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climaterio

Hoy, 18 de octubre, se conmemora el Día Mundial de la Menopausia, una fecha establecida por la Sociedad Internacional de la Menopausia y la Organización Mundial de la Salud para visibilizar una etapa que atraviesa la mitad de la población femenina del planeta

Las Tunas.- Iris tiene 50 años y hace dos que aprendió a reconocer las señales. “Me empezó a los 48. Estuve ocho meses sin menstruar, luego dos con sangrado abundante y desde junio hasta ahora llevo una nueva pausa”, cuenta con la naturalidad de quien ha hecho las paces con su cuerpo.

No lo vive como enfermedad. Lo vive como transición. Pero confiesa que el sueño se le fragmentó, que aparecen episodios de fatiga que duran 10 minutos y se van solos, y que hay oleadas de calor en el rostro que nada tienen que ver con la presión arterial.

En la Cuba de hoy, esa conversación todavía se susurra más de lo que se dice en voz alta.

Hoy, 18 de octubre, se conmemora el Día Mundial de la Menopausia, una fecha establecida por la Sociedad Internacional de la Menopausia y la Organización Mundial de la Salud para visibilizar una etapa que atraviesa la mitad de la población femenina del planeta.

En Las Tunas, como en toda Cuba, el rostro de la mujer de edad mediana es protagonista. Las estadísticas demográficas lo confirman: a partir de los 44-45 años, la presencia femenina se vuelve mayoritaria, y el mayor número de mujeres se concentra precisamente en el rango de 45 a 60 años, el período que coincide con el climaterio.

La menopausia no es una enfermedad. Es un proceso fisiológico normal, una transición hormonal que se prolonga por años. Pero en Las Tunas, esa transición tiene un matiz que no aparece en los libros.

Iris lo dice sin dramatizar: “Cuando hay apagón, el calor se vuelve insoportable. No es lo mismo un sofoco a las 3:00 de la tarde con ventilador que un sofoco a las 9:00 de la noche, a oscuras, con la casa convertida en un horno”.

Los sofocos -esas oleadas de calor que suben por el pecho y explotan en el rostro- se multiplican cuando no hay corriente de aire. El insomnio se agrava cuando la noche se pasa en vela, no solo por las hormonas, sino por el calor que no da tregua. La irritabilidad encuentra terreno fértil en la falta de sueño, en la incomodidad, en la incertidumbre.

Iris lo ha vivido: “Hay días en que no sé si estoy irritable por la menopausia o porque llevo tres noches sin dormir bien por el calor. Al final, todo se mezcla”.

Y es que en una provincia donde los apagones son parte del paisaje cotidiano, el cuerpo de la mujer de edad mediana lleva una doble carga. La biología le exige adaptarse a una nueva química interna. El entorno le exige, además, resistir sin ventilador, sin aire, sin tregua.

La fatiga que Iris describe -esos 10 minutos que la obligan a sentarse- se potencia cuando el descanso nocturno no llega. La falta de sueño crónica, sumada a los cambios hormonales, puede intensificar síntomas como la niebla mental, la falta de concentración, la sensación de estar “apagada”.

No es que la menopausia empeore con los apagones. Es que el contexto la hace más difícil de sobrellevar.

Pero hay algo que ninguna pastilla resuelve: la conversación. Y en Las Tunas, esa conversación sigue siendo escasa.

Falta información. Falta que se hable de la menopausia en las consultas, en las casas, en los medios, en las escuelas. Falta que la mujer de 48 años sepa que lo que le pasa tiene nombre, que no está sola, que no se está volviendo loca.

Iris lo agradece cuando alguien la escucha. Cuando su pareja le pregunta cómo se siente. Cuando una amiga le dice que a ella también le pasa. “Saber que no soy la única me calma más que cualquier remedio”, confiesa.

Esa es la clave: acompañamiento. Que la mujer sepa que hay otras como ella. Que puede hablar sin vergüenza. Que puede pedir ayuda sin sentirse exagerada. Que la menopausia no es un tema de viejas, sino de mujeres vivas, activas, trabajadoras, madres, esposas, jefas, amigas.

En Las Tunas, donde las mujeres sostienen familias, trabajos y comunidades, hablar de menopausia es hablar de salud pública. Es hablar de respeto. Es hablar, sencillamente, de la vida tal como es.

Porque el calor que no se ve -el de los sofocos, el de las emociones encontradas, el de las noches sin dormir- también merece ser nombrado.

Y en una ciudad que se apaga a diario, ese calor se siente el doble. Pero también se lleva mejor cuando alguien lo comparte.

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