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El hilo de la IA china 1

“La adopción de la IA está en sus inicios y el impacto en el empleo dependerá en gran medida de cómo los empleadores pongan a la tecnología en su mejor uso”. La frase apareció en un informe de Goldman Sachs de 2025 y quedó flotando como una advertencia, que muchos leyeron, pero pocos tomaron en serio. Un año después, el tema ganó actualidad en China, a partir de un fallo, que establece que despedir a un trabajador para reemplazarlo por Inteligencia Artificial (IA) no alcanza, por sí solo, para justificar esa decisión.

El caso se resolvió en el Tribunal Popular Intermedio de Hangzhou, ciudad conocida como el Silicon Valley de China. Un técnico sénior, de apellido Zhou, observó que la IA se estaba quedando con su trabajo de filtrar contenidos ilegales y vincular consultas de usuarios con modelos de lenguaje. La sospecha se confirmó cuando la empresa le ofreció una indemnización de 311 mil 695 yuanes (unos 45 mil 350 dólares) y la posibilidad de seguir en un cargo de menor rango, con un salario que se reducía a 15 mil yuanes mensuales, muy por debajo de los 25 mil que percibía.

Zhou rechazó la oferta y llevó el caso a un arbitraje laboral, que consideró ilegal el despido. La firma judicializó la decisión y apeló, pero las distintas instancias sostuvieron el mismo criterio. Lo que parecía una discusión individual terminó abriendo una puerta más amplia.

El fallo se basó en una lectura estricta de la legislación laboral china, que solo habilita cesantías ante “cambios sustanciales en las condiciones objetivas” de las empresas. La clave fue determinar si el reemplazo de personal por sistemas de IA podía encuadrarse en esas causales de despido. El tribunal concluyó que no: ese supuesto no incluye decisiones tecnológicas internas, sino situaciones como traslados, fusiones o reestructuraciones profundas. Tampoco pudo demostrarse que el contrato fuera imposible de cumplir. 

Este mismo criterio ya había aparecido unos meses antes en Beijing. En diciembre de 2025, un recopilador de datos de mapas fue desplazado por sistemas automatizados. La firma invocó que se había modernizado para sostener su competitividad, pero el argumento tampoco alcanzó para encuadrar el caso dentro de los supuestos legales que habilitan una cesantía. El despido fue declarado ilegal y se ordenó una compensación.

Dos resoluciones, en pocos meses y en ciudades distintas, empiezan a delinear una jurisprudencia en una industria, que supera los 1,2 billones de yuanes (unos 175 mil millones de dólares) y agrupa más de seis mil 200 empresas. Las proyecciones oficiales apuntan a una expansión sostenida, con niveles de penetración que podrían superar el 90 por ciento hacia 2030.

Todo ocurre en un contexto en el que China intenta equilibrar la necesidad de sostener el empleo, proteger derechos laborales y, al mismo tiempo, acelerar la adopción de IA en su entramado productivo, indicó la agencia oficial Xinhua. Para lograr estos objetivos, entre 2021 y 2025 el Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social lanzó 72 nuevas profesiones, más de 20 relacionadas con la IA, que podrían generar cientos de miles de empleos cada una. 

Entrenador de IA, recolector de datos de robots humanoides y creador de contenido con IA son algunas de las nuevas especializaciones, que están transformando el mercado laboral chino. “El progreso tecnológico no consiste en reemplazar a los humanos, busca abrir más espacios creativos”, indicaron desde la firma Agibot, con sede en Shanghái, en línea con lo que viene ocurriendo en materia judicial.

El hilo de la IA china 2EL DEBATE TAN TEMIDO

Xi Jinping sostuvo en distintas intervenciones que la IA amplía la capacidad humana para transformar el mundo, pero introduce riesgos difíciles de anticipar. Lo que pasa en China no es aislado. El economista Daron Acemoglu viene advirtiendo, hace años, que muchas empresas utilizan la automatización más para reducir costos laborales, que para mejorar la productividad, con impacto directo en la calidad del empleo.

El historiador Yuval Noah Harari plantea un escenario más duro, donde una parte de la población pierde relevancia económica, en un contexto en el que los sistemas ya no necesitan su trabajo. “La pregunta más importante en la economía del siglo XXI bien puede ser: ¿qué debemos hacer con toda la gente superflua, una vez que tengamos algoritmos no conscientes, altamente inteligentes, que puedan hacer casi todo mejor que los humanos?”, advirtió.

Los fallos adquieren, en este contexto, un peso que excede los casos puntuales. Wang Xuyang, abogado del estudio Zhejiang Xingjing, lo resumió tras la resolución de Hangzhou: las empresas pueden ganar eficiencia con la IA, pero no deben descargar ese costo al trabajador.

A partir de ahí, la discusión se abre. Wang Tianyu, desde la Academia de Ciencias Sociales de China, viene analizando cómo se redefine la relación laboral cuando parte del proceso productivo deja de estar en manos humanas. "El progreso tecnológico puede ser irreversible, pero no puede existir fuera de un marco legal", sostuvo.

Pan Helin, economista asesor del Ministerio de Industria y Tecnología Informática, coincide al trasladar esa discusión a un plano más operativo. El desplazamiento laboral asociado a la IA aparece como una tendencia difícil de frenar, mientras el foco se desplaza hacia cómo se gestiona la transición, la reasignación y los mecanismos de compensación.

El criterio que comienza a consolidarse es simple, pero de profundas implicancias: la tecnología avanza a su ritmo y ya no lo hace en un terreno virgen. Los casos de Hangzhou y Beijing no cambian por sí solos el mercado laboral, pero delimitan un terreno donde casi todo sigue en disputa. 

Si una empresa decide reemplazar a una persona por una IA, el costo de esa decisión no se evapora en nombre de la innovación.

La tensión entre automatización y empleo ya no se juega en informes ni en proyecciones de consultoras. Tiene consecuencias concretas: recibos de sueldo, indemnizaciones, juicios laborales. En buena parte de Occidente estos conflictos se resuelven caso por caso, sin una doctrina consolidada y con marcos regulatorios que corren detrás de la tecnología. En China, en cambio, comienzan a definirse algunas reglas. No resuelven el problema, es cierto, pero fijan un límite. 

Y cuando eso ocurre, la discusión deja de ser teórica. Pasa a tener consecuencias.