
Como productor del 45 por ciento del té mundial, Beijing reinventa su industria más tradicional con innovación tecnológica, usos inimaginables de la materia prima y un concepto de “té inteligente”, que combina plantaciones con laboratorios. La meta es de 217 mil millones de dólares en 5 años.
“No estoy interesado en la inmortalidad, solo en el sabor del té”. La frase resume el espíritu del Poema de las Siete Tazas de Té, que el maestro Lu Tong escribió en tiempos de la dinastía Tang (618-907 d.C.), uno de los períodos más brillantes de la historia china. Recluido durante años en las montañas de Henan, el poeta descubrió que el inmenso disfrute que sentía ante una taza de té, casi hirviendo como se preparaba entonces, le daba una sensación de trascendencia, que ninguna otra experiencia terrenal podía lograr.
Más de mil años después, mientras los versos de Lu siguen definiendo el alma de la cultura china, el país decidió apostar fuerte a la reindustrialización de los extractos del té -polifenoles, catequinas, aceites esenciales y compuestos bioactivos-, como ingredientes centrales de un circuito productivo, que opera lejos de aquellas tazas humeantes del pasado.
Químicos de uso cotidiano, sueros antioxidantes, detergentes biodegradables, suplementos metabólicos, bebidas, cosmética y alimentos saludables son solo algunos de los sectores que se beneficiarán con esta expansión del uso de las materias primas y componentes del té, según las previsiones del Ministerio de Industria y Tecnología Informática, y otros cuatro departamentos gubernamentales. Para los especialistas chinos, la imagen del té ya no remite a campesinos inclinados en una plantación interminable, sino a un biotecnólogo de guardapolvo en un laboratorio silencioso.
Como repite el Gobierno en sus documentos oficiales, la meta es fortalecer la innovación científico-tecnológica del llamado “té inteligente”, un sistema productivo que hoy utiliza sensores 5G en las áreas de cultivo, robots recolectores con visión artificial y códigos QR, que permiten al consumidor saber de qué ladera salió su té y hasta qué fertilizantes utilizaron en su cultivo. “La ceremonia del té ahora conversa con la nube y nadie parece escandalizarse”, admiten desde Beijing, en esta mezcla tan china de orgullo tecnológico y melancolía cultural.
El año pasado los números acompañaron esta nueva tendencia. China fue uno de los principales proveedores de extractos de té, en un mercado global que fue valorado entre tres mil y cuatro mil 700 millones de dólares, con una tasa de crecimiento anual entre el 7,7 y el 8,2 por ciento desde ahora y hasta el 2030, según estimaciones del sector relevadas por Tea Extracts Market. Estas cifras dialogan con el protagonismo que hoy tiene China a nivel internacional, como productor de casi el 45 por ciento del té mundial, con un 75 por ciento de su volumen concentrado en té verde, 20 por ciento en negro y cinco por ciento en el llamado oolong.
Nada de esto ocurre por iluminación tardía de algún funcionario. Detrás de la digitalización de los cultivos y la diversificación de extractos está presente la “mano visible” de una férrea planificación estatal, que conduce todos los sectores de la economía. Precisamente, en ese contexto se inscribe el reciente anuncio de las Directrices para la Mejora y Actualización de la Industria del Té 2026-2030, que pretende alcanzar en ese período nada menos que 1,5 billones de yuanes, el equivalente a unos 217 mil millones de dólares.
El plan establece una serie de metas, que tienen como punto de partida el 2025, año en que la industria del té en China alcanzó un valor de 145 mil millones de dólares en toda su cadena industrial, con más de 60 millones de personas empleadas en el sector e ingresos de las empresas de procesamiento superiores a los 17 mil millones de dólares. Como meta intermedia para 2028 la intención es desarrollar cinco sectores industriales, con ingresos anuales de casi 15 mil millones de dólares cada una, y un grupo de empresas líderes, con beneficios que superen los siete mil millones de dólares. En cualquier otro país sería un programa de varias décadas. En China, apenas un lustro.
Para lograr estos objetivos, el documento estructura 19 tareas clave en torno a seis áreas estratégicas, que procurarán impulsar la creación de fábricas inteligentes con inteligencia artificial y fomentar la "segunda transformación" de productos para los consumidores más jóvenes.
En el Foro Internacional de Consumo Haihe, celebrado el año pasado en Tianjin, el cofundador de Chi Forest, Wang Pu, contó una anécdota reveladora. En 2023 su firma de bebidas saludables lanzó un producto con ingredientes de medicina tradicional, que solo en los primeros meses logró vender unos 14 millones de dólares, convirtiéndose en “uno de los nuevos productos de más rápido crecimiento” del mercado, según reconoció el empresario a la agencia de noticias Xinhua.
En el mismo escenario, el director general de Boston Consulting Group, Roger Hu, explicó que hasta la hidratación puede convertirse en una buena estrategia de posicionamiento: “Si partimos de la base que un consumidor bebe ocho vasos de agua al día para mantenerse alerta, relajarse, socializar y acortar distancias, no es disparatado plantear que cada uno de esos vasos puede ser ocupado por una versión distinta de té, embotellado, burbujeante, enriquecido con ingredientes funcionales o presentado como alternativa saludable a las bebidas azucaradas”. Y el mercado lo sabe.
Puertas afuera, las posibilidades también parecen ilimitadas, como lo viene probando el desembarco de distintas marcas en el mercado estadounidense, con estética pop y filas de clientes, que ya no distinguen entre turistas y consumidores locales, mientras la competencia observa. Mixue Ice Cream & Tea se instaló hace meses en Hollywood, Heytea pasó de dos a 35 tiendas en apenas un año, Molly Tea abrió cinco locales y Chagee inauguró otros dos en el área de Los Ángeles, en menos de tres meses.
Detrás de esta expansión comercial –tan silenciosa como eficaz– se despliega una narrativa distinta a la que suele circular en muchos países de occidente, donde el té chino todavía se vincula con antiguas ceremonias de vapor silencioso. Las hojas que acompañaron al poeta Lu Tong hoy se multiplican en sensores, códigos QR y franquicias estadounidenses, como si el tiempo fuera una actualización de software.
Cuando la cuestión es reinventarse, China no se toma con calma ni siquiera su milenario té. Y mucho menos el negocio que lo rodea, porque detrás de cada hoja hay algo más que antioxidantes. Hay Estado.