Imprimir
Visto: 125

mihijomeimita 1080x646

Las Tunas.- “Y entonces, ¿cómo quedo yo?”, hemos escuchado a menudo en un mensaje educativo de la Televisión cubana. Una abuela se preocupa por cómo su hija y hasta su yerno incitan en sus nietos conductas totalmente distintas a las que ella enseñó, relacionadas con compartir los juguetes en casa o la merienda en la escuela, y las consecuencias de mentir o robar objetos ajenos.

La alarma de la señora va más allá, y es el hecho de que los niños desde edades tempranas, por lo general, imitan la conducta de los padres. Las llamadas neuronas espejo (o especulares) son una clase especial de células nerviosas que participan en procesos importantes como la imitación y la empatía. Y es que genéticamente los seres humanos estamos preparados para imitar. Incluso, los bebés pueden captar los sentimientos de los padres. Si mamá está tranquila, el niño también; pero ocurre lo contrario si ella se estresa.

Por eso, es tan común que si vemos a alguien reír a carcajadas lo secundemos, como pasa muchas veces con el bostezo. O si percibimos a alguna persona sufriendo o llorando sintamos un poco de su dolor. Eso es la empatía definida por la Neurofisiología.

Los infantes “copian” todo el tiempo, no solo a los padres, sino a todo lo que les rodea; y lo hacen tanto de lo bueno como de lo malo. El ejemplo de sus progenitores siempre es el mejor referente para los hijos, y con este debemos enseñar. Si desde edades tempranas se activa en los pequeños la empatía, en el futuro estarán mejor preparados para ejercerla.imitando adulto1

Según los especialistas, los niños reaccionan emocionalmente a la forma en la que los tratan, y tienden a reproducir ese comportamiento que viven. Por eso, es tan necesaria la paciencia de los maestros y demás personal educativo, porque el aula es un mosaico con el reflejo de cada hogar.

Cuando se trata de la formación de los más pequeños, los discursos educativos se vuelven nada si estos no van acompañados de ejemplos concretos, de buenas acciones dignas de imitación. Razón por la cual es importante proponernos, a pesar de los problemas y situaciones, ser positivos en todo lo que esté al alcance; porque de ahí depende también la plenitud de ellos, que al final es lo que más se anhela.

No basta tener cuidado con lo que expresamos, debemos, además, extremarlo con lo que hacemos. De nada vale regañar al pequeño porque dijo una mentira si luego nos escucha mentirle al vecino. No funcionará reprenderlo porque llegó pronunciando horrores de algún compañero si después nos sorprende hablando mal de alguien o criticando.

Si por un lado les exigimos usar menos el teléfono o la tableta, pero por otro nos ven “pegados” todo el tiempo a la pantalla habrá una contradicción para nada formativa. Son acciones de las que a veces, en el calor del momento, no somos conscientes, pero van creando un efecto del que más adelante sufriremos las consecuencias.

Esto se aplica igualmente a las prohibiciones, pues el respeto tiene que ser recíproco. Cómo se explica que, si hoy prohibimos jugar con esa bola de cristal de adorno, mañana se la prestemos solo porque está llorando. En ese caso nuestra palabra no tendría validez.

La educación va más allá de obligar a los niños a dar gracias cuando les regalan un juguete o enseñar al bebé a mover la manito para decir adiós. Se trata también de que la conducta de quienes deben educar hable por sí sola. De que no haga falta una amenaza para recoger los juguetes, porque nuestra habitación siempre está organizada.

El llamado es a convertirnos para nuestros hijos en ese ejemplo que valga la pena imitar. En el esfuerzo y dedicación está la clave para obtener de ese efecto espejo solo la estela positiva; y así no habrá necesidad de preguntarnos en un futuro qué hicimos mal.