
La madrugada del 3 de enero aún duele. No solo por los 32 compatriotas caídos en territorio venezolano durante la operación Absolute Resolve, mártires de una solidaridad que no entiende de fronteras sino, además, por la niebla que desde entonces intenta cubrirlo todo.
En esas primeras horas y días, mientras conteníamos el aliento, las redes ardían con versiones encontradas; influencers de alquiler dictaban sentencia y algunos, desde la comodidad de sus feeds, ya habían decidido que “Maduro se lo buscó”. Hoy, cuando el bloqueo es más nítido que nunca y el combustible escasea en las calles, conviene preguntarse: ¿quién gana cuando dejamos de pensar?
Enfrentamos no solo una crisis energética o una escalada retórica desde Washington. Es una operación de guerra cognitiva de alta intensidad. Lo explicaba recientemente el Observatorio de Medios de Cubadebate: entre el primero y el 15 de febrero circularon decenas de convocatorias violentas contra Cuba en plataformas como Facebook, Instagram y WhatsApp. Todas, absolutamente todas, procedían del exterior. Ninguna logró una movilización real dentro del país. Pero, ojo: no dejarán de intentarlo.
Su fracaso organizativo no significa inocuidad. Estas campañas persiguen otro objetivo: crear clima, sembrar reflejos. Instalar la sensación de que “algo está a punto de estallar”. Saturar el espacio público digital con iconografía insurreccional, pasamontañas, fondos rojos; consignas maximalistas para que, en la mente del ciudadano agobiado por los apagones y las colas, la excepción termine pareciendo norma.
Es la estrategia del ruido infinito. La saturación informativa no produce ilustración, sino parálisis. Cuando todo es urgente, nada es importante. Y en esa confusión, el enemigo quiere avanzar.

Aquella terrible madrugada nos dejó también una lección luminosa. El luto por los 32 caídos, respetado incluso por las motorinas con música en los barrios, reveló algo que ni las encuestas ni los algoritmos pueden medir: el sedimento profundo de patriotismo que subsiste en el pueblo cubano.
Un investigador lo expresaba con precisión: “El agotamiento social no se traduce en debilitamiento de los valores patrios. El hartazgo por políticas económicas fallidas no implica pérdida de compromiso con la soberanía nacional”.
Hay aquí una distinción crucial que ciertos análisis, sobre todo los que se producen desde la comodidad de las redacciones de Miami, se niegan a reconocer. Se puede discrepar de la política energética, cuestionar la burocracia, reclamar mejores salarios y, al mismo tiempo, repudiar la injerencia extranjera y estar dispuesto a defender la independencia. No solo no son posturas contradictorias: en una sociedad saludable, deberían convivir.
El problema es que la derecha cubana, y sus patrocinadores en Washington, ni en 1959 ni ahora han entendido la psicología política nacional. Siguen pensando que la crisis económica es el caballo de Troya que les abrirá las puertas de La Habana. Ignoran que, cuando el portaviones asoma en el horizonte, las grietas internas se cierran y el conflicto se redefine en términos existenciales. Justo el terreno donde los Estados Unidos siempre han perdido.
LAS MATRICES DE LA DESUNIÓN
En estos días de febrero, mientras el presidente Miguel Díaz-Canel explicaba con serenidad las medidas adoptadas ante el bloqueo energético -incluyendo la actualización de la llamada “Opción Cero”, concebida en la década de 1990-, ciertas narrativas divisorias han pretendido instalarse en el debate público. La primera: el supuesto “abandono” de Venezuela por parte de Rusia y China al no intervenir militarmente. Olvida esta lectura, voluntaria o involuntariamente ingenua, que Venezuela no tiene con esos países pactos de defensa mutua comparables a los de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Reducir la cooperación estratégica a una intervención armada es un simplismo que solo favorece a quienes quieren ver derrotado el campo antiimperialista.
La segunda: el fantasma de la “traición chavista” a Cuba. Se ha llegado a afirmar, sin una sola prueba, que medidas adoptadas por la vicepresidenta Delcy Rodríguez responden a dictados de Donald Trump. Esta narrativa, sostenida en apelaciones emocionales a “lo que habría hecho Chávez”, ignora la complejidad de la situación venezolana. Caracas negocia con una pistola todavía humeante sobre su sien, en un escenario análogo, quizás, al de la Rusia soviética que firmó una paz durísima con Alemania en 1917.
La tercera, quizá la más cínica: el fatalismo negociador que presenta cualquier diálogo como capitulación. Inmediatamente después de que el Gobierno cubano reiterara su histórica disposición a conversar con los Estados Unidos, sin condiciones previas ni presiones, los mismos sectores que exigen dialogar a cualquier costo comenzaron a cuestionar la pertinencia de esas pláticas, tachándolas de ingenuas o inútiles. Doble rasero puro: lo que para Cuba sería rendición, para ellos es que no se ha aplicado la suficiente presión.
EL FACTOR RUBIO
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reactualizado una dinámica conocida. Las empresas del magnate han mostrado, en el pasado, interés por Cuba como oportunidad de negocios. Sus recientes declaraciones, ambiguas, sugieren que hoy priorizaría un acuerdo migratorio masivo antes que un cambio de régimen. Cualquiera de esas agendas podría, en teoría, traducirse en un modus vivendi.
Pero está Marco Rubio. Y Rubio no es un político cualquiera: encarna una tradición. La del llamado “exilio histórico”, fundado por los esbirros de la tiranía batistiana y las oligarquías que huyeron después de 1959. Para esa fuerza política, la única solución a la “cuestión cubana” es la revancha. Durante la Guerra Fría, sus intereses coincidieron con los de los Estados Unidos como Estado.
