
Las Tunas. - Cuando estreché su mano en aquella única ocasión, caí en cuenta que sería lo más cerca que habría estado de la generación que literalmente hizo la Revolución, porque el Comandante Ramiro Valdés Menéndez Ramiro no era cualquier cosa. Ahora con su fallecimiento perdemos a uno de los soldados más comprometidos de la Patria.
A quien Fidel le decía “Ramirito” entró por la posta 3 aquella madrugada de la Santa Ana en julio de 1953, siendo el único de los que lo hicieron que salió vivo de aquel selecto grupo. Hablaba casi en susurros, decía poco y directo, pero con la palabra descarnada de quien no tiene miedo y la vista de águila del que es capaz de marcar el paso, sin arrepentimientos o medias visiones.
Rara vez hacía intervenciones en espacios públicos. Tuvo una labor obvamente anónima en el Ministerio del Interior y en la Seguridad del Estado. De aquella época, los primeros agentes infiltrados entre los banbidos de El Escambray no olviidan sus conversaciones; y sus colegas de la antigua República Democrática Alemana lo recordarían como un hombre interesado, casi hasta la obsesión, con las tecnologías que podrían completar el eficiente trabajo de una institución que sería orgullo nacional y pavor de nuestros enemigos.
Fue un hombre del Che, así lo evocamos ahora; no por gusto estuvo a cargo de traer sus restos de vuelta a Cuba en 1997. Su saludo y la proclamación ante Fidel de haber cumplido la que quizás haya sido su misión más emotiva, lo colocó en la vista de todos. Allí, junto al Guerrillero Heroico y sus compañeros del Frente de Las Villas, escogió el reposo eterno.
Pero este artemiseño llegó a la lucha antes que el Ciudadano del Mundo, con muchos de sus coterráneos, cuando los días de preparación del Asalto al Moncada revolcaron la vida de una generación completa y de otras tantas, por venir entonces a este planeta.
A Ramiro lo vimos vencer con su autoridad moral a los burócratas de siempre, a los del “no se puede”. Como en aquella ocasión en que zanjó una discusión ante quienes interponían pretextos a la osada idea de un empresario tunero, con su contundente “Eso es lo que hay que hacer”.
Alrededor de su vida se tejió una especie de halo que rayaba en la leyenda: que si cerraba calles para correr en las mañanas, a un paso que ponía en aprietos a sus escoltas… que si lo hacía siendo ya mayor, cuando la gente piensa que es hora de sentarse en los parques a leer el periódico… que cuando venía a Las Tunas no por gusto sorprendía su andar rápido, su agilidad, su apretón de manos mirando a los ojos, de frente.
Su partida física marca, no el fin de una época, pero sí la urgencia de un tiempo arrebolado y tremendo que ahora se transforma y, ojalá, lo haga sin renunciar a su raíz y el respeto a la sangre silenciosa que ha costado la obra común.
Esencias que encontramos, sin ser menos, en el rostro todavía joven y vestido de verde olivo, que sonríe en la foto que acompaña sus exequias este martes, en toda Cuba.
