Martes, 26 Septiembre 2017 07:20

Viejo "ruido" en Nuevo Mundo

Escrito por Pastor Batista Váldes
Viejo "ruido" en Nuevo Mundo Foto: Rey López

Las Tunas.- "¿Sí, señor?" -preguntó rápidamente el joven que atendía nuestra mesa.

Es curioso -pensé-, aquí nunca me habían tratado así; debe ser porque siempre me vieron más cara de compañero que de señor, pero en fin...
"Disculpa -le dije en voz baja, tratando de concentrar en mis palabras toda la sinceridad posible.: Yo sé que tú no eres el que porcionas la carne, ni quien sirves el plato, pero dime de verdad, si estuvieras sentado en un restaurante de otra provincia y te trajeran esta ración de carnero, ¿no la notarías pequeña? ¿No te parecería bien por debajo del gramaje que debe tener? ¿No te daría la impresión de que te están engañando como consumidor?".
Tal vez, de buena gana o por "fidelidad ética", el muchacho hubiera respondido que no, que aquel plato le parecía correcto, aunque, fijando aún más la mirada en las dos pequeñísimas muestras de carne (más hueso y cartílago que otra cosa) terminó moviendo la cabeza en gesto afirmativo y concediéndome la razón.
-¿Pudieras buscarme, un instante, al administrador?
-No está, señor; quien se encuentra es el segundo.
-Muy bien, dile entonces al segundo que, si puede, venga un momento hasta aquí.
Cauteloso, apareció entonces un hombre delgado, más bien alto, a quien, luego de presentarme, le transmití mi preocupación del modo más natural y respetuoso, no sin reiterarle que nunca antes, en visitas a ese restaurante (Nuevo Mundo) me había sucedido algo parecido y que, por el contrario, allí siempre había sido objeto de buen servicio, en sentido general.
El directivo permaneció unos segundos observando la muestra y, quizás tratando de organizar del mejor modo lo que diría, concluyó:
"Es posible que tenga usted razón, revisaré el asunto y le daré respuesta".
En silencio, desde la caja, una empleada permanecía atenta a lo que sucedía en la mesa, del mismo modo que el joven a cargo de nuestro servicio, a quien volví a llamar para preguntarle si, por favor, podría ponernos agua en los vasos.
Mi entrañable amigo Rafaelle Testagrossa no abrió su boca más que para apurar, en apenada calma, su también reducida porción proteica.
"Todo está bien, no hay por qué preocuparse", le comenté en un intento por aliviar un poco la vergüenza que, seguro estoy, lo inquietaba por dentro, quién sabe si hasta sintiéndose culpable de aquel percance, por haberme invitado "a comer algo en Nuevo Mundo y, de paso, a conversar unos minutos".
Muy a propósito de la carne escogida, una botella de vino tinto se estiró todo cuanto pudo, a la espera de una explicación o respuesta que nunca llegó.
Vamos -dije, por fin; en términos de cocina hay cosas que no se adoban bien con cualquier explicación.
Ojalá el silencio haya sido expresión de vergüenza y ambos la vía para que, a partir de ahí, el que pica, quien pesa, el que sirve y quien debe controlar todo eso, hagan lo correcto... o lo que es igual, hacer sentir al cliente como lo merece: respetado, seguro, y a gusto.

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