Hoy, cuando la Mayor de las Antillas ya no “amenaza” la seguridad hemisférica (nunca lo ha hecho), ni “exporta” revoluciones armadas (entendamos: apoyo directo a los movimientos de liberación nacional), la política hacia nuestro archipiélago sigue secuestrada por ese lobby que solo Obama logró sortear brevemente.
Wayne Smith, jefe de la Sección de Intereses estadounidense en La Habana durante las administraciones de Carter y Reagan, solía decir que Cuba ejercía sobre los gobiernos de los Estados Unidos el mismo efecto que la luna llena sobre los hombres lobo. Toda racionalidad estratégica queda suspendida. En su lugar se imponen fundamentalismos ideológicos y obsesiones afectivas. No obstante, el deshielo de la era Obama dejó claro que, cuando la clase política estadounidense lo quiere, es capaz de eludir esa “maldición lobuna” y sostener contactos serios con su contraparte cubana.
Conviene recordarlo: cuando el pasado 5 de febrero el presidente cubano expresó la disposición al diálogo “sobre cualquier tema”, no se separaba un milímetro de la histórica posición de la Revolución. Ya la sociedad cubana y su diáspora conocieron los beneficios de una relación relativamente civilizada entre ambos países.
Obama no eliminó el bloqueo, principal obstáculo para la inserción normal de Cuba en el mercado mundial, pero lo relajó lo suficiente como para que en esos años hubiera una prosperidad perceptible en la vida cotidiana. En 2017, aquello se vino abajo. Trump, necesitado del apoyo de Rubio en el Comité de Inteligencia del Senado durante la investigación de la “trama rusa”, sacrificó la normalización en el altar de su supervivencia política. La política hacia la tierra de José Martí fue, una vez más, moneda de cambio.
La pregunta hoy es si el Trump del 2026, más fuerte políticamente, podrá sustraerse a esa dinámica. No parece que vaya a ocurrir mientras Rubio, ahora secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, mantenga capacidad de veto sobre cualquier acercamiento.
Hay algo más profundo en juego y que trasciende los equilibrios de poder en Washington. Cuba socialista, aún con todos sus problemas, para las nuevas derechas hemisféricas constituye un límite simbólico. Mientras existamos, el espectro de lo posible continúa demasiado a la izquierda.
Alguien dijo que somos los últimos soldados de la Guerra Fría; mas, en realidad, representamos una alternativa que trasciende los marcos estrechos de esa bipolaridad fenecida, pues encarnamos un propósito de emancipación social y nacional desde el sur global, ante el que todo progresismo y socialdemocracia parece todavía aceptable para el cuadro general del sistema.
Por eso las nuevas derechas llaman “comunistas” y “dictadores” al partido mexicano Morena, al socialdemócrata español Pedro Sánchez, o al peronismo argentino. Borrar la experiencia cubana les permitiría entrar en otra etapa de la guerra cultural, donde los nuevos “intolerables” serán los que en la actualidad todavía caben en el pacto democrático liberal. Hoy van por nosotros, mañana irán por ellos.
De ahí la virulencia de los ataques. De ahí también la necesidad de comprender que nuestra resistencia no es solo defensa de un modelo político sino preservación de un horizonte de dignidad para Nuestra América.
Dicho todo esto, una advertencia necesaria: la amenaza externa no puede convertirse en excusa para postergar los cambios que el país necesita. Si el clima de confrontación termina reduciendo los espacios de participación y crítica bajo el argumento de “no darle armas al enemigo”, cometeríamos, de nuevo, un error que terminaría erosionando la legitimidad del sistema que defendemos.
El presidente Díaz-Canel lo expresó con claridad el 5 de febrero: la existencia del Partido Comunista como fuerza dirigente no está reñida con el debate interno; al contrario, lo requiere. El liderazgo político se fortalece con el análisis colectivo, la crítica constructiva y la deliberación de ideas dentro del marco de la Revolución.
Hay que avanzar, sí, en la reforma empresarial, en la descentralización económica, en la atracción de inversiones que aporten tecnología y encadenamientos productivos. Hay que sanear las finanzas, unificar el tipo de cambio, profundizar las relaciones con Rusia, China, México, Argelia...d Hay que producir nacionalmente todo lo que podamos, e importar solo aquello que no estemos en condiciones de fabricar.
No son tareas fáciles. Pero son posibles. Y son impostergables.
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Cuando el 3 de enero los militares cubanos destacados en Venezuela combatieron durante dos horas a una fuerza desproporcionada, nos dieron una lección que trasciende lo militar: demostraron que la preparación y la dignidad pueden plantar cara a la superioridad material.
Esa fuerza del ejemplo es nuestra principal arma. No la que procede del fusil, sino la que nace de la convicción. La que hace que, incluso en medio del agotamiento, el pueblo cubano diferencie entre el malestar cotidiano y la entrega de la soberanía.
El episodio que vivimos confirma una constante del escenario cubano contemporáneo: la distancia creciente entre la intensidad del ruido en redes y la realidad material dentro de la nación. Convocar es fácil. Movilizar es otra cosa.
Los días difíciles no han terminado. El bloqueo energético es palpable, las colas son largas, los apagones agotan. Pero también es real que seguimos aquí y que hay un plan y una dirección que lo conduce. ¿Perfectibles?, sí. ¿Necesariamente flexibles y objetivos?, igualmente.
La verdad, en tiempos de niebla, es un acto de resistencia. Construirla colectivamente, sin concesiones al facilismo ni a la desmemoria, es la tarea que nos convoca. Por los 32. Por los que vendrán. Por Cuba.