Ellos tampoco olvidan. Cada alumno es una semilla en sus huertos, tal como si sembraran estrellas. Maestro, profesor... palabras enormes que cada vez exigen más, como el tiempo. Amores y evangelios vivos para los cuales un diciembre no alcanza, si vamos a juntillas a rendirle honores, compensar desvelos y mitigar la fatiga de ese andar cotidiano por el reino del saber.
Quizás decidimos apretar en un beso y encerrar entre las cintas de un regalo el agradecimiento, con memoria infinita, a ese paciente arte con que moldean, educan, ayudan, levantan, empujan, sostienen y dibujan los caminos futuros, sin medir los sudores o las veces que se ahoga la voz en la garganta.
Enseñar... un diamante en sí mismo. Educadores... seres imprescindibles al margen de un curso académico, la hora del reloj o los meses de un almanaque. ¡Qué decir, entonces, el 22 de Diciembre!, la jornada del homenaje mayor, del aplauso que arrancan del alma y dejan ahí, como perlas, para cada minuto por venir.
No sé exactamente ahora conjugar los verbos o buscar adjetivos. Tal vez sea mejor acercarnos al portón de cada escuela, instituto, secundaria básica, preuniversitario o universidad y observarlos venir, unas veces de prisa, otras con pasos lentos, dispuestos siempre... porque justo en ese instante, comienza su lucha por la vida, por nosotros. No importa cuán jóvenes o adultos sean.
A él o a ella, a esos amigos de palabras sabias, con tizas, libretas, cuadernos y libros, con gestos de ternura o regaño, les debemos todo y aquí sí cuenta el tiempo... presente, pasado y futuro. Juntemos sus semillas de amor y andemos con ellos... no hay nada más esencial en este mundo que tener un maestro, un profesor... Gracias y, ¡feliz día!






















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