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teletrabajo

Las Tunas.- Convencido de que usted, como yo, prefiere ponerle al mal tiempo buena cara, lo invito a dedicarle una miradita a un hecho demostrativo de que la Covid-19 no cree en esa milenaria práctica discriminatoria denominada machismo. Si acepta la propuesta, pensemos en una familia integrada por niños en edad escolar y sus padres, ambos con vínculo laboral durante ocho horas diariamente.

Cuando cada mañana, el reloj despertador, la alarma telefónica o el canto de los gallos les hala la sábana, la madre, presurosa, se levanta, los anima y los ayuda a cumplir con sus obligaciones personales; elabora el desayuno, lo sirve, friega la vajilla, pone en orden el hogar y solo entonces se prepara para enfrentarse a su jornada fuera de casa.

Casi siempre el esposo sale antes que su compañera, porque…: “Hoy tengo una tarea muy fuerte, varias cosas importantes por hacer”. ¿Sabrá él con qué desafíos ella tendrá que lidiar? Frecuentemente, el marido es el último en regresar. Quizás llegue de noche. ¿Y qué?: “¡El hombre es de la calle!”. No importa si el retraso fue motivado por el cúmulo de pendientes, un resbalón con botellas o algún desliz amoroso.

Una vez puertas adentro, cada quien a lo suyo; pero la esposa madre los atiende a todos. ¿Y qué?: “¡La mujer es de la casa!”. Viene un día tras otro y se repite el mismo panorama. En eso, la señora Covid-19 asoma la corona y con su brutal fuerza rompe la rutina. Para atenuar los daños que está causando esa criminal intrusa, Cuba implementa el trabajo a distancia y el teletrabajo, modalidades de empleo amparadas por la Ley, las cuales ya agrupan a más de 400 mil personas.

Al mismo tiempo, el incremento de los enfermos y muertos por la pandemia, debido a la alta contagiosidad de las nuevas cepas del SARS-CoV-2, junto a otros factores, obliga a aislar comunidades y ciudades enteras, hecho que eleva aún más el número de personas que permanecen a toda hora en los hogares.

Piense usted que ya los niños de la citada familia no almuerzan en sus escuelas y tampoco los padres lo hacen en sus respectivos centros laborales; todos necesitan alimentarse, pero solo el hombre y la mujer pueden cocinar. Él también tiene la oficina en casa, y si, como suele ocurrir, papá solamente sabe freír huevos, hervir viandas y hacer café… ¡Ay, mamá! ¿Podrá ella con semejante carga? Seguramente sí, pero más si el amor ayuda.

Discúlpeme, usted, lector o lectora, pero termino aquí estas reflexiones, pues mi esposa está muy atareada en la confección de un informe solicitado por su empresa, mi hija me pide cambiarle el agua para seguir limpiando la sala, como le orienté, y el niño me llama porque ya tiene listo el arroz que le pedí limpiar. ¡Dios mío, ojalá el almuerzo no me quede tan desabrido como ayer!