
Las Tunas.- La mujer no preguntó el precio primero. Preguntó si funcionaba. El hombre abrió la mochila con una naturalidad que asusta más que cualquier cosa. Blísteres sin caja, frascos sin etiqueta, pastillas envueltas en papel de servilleta.
No hubo receta médica, comprobante o garantía; solo una frase: “Esto es lo que está resolviendo ahora mismo.” Y la mujer, con la voz baja y los ojos cansados, respondió algo que resume un país entero: “Dame lo que tengas para el dolor”.
Ahí empieza esta historia; no en una farmacia o en un hospital, tampoco en una esquina, un grupo de Revolico o el mensaje privado de alguien que asegura tener lo que no aparece en ninguna parte. Empieza en la necesidad.
Durante mucho tiempo se habló de la escasez como una palabra lejana, casi técnica. Hoy es una realidad que se siente en la casa, en el botiquín vacío, en la receta que se guarda sin poder usarse. Lo que antes era una dificultad puntual se ha convertido en una rutina silenciosa: preguntar, esperar, volver a preguntar, buscar alternativas.
Así ha nacido una red paralela. No está en los registros oficiales ni tiene control sanitario, horarios o normas visibles; sin embargo, funciona con una precisión que asombra. Un mensaje en un grupo y aparecen nombres de medicamentos que no se ven desde hace meses. Vitaminas, antibióticos, cremas para la piel, sueros, suplementos para el cabello, cápsulas para dormir, tabletas para adelgazar, pastillas para subir de peso.
Todo está disponible. Todo tiene precio. Nada tiene certeza. Lo más inquietante no es que exista ese mercado, sino lo rápido que la sociedad se ha acostumbrado a él.
Cuando alguien tiene fiebre alta, una madre no logra bajar la temperatura de su hijo o un abuelo necesita un medicamento que no aparece en la farmacia desde hace semanas, la discusión deja de ser moral y se vuelve humana. El cuerpo no entiende de sistemas, ni de políticas, ni de discursos. El cuerpo duele.
Ahí aparece la decisión más difícil: confiar en algo que no se conoce o quedarse sin nada.
Muchas personas lo saben. Lo dicen con total claridad: “No estoy segura de que sea original, pero es lo único que hay.” No se trata de ingenuidad. Se trata de desesperación. Y la desesperación rara vez pregunta por certificaciones o sellos de eficacia.
El problema es que ese riesgo no siempre se ve de inmediato. Una pastilla puede aliviar el dolor hoy y provocar otro problema mañana. Una crema puede prometer resultados rápidos y terminar dañando la piel. Un suplemento puede parecer inofensivo y alterar el organismo de forma silenciosa. En esa incertidumbre viven miles de personas.
En medio de esa escasez ha surgido otro fenómeno igual de complejo: la moda por los suplementos. Vitaminas para la piel, cápsulas para el cabello, colágeno, multivitamínicos, sueros faciales, cremas con nombres imposibles de pronunciar. Muchos llegan sin caja, sin fecha visible, sin información clara sobre su procedencia. Se venden como si fueran soluciones mágicas.
Una parte del problema es la presión social. La imagen perfecta se ha convertido en una exigencia diaria. La piel luminosa, el cabello fuerte, el cuerpo tonificado, la energía constante. En redes sociales parece sencillo lograrlo. En la vida real, no tanto.
Entonces aparecen esos productos que prometen resultados rápidos y “naturales”, una palabra que hoy funciona casi como garantía automática, aunque nadie compruebe si realmente lo es.
El peligro no está solo en lo que se compra. Está también en lo que se cree. Hay productos que llegan desde otros países sin control, otros que se almacenan en condiciones desconocidas, algunos que ni siquiera son lo que dicen ser. Nadie garantiza que una vitamina realmente contenga vitaminas. Nadie puede asegurar que una crema no provoque una reacción grave. Nadie responde si algo sale mal.
La frase “lo compré porque lo necesitaba” se ha vuelto demasiado común y es fácil juzgar desde fuera. También es simple decir que no se debe adquirir medicamentos por la izquierda, que es peligroso, irresponsable. Pero quien habla así muchas veces no ha pasado noches enteras buscando un simple analgésico. No ha recorrido farmacias sin encontrar nada. No ha visto a un familiar sufrir sin poder hacer mucho.
Ese es el punto más sensible de todo este fenómeno. Nadie quiere depender de un mercado clandestino. Nadie quiere confiar en algo que no conoce. Pero cuando la alternativa es el dolor, la elección se vuelve casi obligatoria.
Hay algo que se repite en casi todas las historias: la palabra “resolver”. No es una solución verdadera. Es una forma de sobrevivir. Hoy se resuelve con una pastilla que alguien trajo, mañana con una vitamina que apareció en un grupo, pasado mañana con una crema que prometía milagros.
Ese mecanismo de supervivencia ha hecho que muchas personas pierdan el miedo. Ya no sorprende ver medicamentos vendidos en la calle. Ya no impacta leer anuncios de productos sin certificación. Lo que antes parecía impensable hoy forma parte de la vida diaria.
Un medicamento mal conservado puede perder efecto o volverse dañino. Un suplemento desconocido puede alterar el organismo. Una crema sin control puede provocar problemas que tardan meses en desaparecer. El peligro no siempre se ve de inmediato, y eso lo vuelve más peligroso todavía.
Lo más duro es que muchas personas lo saben y aun así lo hacen. Porque no hay otra opción. Porque el cuerpo necesita alivio hoy, no dentro de un mes. Porque el dolor no se puede posponer.
Este no es un texto para señalar culpables, es apenas una mirada a una realidad que duele. La salud no debería depender de la suerte, ni de un contacto, ni de un mensaje privado. No debería existir un mercado paralelo para algo tan esencial.
La gente no quiere comprar medicamentos clandestinos. Quiere entrar a una farmacia y encontrar lo que necesita sin miedo, sin dudas, sin riesgos.
Mientras eso no ocurra, la medicina seguirá moviéndose por la sombra. En mochilas, en mensajes, en manos desconocidas, en frascos sin etiqueta.
Y en medio de todo, miles de personas seguirán haciendo lo mismo que aquella mujer del principio: no preguntar si es original, no preguntar si es seguro, no preguntar si está certificado. Solo preguntar una cosa: “¿Funciona?”.