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Cada 15 de Septiembre es el Día de la Enfermería Neonatal, una ocasión para reconocer y agradecer a quienes cuidan la vida en su estado más frágil, y la sostienen desde su primer aliento. Precisión técnica y alta sensibilidad, ahí está su arsenal más preciado

Las Tunas.- Hay quienes creen que los recién nacidos no se comunican. Norge González Peña, enfermero neonatólogo del Hospital General Doctor Ernesto Guevara, de Las Tunas, sabe que no es cierto. Lleva 31 años descifrando el lenguaje de los más pequeños, ese que no se dice con palabras, sino con gestos, con llantos que anuncian hambre o dolor, con miradas que piden calma. Y lo ha hecho no solo en Cuba, sino también en Mozambique, donde la muerte era una visita diaria y la vida había que defenderla con uñas y dientes desde el primer minuto.

Norge no tiene enfermeros en su familia. No había un legado que seguir ni una tradición que honrar. Solo una convicción que nació muy temprano: quería cuidar, quería estar cerca de quienes más necesitan. Se graduó como enfermero general y, por casualidad o destino, llegó a la Neonatología.

"Cuando me gradué, Alicia Rodríguez era la jefa de enfermeras y nos pidió que nos quedáramos aquí, porque siempre las mujeres tenían que salir por licencia materna", recuerda. Aquella necesidad del servicio se convirtió en su vocación. Y ahí sigue, 31 años después, sin haber querido moverse a otro lugar.

Lidiar con bebés tan pequeños resultó un proceso paulatino. "Al principio era difícil, me costó mucho", confiesa. Pero con el tiempo, aprendió a leer lo que los ojos y el llanto cuentan. "El llanto del dolor no es igual que cuando tienen hambre. Ya usted va conociendo", explica. Esa capacidad de escuchar el silencio es lo que distingue a un gran enfermero neonatólogo de uno común, y Norge la ha perfeccionado a fuerza de días y noches junto a incubadoras.

Uno de los momentos que más lo marcó fue cuando un bebé con una malformación en la lengua tuvo que ser intervenido por una especialista de Matanzas. Le colocaron un botón, un pequeño dispositivo para mantener la lengua en su lugar, algo que nunca habían visto en Las Tunas. El niño sobrevivió y hoy, de vez en cuando, el papá se encuentra a Norge por los pasillos y le dice que su niño está bien. "Eso es lo que más me gusta", dice con una sonrisa, "ver que los niños logran salir adelante".

Pero no todo es alegría. Lo más difícil, admite, es cuando la lucha se pierde. "Cuando uno lucha con un bebé así mucho tiempo y ya, por desgracia, no lo logra... Enfrentarse a la madre y darle la noticia..., eso es horrible", confiesa con la voz entrecortada. Porque en la Neonatología no solo se cuida a los pequeños, también se abraza el dolor de las familias. Norge ha visto madres desesperadas, padres que se convierten en el único sostén mientras la madre está en otra sala operada, y ha aprendido que el cariño y el acompañamiento son tan importantes como cualquier medicamento.

Lo que más orgulloso lo hace sentir, sin embargo, es su habilidad para colocar vías a los bebés. "Canalizarles las venas a los niños y otros procederes a veces es más fácil que en un niño de 4 o 5 años, porque estos no se resisten", explica con modestia. Pero quienes conocen el oficio saben que poner una vía en un brazo que apenas cabe en la palma de la mano es casi una obra de arte, una destreza que solo se alcanza con años de práctica y una paciencia infinita.

Norge ha cumplido misión internacionalista en Mozambique, en la ciudad de Matola, a 20 minutos de la capital. Allí trabajó durante tres años en un hospital provincial, y el contraste con Cuba era brutal.

"En el mes a veces eran 30, 40 fallecidos, que aquí en un año no llegan ni a 20", recuerda. Vio a madres que, agotadas, se dormían encima de sus hijos y los asfixiaban sin querer. Vio a niños que estaban bien y al día siguiente ya no estaban. Esa experiencia, dura y transformadora, le enseñó a valorar aún más lo que tienen en Las Tunas: un servicio que prioriza al recién nacido, que provee los insumos necesarios y que protege a su personal.

Hoy Norge tiene tres hijos y tres nietos. Dos de ellos, su hijo menor y una nieta, han estado hospitalizados en el propio servicio donde él trabaja. Y aunque suene contradictorio, eso lo ha hecho más humano. Porque entiende lo que siente una familia cuando deja a su bebé en manos de desconocidos. Sabe que la desesperación puede nublar el juicio, y por eso insiste en dejar pasar a los padres, en explicarles, en darles seguridad. "Nosotros dejamos que pasen los padres, que a veces nada más es la madre, pero cuando el niño está crítico y la madre se encuentra malita también, el padre pasa", afirma con convicción.

Con más de tres décadas de experiencia, Norge González Peña es uno de los pocos enfermeros neonatólogos varones en la provincia. No le importa ser minoría; le importa que cada bebé que llega tenga una oportunidad. Sabe que el servicio lo prioriza con recursos, que las jeringuillas y los medicamentos no faltan, que el hospital protege a la Neonatología como lo que es: una de las áreas más sensibles del sistema de Salud.

Y cuando se le pregunta qué mensaje dejaría, Norge no busca palabras grandilocuentes. Prefiere el ejemplo de su propia vida: 31 años de dedicación, innumerables vidas salvadas y algunas perdidas que todavía duelen. Porque en el fondo, los enfermeros como él son testigos de la fragilidad y la fortaleza humanas, y cada día eligen quedarse, elegir la ternura como herramienta de trabajo y el silencio como lenguaje.

Al cierre de esta entrevista, Norge mira hacia el cubículo donde descansan pequeñuelos con muy poco peso corporal. "Aquí siempre se va a trabajar y hacer todo por esos bebés hasta el final", dice. Y en esa frase, tan simple y tan profunda, está la esencia de un hombre que encontró su lugar en el mundo entre incubadoras y latidos diminutos, demostrando que la grandeza no se mide en tamaño, sino en la capacidad de cuidar lo más pequeño con el corazón más grande.