
Las Tunas.- Hay traiciones que destruyen amistades, deshacen familias y dejan eternas cicatrices. Otras, menos profundas, apenas alcanzan para encender una polémica entre amigos. Sin embargo, el fútbol ha aprendido a tildar como traidores a quienes cambian de piel y le dan la espalda a la lealtad. En los estadios, abandonar una camiseta para vestir la del antagonista lastima como un agravio y una ingratitud. Quizá por eso, más de un jugador ha descubierto que franquear la barrera del rival es un acto sin retorno: un adiós que el tiempo jamás consigue convertir en olvido.
Un caso emblemático de esa ruptura con los colores de un club fue el del portugués Luis Figo, cuando, el 24 de julio del 2000, el delantero y capitán del Barça -un ídolo en el Camp Nou- fue presentado en el estadio Santiago Bernabéu como nueva adquisición del Real Madrid, luego de permanecer cinco temporadas vestido de azulgrana. El hecho indignó a la afición culé porque la operación se llevó en secreto. Días antes, Figo había declarado: "Esta es y será mi camiseta, no seré jugador del Real Madrid. Solamente jugaré en el Barça". A pesar del tiempo transcurrido, los catalanes nunca le han perdonado aquel cambio de bando.
Figo había tenido una carrera exitosa en ese popularísimo club. Entre 1995 y 2000 ganó ligas, copas, supercopas y recopas, tanto en España como en el ámbito continental. La prestigiosa revista France Football lo premió con el Balón de Oro en 2000. Pero desconcertaba el hecho de que siempre se hubiera pronunciado como enemigo jurado del equipo merengue. "Blancos, llorones, saludar a los campeones", solía cantar siempre que su club los derrotaba.
Desde entonces, cada visita suya al Camp Nou fue un suplicio. En el primer clásico posterior a su traspaso, saltó al campo tapándose los oídos ante los ensordecedores pitidos. Bastaba que tocara el balón para que las tribunas estallaran en abucheos, pancartas, insultos y la célebre cabeza de cerdo que le lanzaron cuando se disponía a cobrar un córner. La prensa culé avivó el odio hacia quien ya era tildado de traidor. El diario deportivo Sport insertó aquella vez un póster con el rostro del delantero sobre un billete que llevaba estampada la palabra pesetero.
Figo fue el primer "galáctico" de la constelación de estrellas contratada por Florentino Pérez, el zar del Real Madrid. Con los blancos conquistó varios títulos, incluyendo una Champions League y dos ligas de España. Aunque siempre admitió que la transferencia fue la decisión más difícil de su carrera, criticó el injusto trato recibido en el entorno del Barça, club al que ayudó a ganar varios importantes premios. "A veces me he sentido en la piel de un criminal, en la piel de un asesino. Pero no como un Judas ni como un traidor", llegó a manifestar una vez.
Existen otras "traiciones" famosas, como la del argentino Carlos Tévez, quien dejó el Manchester United para fichar por el Manchester City, su vecino y acérrimo rival. La afición de los Diablos Rojos difícilmente olvidará la provocadora valla con la que el Apache fue recibido en su nuevo club: "¡Bienvenido, Carlitos!", decía. En Alemania, Mario Götze fue tildado de desertor al cambiar el Borussia Dortmund por el Bayern de Múnich, su histórico contrincante. En Italia, por su parte, el traspaso del gran Roberto Baggio de la Fiorentina a la Juventus desató una batalla campal en las calles de Florencia, generando protestas que dejaron decenas de heridos. Aunque la lista de mudanzas es extensa, el caso de Figo marcó un antes y un después, manteniéndose como la más sonada entre la pasión y el negocio.
Definitivamente, en el bien llamado deporte de las multitudes no existen traidores, sino hombres que, al cambiar de indumentaria, descubren que los colores también pueden convertirse en memoria, orgullo y resentimiento. Luis Figo lo supo aquella tarde en el "Santiago Bernabéu" y cada vez que regresó al Camp Nou. Porque hay decisiones que un profesional puede considerar parte de su carrera, pero que una afición, herida en sus sentimientos, se niega a olvidar. En el fútbol, algunas camisetas se cambian; otras, sin embargo, se llevan para siempre.