Las Tunas.- Hay urbes que se atraviesan de prisa; Las Tunas, en cambio, se paladea con la paciencia de un coleccionista. Esta capital oriental -Balcón del Oriente Cubano- ha convertido sus calles en una galería viva donde la escultura monumental dialoga con el viandante a cada vuelta.
La impronta de Rita Longa Aróstegui, que consideró a esta ciudad su segundo hogar e impulsó el emplazamiento de más de un centenar de piezas en espacios públicos, le valió el merecido título de Capital de la Escultura Cubana. Obras como la Fuente de las Antillas o el busto de José Martí en la Plaza Martiana no son meros adornos; son hitos que organizan el alma del tunero y convierten el simple acto de caminar en un recorrido museográfico.
Pero si las piezas de hierro, bronce y mármol son las joyas exhibidas, el marco que las contiene -el centro histórico de la urbe- debería ser igualmente digno de atesorarse. Pasear por su entramado revela un muestrario ecléctico donde las fachadas neoclásicas abrazan molduras de influencia morisca, y donde casonas de principios del siglo XX aún exhiben balcones de hierro forjado que parecen encajes.
Esa diversidad arquitectónica, sin embargo, se enfrenta hoy a una amenaza silenciosa pero persistente: el descuido y la mano inescrupulosa. Más allá de las cifras, lo que duele es constatar cómo la humedad devora cornisas centenarias, cómo se sustituyen valiosas carpinterías de madera por marcos de aluminio que desvirtúan la fisonomía original, y cómo algunas “restauraciones” improvisadas terminan borrando, en lugar de rescatar, la esencia de nuestros inmuebles patrimoniales. No se trata solo de grietas en los muros, sino de heridas en la memoria colectiva.
Pero el deterioro no se limita a los muros agrietados o a las pinturas descascaradas. La contaminación visual, la sustitución de tejas criollas por cubiertas metálicas y el uso de materiales modernos incompatibles con la textura original desdibujan el perfil urbano con una sutileza aún más traicionera. A ello se suma la paulatina desaparición de los oficios tradicionales -maestros de cal y canto, forjadores de hierro, carpinteros de taller-, cuya sabiduría es tan patrimonial como las propias fachadas que construyeron. Restaurar, en ese contexto, se convierte en un desafío doble: rescatar el objeto y preservar, al mismo tiempo, el conocimiento vivo que lo hizo posible. Sin estos saberes, cualquier intervención corre el riesgo de ser un remedo moderno que le arranca a la ciudad su autenticidad.
Hace falta que el tunero de a pie asuma su ciudad como un legado personal, que el adolescente descubra en las molduras de su barrio las historias no contadas de sus bisabuelos, y que el vecino denuncie, sin miedo, cualquier intervención que desvirtúe la esencia original. Educar la mirada, inculcar el orgullo por lo propio y tejer alianzas entre la comunidad y los especialistas son pasos impostergables para que el rescate no sea una excepción, sino la regla. Guardar la memoria no es un acto pasivo; es una militancia cotidiana contra la indiferencia.
El propio inmueble que ocupa el museo provincial Mayor General Vicente García González, con su imponente porte señorial, es una pieza central de este acervo, y junto a las iglesias, parques y antiguas tiendas que lo rodean, conforma un paisaje citadino que clama por una protección más efectiva y pública. Cuidar sus fachadas y respetar sus texturas no es un gesto de nostalgia, también un ejercicio de rebeldía contra el olvido. Una ciudad que exhibe con orgullo su memoria no es solo un punto en el mapa; es un museo expuesto al aire libre donde el pasado se ofrece generoso al futuro, siempre que decidamos protegerlo con la misma pasión con que lo atesoramos.