
Las Tunas.- El círculo infantil Ismaelillo, de Las Tunas, es un lugar donde los niños dan sus primeros pasos fuera del hogar. Es, sobre todo, una casita de abrazos y cuidados donde las familias trabajadoras depositan su tesoro más grande, sus pequeños, para incorporarse a la jornada laboral diaria.
Entre la algarabía y las risas de los infantes se encuentra Ivia Ramos Galindo, quien ya suma 41 años de servicio en este centro. Llegó siendo una adolescente. “Tenía 17 años cuando me incorporé. Me siento afortunada de ser fundadora del círculo; fue un 22 de agosto de 1985 cuando empecé de educadora”, comenta. Durante 38 años se desempeñó como maestra de música, especialista en Educación Musical, pero, por déficit de trabajadoras, se incorporó a un salón; ahora funge de educadora en el segundo año de vida.
“Los niños a veces son como maestros, se aprende mucho de ellos”, dice Ivia, y su voz se llena de orgullo. “En mi faena de profesora de música presenté numerosas tablas gimnásticas y alcanzamos varias veces el primer lugar. Cada 28 de enero, la banda rítmica del círculo brilla bajo mi dirección y eso me hace feliz; ver a un niño contento me llena de vida”.
Numerosos son hoy los profesionales que pasaron años de la Primera Infancia al cuidado de Ivia, a su lado aprendieron de roles, canciones y un poco a entender el mundo. Ella guarda una historia que la define y la comenta con la nostalgia y la satisfacción que le nutre el orgullo por su profesión.
“Me encontraba en el hospital Guevara, estaba de pie, no había en qué sentarse, cuando de pronto se acerca un joven y me dice: ‘¿Dónde está mi tía bella?’” Era Reinaldito, médico de profesión, uno de sus tantos pupilos. “Rápido fue a la sala de Cardiología y trajo un balance; me pasé toda la estancia sentada ahí gracias a él”. Y al terminar su remembranza suelta una frase que lo resume todo: “Experiencias muy bonitas… De esas, miles”.

Mientras Ivia cuenta diversas anécdotas, llega Magalys María Meriño Machado, que también suma varios lustros en este plantel. “Llevo 34 años siendo educadora; comencé en 1992 y soy licenciada en Educación Preescolar”.
“Trabajar con infantes es algo maravilloso”, afirma Magalis. “Los padres realmente nos dejan a sus hijos con confianza. Somos la segunda madre de esos chicos”.
Ivia retoma el hilo de la conversación, porque ambas saben que se parecen más de lo que imaginan. “He aprendido bastante”, confirma. Y aunque su temporada de música le dio ritmo y sensibilidad, confiesa que fue en el aula, con los niños de 2 años, donde entendió la verdadera dimensión de su profesión.
Este 10 de abril, en el aniversario 65 de los círculos infantiles, Ivia y Magalis siguen haciendo lo que más aman, enseñar. Porque al final, en el “Ismaelillo”, de la ciudad de Las Tunas, cada pequeño es la prueba de que la ternura, cuando es verdadera, nunca se jubila.