen los pomos con agua cerca de los portales, "porque todos los años vienen hasta acá con mucha sed". Y los más celosos cierran temprano las puertas de las casa.
Saben que el convite será hasta la madrugada y aparecerán, después de las actividades, los traguitos de cerveza y la gente de toda la ciudad llegará hasta aquí, para que la música se mezcle en el aire y se duerma poco, entre tanta alegría.
La calle Cucalambé, oronda y definitiva, vive su día feliz en la 52 Jornada Cucalambeana. Sus vecinos, que están todo el año esperando este momento, bailarán allí, llenos de razones, con sus nietos. Como cuando eran chicos y aprendían estos aciertos de la mano de sus padres, en la complicidad bienhechora de los portales.


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