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nido vacio

Las Tunas.- Tuvo tres cursos para prepararse… Desde que entró al Preuniversitario la niña le dejó claro la carrera que deseaba y que se esforzaría para ello. Imaginar a su pequeña en La Habana, tan lejos de casa, era una idea que no podía aceptar. Pero los tres años pasaron volando y su hija se fue a la Universidad…

Al saber la noticia, una mezcla de orgullo y tristeza la sobrecogió. Orgullo, porque su pequeña lo consiguió, porque tantos fines de semana estudiando valieron la pena, porque vio en sus ojos el brillo del triunfo. Tristeza, porque se iba la mitad de su corazón. Aunque en realidad fue ella quien la enseñó a perseverar, no imaginó que con su partida llegaría a su vida un proceso duro.

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Según los especialistas, el síndrome del nido vacío (SNV) es el conjunto de pensamientos y emociones que viven los padres, cuando sus hijos se van de casa. Por lo general, sienten que estos ya no los necesitan y aparecen sentimientos de tristeza, soledad, vacío, recuerdos de cuando eran niños y hasta la sensación haber perdido el sentido de sus vidas.

También es un duelo e incluye sus etapas de negación, ira, negociación, depresión y, finalmente, aceptación. Este proceso no se produce igual en todos los tutores. Algunos lo aceptan fácilmente, mientras que otros sufren reacciones emocionales y dolorosas. Aparece esa amalgama de alegría y pena con la que no siempre se sabe lidiar.

Los psicólogos explican que el SNV puede ocurrir por varias razones. Una es la sensación de soledad, más si los padres han pasado, como mínimo, los últimos 18 años con los hijos en casa. Por eso es tan común que ocurra cuando comienzan la vida universitaria fuera de su localidad.

Otra razón es la falta de autorrealización. Hay padres que han dedicado su vida a sus hijos. Sobre todo las mujeres, que han olvidado otros roles (ser pareja, trabajadora, amiga, mujer…) y han creado una dependencia hacia sus hijos. Los problemas en el matrimonio también pueden ser la razón para que aparezca el SNV. Cuando los hijos se van, los padres pueden sentir que no saben convivir o ya no les queda nada en común.

Aunque el mundo parezca venirse abajo para quienes están experimentando este proceso, hay maneras de hacerlo más llevadero y aprender a aceptar la nueva realidad. En estos momentos es bueno recordar la sabiduría de algunas aves, que cuando hacen sus nidos a sus polluelos los disponen en una rama o lugar alto, para que sus padres puedan oír si están en peligro y ayudarlos.

Estas especies entienden que sus crías no saben volar y que sin ellos podrían morir; pero, una vez que aprenden, dejan sus nidos, les dejan marchar. Si nuestros hijos han aprendido a “volar”, estarán preparados para irse. Necesitaron de sus padres mucho tiempo, pero ya están listos para dar sus propios pasos. Aceptarlo es un gran avance.

Una buena forma de verlo es tener la seguridad de que contribuimos a esa independencia, ayudándolos a construir su futuro, escuchándolos y aconsejándolos. Entonces, si lo hacemos bien, ese momento de separación puede convertirse en la alegría de ver a nuestro retoño con la fuerza de comenzar una nueva etapa con más autonomía.

Es necesario que sepan que, por encima de todo, estamos orgullosos de lo que obtuvieron con su esfuerzo. No les ayudará si ven a sus padres tristes, cuando ellos están recogiendo el fruto de su constancia. Ese momento puede prepararse, porque tarde o temprano llegará. De ahí la importancia enseñarles a ser independientes.

En cada capítulo del desarrollo hay mucho para aprender y, una vez que lo hagan, no tenemos por qué seguirles haciendo lo que ya saben realizar por sí mismos. Mientras los alistamos, debemos pensar también en nuestra preparación emocional.

Tal vez muchos consideren que la partida de los hijos suponga el fin de la crianza activa, y que los padres sientan que han perdido su propósito o identidad. Pero, incluso en la distancia, se puede estar presente. En medio de tanto extrañar, pueden surgir las oportunidades para hacer aquello que frenamos en el pasado. Ahora puede ser el momento de potenciar nuestras fortalezas. Practicar ejercicios siempre es un buen aliado, así como la lectura, compartir con amigos y, por qué no, el trabajo. Quién sabe si esta es la hora de retomar aquella superación o labor que se detuvo en el pasado.

Puede ser la ocasión de fortalecer el matrimonio. En definitiva, ya eran dos antes de que los niños vinieran y ahora vuelven a ser dos; dos que deben ser uno en todo momento. Centrarse en la relación de pareja es un gran consejo. Mejorar la comunicación, hacer actividades juntos, planear todo lo que se pueda…

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La niña se fue. Le costó aceptarlo, disimular la tristeza frente a ella. Pero, al final, su satisfacción ganó, todo funcionó. La salida de los hijos de casa siempre dolerá, es una realidad, pero ese dolor no puede ser mayor que la alegría de ver cómo conquistaron sus metas y van por más. Por encima de todo, prevalecerá el orgullo de saber que quizás no lo hicimos perfecto, pero sí con amor.