Jueves, 20 Diciembre 2018 06:32

Ser maestra, un pacto de amor y compromiso

Escrito por Elena Diego Parra
Ser maestra, un pacto de amor y compromiso Foto: De la autora

Las Tunas.- A María Eugenia la encontré por azar. Me hablaron hace algún tiempo de su trabajo con niños discapacitados y de la magia con que logra inculcarles nuevos saberes, aun cuando la vida se ha ensañado fuerte con muchos de ellos. Tiene una mirada limpia, infalible, pero a la vez muy amable y más de 25 almanaques aferrada al magisterio.

Cada día sale a la calle, libros en mano, desafiando el tiempo, el desamor y la indolencia. Es, con gran orgullo, maestra ambulante. No le molesta el polvo de los caminos, ni el sol, ni el calor de las travesías. Sus horas transcurren en cualquier escondrijo tunero donde haya un pequeño que precise el concurso de sus esfuerzos.

Me contó de su primera experiencia en las escuelas de Arroyo Muerto y Providencia 4, en el municipio de Majibacoa. Allí la enviaron a cumplir el Servicio Social, pero se quedó más tiempo, unos 10 años, y debía recorrer numerosos kilómetros en cada jornada para llegar desde Molinet, poblado ubicado en la carretera de Puerto Padre, donde vivía. Era muy joven entonces y no sentía la fatiga del viaje, además, allí la necesitaban.

Recuerda con gran cariño a esos que fueron sus primeros retoños y recita de memoria el nombre de varios de ellos, porque en su corazón hay espacio de sobra.

"Tenía alumnos de diversas partes, porque la población de Majibacoa se conformó con técnicos y especialistas que trajeron de disímiles lugares del país para atender el central. Fue una etapa muy compleja -confiesa-, tuve mi primer hijo y comenzó el Período Especial y con él las carencias. El transporte, el salario, la comida, todo se hizo más difícil y muchos maestros abandonaron la profesión en busca de mejor economía".

Al preguntarle por qué entre jugosos ingresos y la vocación escogió quedarse con la vocación, me respondió que no hubiera podido hacer otra cosa, porque enseñar era lo que sabía hacer bien. Sin embargo, detrás de sus palabras descubro una pasión desbordada y el ansia por esparcir la semilla del conocimiento, para poder ver cómo crece ante sus pupilas.

Por motivos de fuerza mayor, el nacimiento de sus gemelos, María Eugenia estuvo ocho años apartada de su trabajo. "Como vivía en el campo no tuve acceso al círculo infantil y no logré regresar a las aulas hasta que los niños empezaron la primaria. Cuando me reincorporo lo hago en mi pueblo como promotora del Programa Educa a tu Hijo, mediante el cual conocí y visité a varios infantes con necesidades educativas especiales.

"Pude apreciar las carencias emocionales que muchos tenían al ser parte de familias campesinas con una instrucción mínima, que no disponían de las herramientas y habilidades para brindarles la atención que por sus características requerían. Eso me motivó a integrar la Enseñanza Especial y cuando me mudo para Las Tunas comienzo en la escuela José Martí, ubicada entonces en el Sendero y dedicada a ese universo.

"En la 'José Martí' la mayoría de los niños eran de zonas rurales, muy humildes y con una situación compleja en el hogar. Trataba de ayudarlos en todo, con mi familia recogía ropas y se las regalaba. Los viernes me llevaba sus pañoletas y el lunes se las colocaba lavadas y planchadas para que pudieran lucir bien su atributo pioneril. El centro era de régimen interno, por lo que realizaba guardias y en ocasiones hice de cuidadora en los albergues porque faltaba personal. Cuando correspondía el pase los llevábamos a sus casas y luego los recogíamos, una responsabilidad muy grande".

Esta tunera ha conocido de cerca cuantiosas historias personales, unas alegres y otras  desgarradoras, por eso agradece que la Revolución le haya permitido soñar en grande y convertirse en la maestra de muchos pequeños, a los que ha podido enseñar, a golpe de sabiduría y conocimientos, a defenderse ante la vida. Ella cree en el destino y como no hay segundas oportunidades siguió en busca de algo más altruista aún.

"Yo tenía una compañera que trabajaba como maestra ambulante y siempre me contaba de su quehacer. Me inquietó tanto que pedí hacerlo, aceptaron mi solicitud y desde hace cinco años estoy en la escuela Luis Augusto Turcios Lima desempeñando esa labor. Atendemos a niños discapacitados, con limitaciones físico-motoras o que por padecer alguna enfermedad no pueden asistir al aula.

"Mi primer alumno vivía en La Jibarera, un lugar súper lejos, al que llegaba lo mismo en bicicleta, carretón o en lo que pudiera, no pocas veces caminando, pero guardo muy buenos recuerdos de él y su familia. Actualmente tengo tres estudiantes a los que veo tres veces por semana, uno en El Cornito, otro en el reparto Aguilera y el tercero en Las Margaritas. Los padres y demás parientes sufren por las limitaciones de sus pequeños y el maestro para ellos es amigo, consejero, terapeuta y se convierte en un miembro del hogar".

Ella les da clases, los acompaña a las consultas, participa en los cumpleaños y despliega, de conjunto con los padres y la institución, una estrategia para que se sientan parte de la escuela. "Requieren bastante esfuerzo, porque tienen limitaciones diferentes y no reaccionan de manera positiva a los mismos métodos, pero son muy agradecidos. Me abrazan, besan, me dicen maestra te amo. Son mi motor impulsor, lo mucho o poco que logro enseñarles me satisface y constituye motivo de gran alegría y esperanza para esa familia".

María, como algunos la llaman, es un libro con un millón de anécdotas. Aunque en estas páginas no cabrían todas, nos dejó unas cuantas enseñanzas de amor, dedicación y perseverancia. Las horas se nos fueron conversando y mientras escribía entendí su agradecimiento. Es una mujer feliz, que siguió su vocación y se levanta todos los días con la férrea voluntad de honrar el compromiso que pactó, cuando recibió su título de maestra.

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