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central majibacoa con Raúl

Las Tunas.- Hablar de 1986 en la provincia de Las Tunas es evocar el olor a caña recién molida mezclado con el polvo de la construcción. Era el tiempo de los cumplimientos al pie de la letra, de las reuniones de chequeo con sabor a compromiso y de una certeza colectiva: el central Majibacoa no sería solo otro ingenio, sino un monumento viviente a los caídos en Girón.

Para entender la magnitud de lo que ocurrió en abril de 1986 hay que remontarse a finales de junio de 1985. El General de Ejército Raúl Castro, segundo secretario del Comité Central del Partido, recorría entonces una obra que arrastraba cuatro años de trabajos y apenas alcanzaba el 70 por ciento de su ejecución. El tiempo apremiaba. La meta, fijada como un compromiso directo con la máxima dirección del país, era terminarlo en tiempo récord.

El diagnóstico fue claro: el plan original se había quedado corto. Pero la Revolución Cubana activó un mecanismo poderoso: el acompañamiento del Partido a pie de obra. Fue así como el Buró Provincial del Partido convirtió el central en una tarea de choque permanente. Alfredo Hondal González, máxima figura política del territorio, presidía una y otra reunión de chequeo. La del 17 de abril de 1986 fue particularmente intensa: sobre la mesa estaban los preparativos finales para la puesta en marcha de la industria.

A solo dos días del aniversario del triunfo de Playa Girón, Julián Rizo Álvarez, miembro suplente del Buró Político, recorrió las instalaciones del séptimo central construido íntegramente por la Revolución. No era una visita protocolar. Rizo Álvarez llegó justo cuando las enormes turbinas realizaban las pruebas en vacío y con carga -el bautismo mecánico antes del azúcar real.

Acompañado por Alfredo Hondal, el dirigente no limitó su recorrido al "Majibacoa". Aprovechó para visitar otras construcciones fabriles prácticamente concluidas en la capital provincial.

Ese mismo día, en un gesto que la prensa de entonces reseñó como muestra de madurez del sector azucarero tunero, los complejos agroindustriales Colombia y Perú se convirtieron en los primeros del territorio en vencer sus planes de producción de azúcar. Y no se detuvieron: continuaron moliendo para empujar a toda la provincia hacia el cumplimiento.

Tres días después, el 22 de abril de 1986, la fecha quedó grabada en la memoria colectiva de Majibacoa. Raúl Castro regresó, esta vez no para revisar avances, sino para inaugurar. Lo acompañaban Alfredo Hondal, Jorge Risquet Valdés -miembro del Buró Político- y otros dirigentes.

Las cifras hablaron por sí solas: el central Majibacoa tendría capacidad para moler 600 mil arrobas de caña cada 24 horas y producir 100 mil toneladas de azúcar por zafra. Pero detrás de los números había brazos y corazones. Por eso, en su intervención, el General de Ejército se dirigió a los constructores, a los jóvenes, a los obreros industriales que en diferentes etapas del proceso de construcción se habían incorporado a la obra.

Y entonces pronunció palabras que la historia ha conservado:

"Y me atrevo a felicitarlos, porque estoy seguro de que lo más importante de lo expresado por ustedes en esos carteles es que seguirán cumpliendo".

Luego, para dejar claro que el azúcar era solo el comienzo de una batalla más larga y cotidiana, añadió:

"En la producción se avanza, pero esta es más compleja, porque es la guerra diaria, el combate diario. En las cuestiones de la economía es en el batallar constante donde debe verse el resultado día a día…". 

Aquella jornada inaugural guardó un segundo acontecimiento. Quedó inaugurada también la Fábrica de Perfiles de Acero Conformados en Frío, anexa a la empresa de estructuras metálicas Francisco (Paco) Cabrera.

fábrica asociada a la Paco Cabrera

La palabra la tomó entonces Jorge Risquet Valdés, quien ante la masa trabajadora explicó el impacto económico: cada año, la fábrica ahorraría al país cinco mil toneladas de acero y cerca de dos millones de pesos, ofreciendo empleo a 142 trabajadores.

En la ceremonia participaron también un grupo de especialistas soviéticos que colaboraban en la empresa, reflejo de la cooperación internacional que sostenía muchas de las grandes obras cubanas de aquellos años.

La crónica del "Majibacoa" no terminó con el corte de cinta. Porque junto al central creció una comunidad de viviendas para los trabajadores, diseñada desde el mismo proyecto inicial como parte de la tarea de choque. Ese fue el verdadero legado de 1986 en el territorio tunero: no solo producir azúcar, sino demostrar que el desarrollo industrial y el bienestar social podían caminar juntos.