
El poeta repentista Dimitri Tamayo celebra 35 años en la labor tan hermosa de verter el alma en versos. Sirva esta entrevista de agradecimiento
Las Tunas.- Era solo un niño cuando el desaparecido Idelgrades Hernández, El Sinsonte Caimitero, le dijo en El Cornito, señalando al río: “Mírate ahí, que tú vas a ser poeta”. Dimitri Tamayo recuerda la escena y se maravilla de cómo se cumplió la profecía.
Aunque los versos le llegaban por la sangre, pues su padre (Adelquis) era improvisador, la historia octosilábica venía de atrás…
“Esta pasión nació conmigo. En mi familia había 18 artistas de este tipo; teníamos que hacer la cola para cantar. Eran poetas renombrados, que se ganaron la vida actuando en las calles y llevaban su arte de un carnaval a otro. Estaba Jorge, Alexis, Benjamín, Elpidio…
“Mi papá entonces era muy niño, pero luego siguió esos pasos y se hizo profesional; tenía una voz bellísima y fue multipremiado”, refiere. Hoy, aunque el progenitor no vive, para Dimitri permanece... “Mi papá está aquí conmigo; lo siento cerca”, apunta.
Su madre, María Amparo, era poetisa también y, aunque no fuera famosa, tenía su gracia. Sin embargo, aunque Dimitri tarareaba algunos parlamentos, no fue hasta los 21 años de edad que se enfrentaría a un público, y no podría ser otro que su familia.
“Mi abuelo tuvo la ocurrencia de que sacara ese día la poesía. Me dijo: ‘Un poeta adolorido tiene que cantar’. Estaba atravesando una etapa difícil y le hice caso. Por azares de la vida, estaba presente Felo García, poeta de Radio Angulo, y me dijo: ‘Tú tienes que ir a la Radio’. Ahí empezó todo… Me escuchó otro colega de versos, Ricardo González, y me dijo que viniera a Las Tunas. Todo fue rápido”, recuerda.
Cuenta que antes le daba vida a sus versos en soledad, mientras cazaba, pescaba o “por los caminos”. Así, Dimitri llegó al Balcón de Oriente, cantó en casa de Carlos Escalona y, como le sugirieron ese día, se quedó en nuestra tierra y permanece…
El joven que admiraba a Jesusito Rodríguez, Omar Mirabal y otros (actualmente sus amigos), hoy escribe su propia historia frente a diversos auditorios. La Jornada Cucalambeana, peñas campesinas, disímiles eventos y actividades, le han visto crecer y, aunque los nervios siempre estén solapados, él es uno de los necesarios.
“Antes era fotógrafo profesional en Holguín, tenía contratos en lugares bellísimos y me iba bien económicamente. Pero amaba tanto la poesía, que vine hasta aquí, ganando solo 138.00 pesos (era Período Especial), mas era feliz. Y aunque tiré fotos por un tiempo más, finalmente me atraparon las palabras”, destaca.
Al preguntarle qué tan difícil es improvisar, refiere: “Es una mecánica; si tienes el poeta en el alma, los versos nacen…”. Y entonces emerge en el diálogo la esencia que le habita: “¡Qué culpa tengo yo de que mis duendes/ me secreteen lo que tengo que decir!”. Él valora, asimismo, el constante aprendizaje de otros colegas. “Tienes que oír a todo el mundo, desde antiguos como Horacio hasta otros más actuales”.
Asimismo, Tamayo ha contribuido a la formación de otros improvisadores y abraza la literatura. “Escribo todos los días, ya sea sonetos, cuentos, versos libres, pero décima no, esa la improviso”, apunta. Actualmente, sueña con impulsar en Las Tunas un proyecto que avive la improvisación. Ojalá ese anhelo encuentre oídos receptivos porque hablamos de “algo auténtico, más en la tierra de El Cucalambé”.
Dimitri suma 35 años de trabajo entregado a la tan hermosa obra de verter el alma en versos, a contrarreloj. En su palmarés figuran premios nacionales de décima escrita y oral, y hasta un libro publicado, pero para él lo más significativo es el talento que pareciera heredado y aquella profecía que, felizmente, se cumplió… “Enhorabuena, mi voz/ es tan solo el repentismo,/ una vida sin abismo/ bendecida por un Dios./ Así ando la vida en pos/ de la sangre que levanto/ porque Dios me ha dado tanto/ eso que tengo en la vena/ para que valga la pena/ esta décima que canto”, concluye.