
Las Tunas.- A las 6:00 de la tarde, cuando el barrio comienza a oler a comida y las ventanas se encienden una detrás de otra, hay personas que descubren que el día termina sin que nadie les haya preguntado cómo están.
No ocurre nada extraordinario. El vecino pone música, una niña grita desde el balcón, alguien discute por teléfono y una moto pasa haciendo más ruido del necesario. La vida sigue con esa obstinación suya de no detenerse por nadie.
En un apartamento, una mujer guarda los platos que acaba de lavar. Después limpia la mesa, acomoda una silla y mira el teléfono. No espera una noticia importante, tampoco tiene una urgencia que justifique su inquietud. Hace rato que no habla con nadie y, aunque podría llamar, no sabe muy bien a quién.
El teléfono permanece en silencio. La escena tiene algo de absurdo. Vivimos rodeados de medios para comunicarnos y, sin embargo, hay momentos en que una persona puede sentirse tan lejos de los demás como si habitara una isla dentro de otra. La distancia no siempre se mide en kilómetros, a veces es suficiente con que nadie se interese por lo que uno tiene que decir.
Hace unas horas, Naciones Unidas compartió una imagen de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que pregunta si nos sentimos aislados, si pasamos demasiado tiempo solos, si quisiéramos tener más oportunidades de interacción social. Una mujer sostiene un teléfono y parece mirar hacia un lugar que no aparece en el dibujo. La ilustración es sencilla, pero tiene la capacidad de incomodar.
La soledad no siempre se presenta con el aspecto que esperamos. No necesita una habitación vacía ni una persona abandonada. Puede vivir en una casa donde todos tienen algo que hacer y en una conversación que termina justo cuando alguien comienza a hablar de lo que realmente le sucede.
Hay personas que aprenden a convivir con esa ausencia. Se levantan, cumplen sus obligaciones, hacen las compras, resuelven problemas y regresan a casa. Si alguien les pregunta cómo están, responden lo mismo que todos hemos respondido alguna vez: “Bien”.
La palabra sirve para cerrar conversaciones y también para esconderse.
En este mundo frenético y en especial la situación actual de este Archipiélago nuestro, que nos ahoga por todos lados, la vida suele exigir más de lo que devuelve, el cansancio puede convertirse en una forma de aislamiento. A veces no queda energía para escuchar ni para explicar. La preocupación ocupa tanto espacio que termina desplazando cualquier intento de acercamiento. Cada cual se encierra en sus asuntos y, sin proponérselo, comienza a desaparecer de la vida de los otros.
No hace falta que nadie se marche para que alguien se quede solo. La soledad tiene también sus pequeñas ceremonias. Una persona prepara café para dos y recuerda, demasiado tarde, que hace tiempo desayuna sin compañía. Otra abre el teléfono y recorre las conversaciones antiguas, como quien vuelve a una casa donde todavía quedan muebles, pero ya no vive nadie. Alguien escucha una nota de voz varias veces porque necesita prolongar la sensación de que alguien le habla. Son gestos mínimos y casi nadie los cuenta o ni los nota, muchas veces es impulso o inercia del propio ser.
La OMS estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad. El dato revela la dimensión de un problema que durante mucho tiempo se consideró un asunto privado, una debilidad que cada cual debía resolver a puertas cerradas. Hoy sabemos que puede afectar la salud física y mental, y aumentar el riesgo de muerte prematura.
Pero las cifras tienen una limitación. No pueden explicar el instante en que alguien decide dejar de llamar porque cree que molesta. No registran los factores que llevaron al aislamiento voluntario o involuntario.
Quizás por eso la pregunta de la OMS merece algo más que una reacción en las redes. Nos obliga a mirar hacia un lugar que solemos evitar. La vida de quienes están cerca y, aun así, permanecen fuera de nuestra atención.
A veces creemos que acompañar consiste en resolver. Buscamos una explicación, ofrecemos un consejo, intentamos convencer al otro de que no tiene motivos para sentirse mal. Queremos devolverlo cuanto antes a esa normalidad que tanto nos tranquiliza. Pero es que hay dolores que no necesitan una solución inmediata. Necesitan como mínimo espacio.
Exige abandonar por un momento nuestras propias urgencias y aceptar que alguien tenga una experiencia distinta de la nuestra. Exige no apresurarse a comparar, a corregir, a decir que todo podría ser peor.
La mujer de la imagen sigue con el teléfono en la mano. No sabemos si está esperando una llamada o si simplemente busca una manera de salir de su silencio. La ilustración no ofrece una respuesta, tampoco tiene por qué hacerlo. Lo importante ocurre fuera de ella, en quienes miramos.
La soledad de una persona también habla de la comunidad que la rodea. De las relaciones que construimos, del tiempo que concedemos a los demás y de la facilidad con que dejamos de advertir a quienes ya no reclaman nuestra atención.
Tal vez la mujer de la imagen no necesite que alguien le diga que todo estará bien o en su cabeza solo quiere que, al otro lado del teléfono, alguien tenga tiempo para ella.
Hay una diferencia enorme entre contestar una llamada y recibir a una persona. La primera acción puede durar unos segundos. La segunda exige mucho más
Y es posible que de eso se trate, al final, de recuperar la capacidad de advertir cuándo alguien empieza a desaparecer delante de nosotros.
La mujer guarda el teléfono. La tarde termina. En el apartamento de al lado, alguien ya cerró la puerta.
El barrio continúa con su ruido o el silencio de siempre. Solo que ahora sabemos que, entre todas esas voces, puede haber una que lleve demasiado tiempo sintiéndose sola.