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La rehabilitación que necesita China 1

El 15 de enero de 2026, en la provincia de Fujian, pasó algo que, visto desde afuera, parecía menor. Y sin embargo, decía más de lo que sugería. En la Escuela Changlong, en el condado de Lianjiang, un edificio escolar fue rebautizado con un firme trazo de caligrafía. “阮经在学楼” (Edificio de Enseñanza Ruan Jingzai) quedó escrito en el frente, junto a la firma del Nobel de Literatura Mo Yan.

No fue un acto protocolar cualquiera. En China, la caligrafía pesa. Y se nota. El autor de Sorgo rojo eligió dejar su trazo en una escuela rural, en una zona montañosa y de fuerte tradición migrante. “Espero que esta iniciativa pueda iluminar el camino de lectura de los niños de las zonas rurales”, dejó dicho.

El gesto ocurrió quince días antes de la entrada en vigencia del Reglamento para la Promoción de la Lectura a Nivel Nacional. Un detalle. Mientras el mundo —con China corriendo en punta— se obsesiona con la Inteligencia Artificial y con chips que envejecen más rápido que las ideas que prometen acelerar, el país asiático abre, al mismo tiempo, una discusión bastante más incómoda sobre cómo volver a leer.

El nuevo reglamento, vigente desde el 1 de febrero, reúne 45 artículos que establecen obligaciones para gobiernos locales, escuelas, empresas y hasta aeropuertos. Pero detrás de las tres mil 248 bibliotecas públicas, los 44 mil centros culturales y los más de 40 mil nuevos espacios de lectura desplegados en los últimos años, hay otra cosa. Una preocupación que rara vez se dice en voz alta, pero que los números ya no logran disimular: China está empezando a perder la capacidad de comprender lo que lee.

La paradoja está ahí, incómoda. China tiene 670 millones de usuarios de lectura digital, un mercado que en 2024 movió más de 66 mil millones de yuanes (unos nueve mil 500 millones de dólares) y creció más del 16por ciento interanual. Nunca hubo tanto acceso. Nunca fue tan fácil leer. Y sin embargo, algo empieza a desacomodarse.

La 22ª Encuesta Nacional de Lectura, difundida en abril de 2025, muestra que el adulto promedio dedica más de tres horas diarias a leer en pantallas —108 minutos solo en el teléfono— y apenas 24 minutos a los libros en papel. Al mismo tiempo, el país publica cientos de miles de títulos por año y alcanza un volumen estimado de 15 mil 500 libros leídos por minuto.

Pero leer no es lo mismo que entender. Y China empezó a advertirlo. O, al menos, a sospecharlo en gestos mínimos que empiezan a repetirse en los sondeos a lectores, como la mirada que salta de una línea antes de terminarla o la página que es abandonada en la mitad sin ninguna culpa. Como cuando uno llega al final de un párrafo y no recuerda qué decía.

Los datos, como siempre, ayudan y engañan. La tasa de lectura integral entre adultos alcanzó el 82,1 por ciento en 2024. El promedio de libros leídos llegó a 8,31 por persona. Los menores de 17 años leen más que los adultos y la tendencia crece desde hace una década. Todo parece ir bien. Hasta que alguien se detiene a revisar los números.

Porque el tiempo dedicado al papel cayó hasta representar apenas el 11 por ciento del total. Y eso cambia todo. No es lo mismo leer fragmentos que sostener una idea. No es lo mismo pasar pantallas en segundos que atravesar páginas durante horas.

La rehabilitación que necesita China 2Xu Shengguo, director del Instituto de Investigación de la Academia China de Prensa y Publicaciones, lo resume sin vueltas: "La digitalización ha hecho que la lectura sea más accesible, pero también ha traído consigo una avalancha de contenido fragmentado. El desplazamiento rápido y el consumo fraccionado compiten cada vez más por la atención de las personas. Si bien amplían el alcance del conocimiento, no pueden reemplazar fácilmente la profundidad de pensamiento cultivada mediante la lectura sostenida". El desafío ya no es llegar a los libros. Es quedarse.

El reglamento intenta responder a esa tensión sin negar la realidad. Por un lado, integra la lectura digital y exige mejorar la calidad de los contenidos. Por el otro, obliga a recuperar espacios físicos: bibliotecas en aeropuertos, estaciones, centros comerciales, y nuevos desarrollos urbanos con áreas dedicadas a la lectura. Como si la cuestión fuera, también, arquitectónica.

Hay capítulos específicos para zonas rurales, regiones étnicas y áreas menos desarrolladas, donde la brecha de lectura supera los 18 puntos respecto a las ciudades. Y una novedad: desde 2026 habrá una Semana Nacional de la Lectura, previstas para los últimos días de abril. Siete jornadas para hacer lo que antes era cotidiano y que ahora parece necesitar calendario.

Pero el punto más sensible está en los adolescentes. El artículo 32 obliga a las escuelas a reforzar la lectura en los planes de estudio, porque ya no se puede dar por hecho que los alumnos sepan leer en serio.

Zhang Peng, profesor de la Universidad Normal de Nanjing, lo explica mejor: el cerebro se acostumbró a la recompensa inmediata. Scroll, estímulo, dopamina. La lectura larga, en cambio, exige otra cosa. Tiempo. Paciencia. Resistencia. Justo lo que escasea.

La ironía es evidente. Mientras Occidente mira a Beijing con desconfianza por sus avances tecnológicos, el gobierno chino parece dispuesto a librar una batalla bastante más básica, la de sostener la atención frente a un buen libro.

No es nostalgia. Es diagnóstico. Porque la tecnología resuelve problemas, pero también los fabrica. Y a veces lo hace más rápido de lo que una sociedad necesita para adaptarse.

El punto, en el fondo, no es cuánto se lee. Es cómo. Porque leer tres horas en un celular no equivale a hacerlo en un libro tradicional. Y esa diferencia —mínima, casi invisible para un ojo apurado— es la que empieza a incomodar.

En las redes sociales chinas, la expresión “reeducación lectora” ya se volvió viral. No por casualidad. Leer dejó de ser un hábito natural. Ahora es algo que hay que reaprender. Como quien vuelve a entrenar un músculo que se atrofió sin darse cuenta.

Que el primer Nobel chino de literatura haya dejado su firma en una escuela rural puede leerse como un gesto. O como una advertencia.

Porque el problema no hace ruido. No se rompe. Simplemente deja de pasar. Y casi nadie lo nota.

En un país que lee más de 15 mil libros por minuto, la dificultad ya no es acceder a la lectura. Es bancarse la página. Y quedarse.