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Hace falta (si es que ese algo existe), mucho más que ríos de dinero y olas de poder imperial para amedrentarnos, porque en esta tierra firme, redentora y soberana, cada día se amanece con el convencimiento de que la defensa diaria de nuestra independencia, es también una guerra necesaria

 La Habana.- Necesaria, sin más, porque no hacía falta otro calificativo. Sobraban en aquella denominación encumbrados recursos del lenguaje. Con esa palabra era más que suficiente. Porque lo necesario responde a lo inaplazable, a aquello que se torna crucial, insustituible. Necesaria, porque no había otro camino hacia el anhelado fin, y el hombre de ilimitada visión y madurez política indescriptible que organizaba la contienda, decidió que de eso se trataba aquel descomunal esfuerzo.

El estallido fue un nuevo comienzo, la consecución de sueños truncos, la siguiente estocada lacerante a la piel del enemigo, un próximo paso en la espiral histórica hacia la plena dignificación de la patria, aunque lamentablemente no pudo ser el definitivo.

Aquel 24 de febrero no adquirió su relevancia en los anales de la historia por haber devuelto a los mambises al campo de batalla, sino porque en el proceso que llevó hasta ese punto hubo sagradas lecciones que los hijos de esta tierra jamás olvidarían. Dígase unidad, y se habrá resumido así la mayoría de ellas.

La esencia verdadera de aquel retorno a los campos de batalla, que vio correr en ellos demasiado pronto la sangre de su ideólogo mayor, fue el entendimiento de que las diferencias entre los hombres se desvanecen cuando la causa por la que luchan los supera.

Fueron tantos los legados de aquel día, del intenso batallar ideológico que lo precedió, de la energía a veces inexplicable de Martí para llevarlo a vías de hecho, que con el sentimiento más profundo aflorando a los sentidos, puede decirse, sin temor a equívocos, que aquel día volvió a latir con fuerzas el corazón de Cuba. Nuevos leños avivaron ya para siempre la llama independentista, y la posibilidad real del triunfo se dispersó como pólvora otra vez para que vibrara el orgullo de un pueblo que no nació para ser esclavo.

Cuán necesario fue aquel 24 de febrero, porque solo los hechos que remueven la historia desde sus cimientos, lo hacen también con la fibra de quienes están predestinados a escribirla.

Cierto, la anunciada falacia de un monstruo de podridas entrañas, se valió de las debilidades de un imperio decadente, para frenar la avalancha que amenazaba con desprender a la fruta, porque sabía que esta no gravitaría hacia otro árbol, sino que se dispondría a echar raíces y crecer por sí misma.

Pero la historia es sabia y perseverantes sus protagonistas. Por eso, no fue aquella, para nosotros, una contienda perdida. La innegable reivindicación en la gesta del espíritu libertador del 68, la capacidad aglutinadora de quien ya sería para siempre apóstol de la independencia y, sobre todo, la certeza para nuestros enemigos de que no había entre los cubanos ni el más mínimo atisbo de renuncia al ­sueño de libertad, convirtieron a aquella, la Guerra Necesaria, en punto de giro para el hacer patriótico, en inagotable manantial de voluntad para todas las generaciones por venir.

No hubo, desde entonces, ya descanso. No resignación ni olvido, y la anexión no fue jamás como la soñaron, porque la rebeldía creciente de todo un pueblo no les dio tregua, y ni las más criminales maneras de reprimir fueron suficientes para acallar el llamado constante a una Cuba libre.

Y fue entonces que lejos de morir, como lo habían previsto en tantos años de ignominia, Martí volvió a nacer cien años después de aquel primer alumbramiento que lo trajo al mundo, pero esta vez no fue un vientre de mujer quien le dio la vida, sino la nobleza de almas juveniles, de una generación que asumió por sí misma las riendas del destino de la patria, que eligió ser depositaria de los ideales que, muy a pesar de nuestros opresores, no murieron con él en Dos Ríos.

Entre aquella pléyade de voluntad y optimismo, de ímpetu juvenil mezclado con incontenibles deseos de libertad, se alzó una estrella de luz única, un ser de pensamiento y convicciones tan avanzadas, que sembró en su corazón las doctrinas del maestro, para hacerlas crecer en otro tiempo, bajo otra realidad pero con el mismo fin: la independencia, y para eso, otra contienda ya se vislumbraba necesaria y esta vez, el enemigo, sin saberlo, tenía contados sus días como «protector» de nuestra isla.

Porque en la piel de aquel joven abogado, Martí volvió a ser el ideólogo del proceso revolucionario que se gestaba, y cuando amaneció aquella mañana de la Santa Ana, y tembló Santiago de Cuba toda, y se estremecieron mucho más que los muros del Moncada, el 26 de julio fue otro 24 de febrero.

Se reiniciaba la lucha una vez más, pues aunque no estuvo nunca del todo detenida, retomar para su impulso los conceptos martianos, replantearlos a la altura del momento histórico y enriquecerlos con el también brillante y adelantado pensamiento de Fidel y sus coetáneos, implicaba dotarla de un alcance inimaginable. No hacen falta mayores argumentos, salvo los que llegaron con el tiempo mismo, para afirmar que cuando aquellos incipientes conceptos maduraron, no hubo nada capaz de arrebatarnos el triunfo.

Esta vez las manos revolucionarias cargaron al machete con el alma, mientras portaban en las manos otras armas, y su cabalgadura fue la historia, y sus muertos fuerza inspiradora, y la vibrante sangre juvenil combustible para que funcionara el engranaje, destinado a mover la lucha colosal que le sobrevendría.

No fue aquel desborde de arrojo un revés, así lo demostró la historia, y el alegato del líder natural de la epopeya, lo fue también de todos los patriotas que, entregados a lo largo de los años a la causa de su tierra, no tuvieron la oportunidad de mirar a los ojos del opresor y lanzarle a la cara las verdades más sinceras y justas que merecía escuchar, y que no se quedarían en el mero brillante discurso.

Uno a uno, los pasos emprendidos por la Generación del Centenario rindieron los frutos que anhelaba un archipiélago en pleno. Y el Moncada fue el primer escalón para llegar a las cumbres de la Sierra Maestra, pero en la contienda martiana estuvieron los cimientos, como también en La Demajagua.

Por eso es Cuba, en sí misma, seno de continuidad, por eso es una nuestra Revolución, porque los ideales, si son verdaderos, sobreviven a quienes los promulgan, porque el patriotismo se hereda como los genes que nos unen al árbol familiar, porque los cubanos no concebimos la vida sin la patria.

Solo este pueblo es capaz de concebir el sacrificio que ha costado nuestra decisión de ser libres y, por tanto, le sobran la moral y las razones para negarse a que terceros intenten imponerle destino y rumbo ajenos a sus más elementales convicciones.

Cuando tiene una tierra tanta historia, tanto legado invaluable al que acudir, tanta tradición de no cejar en los empeños, por complejos que se presenten, se adquiere una madurez, un apego a los valores, a los principios, que dejan de ser un bien individual para convertirse en uno colectivo, muy difícil de resquebrajar, aunque se empleen para ello los más inimaginables recursos.

Hace falta (si es que ese algo existe), mucho más que ríos de dinero y olas de poder imperial para amedrentarnos, porque en esta tierra firme, redentora y soberana, cada día se amanece con el convencimiento de que la defensa diaria de nuestra independencia, es también una guerra necesaria.

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