
Las Tunas.- Desde que las Grandes Ligas echaron a andar oficialmente en 1903, el escándalo ha sido uno de sus acompañantes más persistentes. Algunos pasaron como fuegos fatuos: brillaron un instante y se extinguieron sin dejar rastros. Otros, por su gravedad o simbolismo, quedaron prendidos en la memoria del béisbol y regresan de cuando en cuando, rescatados por la prensa deportiva y las tertulias de esquina. Uno de los más recordados -y acaso de los más vergonzosos- ocurrió el 3 de junio de 2003, en el Wrigley Field de Chicago, durante un partido entre los Cubs y los Tampa Bay Devil Rays.
Era una tarde espléndida para jugar pelota. En el primer capítulo compareció al bate por los locales el dominicano Sammy Sosa, uno de los toleteros más temidos y respetados de su tiempo. Después de frotarse las manos y ensayar un par de swings al aire, clavó los spikes en el cajón -como lo había hecho en miles de turnos anteriores- y se dispuso a batear. Con un hombre en posición anotadora y el conteo en tres bolas y dos strikes, le tiró a una sínker lanzada por Geremi González y produjo un rolling al cuadro.
Parecía una conexión inofensiva, de esas que se repiten varias veces durante un juego. La pelota rodó mansamente sobre la hierba hasta meterse en el guante del segunda base, quien completó el out en primera. Pero hubo algo extraño: el sonido del impacto de la esférica contra el bate “sonó” distinto al habitual, como si dentro de la madera hubiese un vacío. Y algo aún más revelador: el bate se partió en dos, justo a la altura de la marca del fabricante.
Cuando el receptor y el árbitro recogieron los fragmentos, a pocos metros del home, se miraron incrédulos. No era para menos. De una de las piezas cayó al suelo un cilindro de corcho que había sido incrustado en la parte ancha del bate. La evidencia quedó expuesta ante el público y las cámaras de televisión. Un murmullo de indignación recorrió las gradas. La carrera impulsada por el batazo fue anulada, Sosa resultó expulsado y el episodio abrió un debate sobre el fraude y la ética en el béisbol de las Grandes Ligas.
Durante la investigación, Sosa se declaró inocente. Aseguró que utilizaba bates con corcho únicamente durante las prácticas de bateo, como una manera de ofrecer entretenimiento a los aficionados, y sostuvo que aquella tarde tomó uno por mera equivocación. Los investigadores confiscaron e inspeccionaron otros 76 de sus bates. Las pruebas de rayos X determinaron que ninguno contenía corcho. Aun así, Sosa fue suspendido por ocho partidos.
Como era de esperar, el incidente manchó la reputación del dominicano. “Me responsabilizo con lo ocurrido y me disculpo con la gente a quien avergoncé, pero fue un error”, no se cansó de repetir. A pesar del escándalo, en aquella misma temporada alcanzó los 500 jonrones y continuó acumulando cifras que lo situaron entre los grandes bateadores de su época. Sin embargo, el ilegal hecho se adhirió a su trayectoria como una sombra difícil de desprender y, con el paso de los años, se convirtió en uno de los argumentos esgrimidos por quienes cuestionan todavía su eventual ingreso al Salón de la Fama.
Al final, la madera hueca terminó revelando una ilusión: la de creer que un pequeño truco podía agregar fuerza a aquello que el talento ya había hecho. Sammy Sosa siguió bateando, acumuló jonrones y conservó su condición de ídolo. Pero el diminuto cilindro de corcho se incrustó para siempre en su biografía, como una astilla que las estadísticas pudieron arrancar. Aquella tarde en que la madera sonó distinto, Sammy Sosa perdió un turno y, a la vez, también la posibilidad de que su nombre llegara limpio hasta la puerta de la inmortalidad.