Yo me tenía que conformar con los cuentos que me hacían al llegar del trabajo, las pataditas de medianoche y pasarme dos o tres horas hablándole a una barriga porque decían que después reconocería mi voz.
Mamá tiene hormonas, instintos desarrollados en milenios de evolución, que le permiten comunicarse con él desde las primeras horas. Y por supuesto, ella es la única habilitada biológicamente con mamas: alimento, medicina y tranquilizante en las madrugadas. Papá tiene cuerpo de hombre, que no es aerodinámico y posee una compulsión genética a ser torpe cargando bebés.
Tuve que aprender a fuerza de perretas y sin manual de uso, cayendo en centenares de estereotipos y lugares comunes de papá primerizo como, por ejemplo, gastarse una hora para armar pañales y que luego no cumplan su función.
Pronto descubrí que la sociedad también nos ha dado un papel de telonero. En las consultas iniciales, mientras los doctores revisan a la embarazada de punta a cabo, al esposo le orientan análisis de sangre para detectar enfermedades de transmisión sexual, y nadie lo interroga para saber si está estresado o le duele algo y tampoco le dan dieta.
Cuando llega la hora de armar la canastilla, la cuna y las miles de cosas que la tradición exige comprar para el niño en camino, a papá no le preguntan si le gusta aquella toalla verde o azul o si el mosquitero es de copa o cuadrado.
Luego viene el proceso del parto. En muy pocos lugares lo dejan que acompañe a la mujer en el salón, él queda relegado a ser un simple espectador y en algunos casos, transportador de comida hacia el hospital, porque la familia cubana cree firmemente que la salud entra por la boca.
Entonces vivirá el momento de presentar a la criatura, y no falta el socarrón que dice: "Te salvaste, menos mal que se parece a su madre". Y ahí a papá enseguida se le suben los colores.
En Cuba desde hace algunos años existe la posibilidad de acceder a la licencia de paternidad, pero apenas unos 200 hombres han optado por esta opción. La mayoría alega causas económicas o la necesidad de priorizar la lactancia, pero nadie oculta un poco de machismo. ¡Qué nos haríamos los cubanos en países como Suecia, donde es obligatorio que el padre por ese concepto pase al menos tres meses con sus hijos!
Y ni hablar de las consultas de seguimiento. Personalmente he visto cómo algunos papás responsables se han aparecido en el consultorio médico con sus retoños y han tenido que regresar a buscar a mamá, "por indicación de la doctora".
La famosa doble jornada de la mujer un año después del parto, él la comienza desde el principio del principio. Madrugadas largas de guardia frente a la cuna, y luego ir al trabajo y "gestionar" (esto, por supuesto, es un eufemismo) la malanga, el plátano y todos los ingredientes de la papilla o puré.
Cuando al final del día llega cansado al hogar, alucinando con disfrutar al crío, este se ha dormido o no quiere saber de ese hombre extraño que lo aleja de mamita. Por eso papá tiene que malcriar un poco a su hijo y acostumbrarlo a dormirlo en el balance o paseando por la casa, para hacerse imprescindible en tales menesteres.
A veces hay madres condescendientes que enseñan a sus bebés a decir primero "papá", pero la alegría dura poco cuando se descubre que utilizan esa palabra para designar todo lo que ven o tocan, reforzando cierto injusto refrán sobre nosotros.
Esa desventaja crece con los años. Nos toca ser el malo de la película cuando hay que regañar o dar respuesta negativa, aun cuando la que se opone es quien lo trajo al mundo, pero ella debe mantener su imagen de cariñosa y comprensiva.
No voy a hablar de que el Día de los Padres hay menos postales y flores a la venta o que en la escuela, adonde primero llaman si pasa algo, es al trabajo de mamá; o que en la oficina todos entienden que ellas deben salir temprano para recoger a sus hijos, pero ponen caras largas si el permiso lo pide papá. No voy a quejarme, si a fin de cuentas, ser padre es también, demostrar cada día, no ser un cualquiera.


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