Imprimir
Visto: 1411

Foto: Rey López

Las Tunas.- Tal vez Yoandra Sánchez Varona creía que en sus 18 años de trabajo en el sector educacional tunero lo había visto todo. Es de esas mujeres que imponen su autoridad desde la primera palabra; directa, determinada, locuaz.

Desde hace cinco años forma parte del claustro docente del centro mixto Simón Bolívar; llegó allí para fungir como profesora de Educación Cívica y ahora es la subdirectora docente.

Sin embargo, si de verdad creía que lo había visto todo, de seguro esa percepción cambió cuando llegó el 16 de marzo pasado y le tocó asumir labores, junto a los trabajadores de Salud, en el hospital de campaña en que se convirtió la escuela.

Asegura que la tarea, más que grande, ha sido inmensa; y que el poco tiempo que le dedica la familia es lo más duro de todo. Entonces, el orgullo se le escapa por entre la mirada húmeda cuando recuerda a su hija, de 11 años, que le ha visto varias veces llegar a la casa, exhausta y repleta de historias difíciles.

“Uno de esos días mi hija me dijo que cuando ella sea grande, quiere ser como yo. Y le puedo asegurar que esa es la mayor felicidad de la vida, que tus hijos estén orgullosos de ti, de la madre que eres, del sacrificio que haces todos los días”.

La escuchamos en silencio a sabiendas de que nada educa mejor que el buen ejemplo cotidiano. Ella también lo sabe y hasta su madre, postrada, pero viva gracias a la Salud Pública cubana, entiende y apoya sus ausencias constantes, las tantas veces que sale antes que el sol para llegar puntual al que es ahora su trabajo, y las otras muchas en que no regresa en las noches al calor del hogar, porque tiene guardia, y hay que permanecer allí, donde se es más útil.

La vida de Yoandra ha dado un giro, brutal. Ahora vela por los recursos que ha puesto la provincia en manos del hospital, está pendiente del traslado de la comida de los pacientes, ya sabe que el punto de sal es muy importante y claro, no es comida “de la casa”, pero tiene que estar lo mejor elaborada posible.

Tampoco puede pasar que las neveras estén vacías y mucho menos que se atrase el lavado de la ropa; las áreas verdes tienen que quedar impecables, hay que contar las piezas que van a la lavandería y estar pendientes porque siempre salgan y regresen del centro en las bolsas negras que garantizan mayor higiene.

Ha visto mucho en este tiempo terrible. Le ha pasado la muerte por delante más de una vez y le ha tocado, porque nada es perfecto, bajar la cabeza cuando las cosas no salen bien y la gente se queja en el Gobierno o en cualquier otro lugar.

“A una le da rabia, impotencia, porque las cosas no siempre dependen de mí o de una sola persona; pero hay que seguir, no se puede una sentir destruido con una crítica, porque es verdad que el pueblo merece lo mejor, sobre todo, los enfermos”.

También ha recibido abrazos, y miradas que llegaron vencidas se detienen en ella al salir, devueltas a la vida.

“Nunca me voy a olvidar de la guardia que me tocó el 13 de abril; un día que, ya te digo, nunca se me va a olvidar. Aquí no durmió nadie. Teníamos el caso de una mujer que estaba muy malita y había que lograr que se mantuviera estable hasta que llegara la ambulancia a buscarla.

“Los médicos andaban como locos, hicieron de todo, de todo; y lo lograron. Yo no recuerdo la cantidad de veces que entré a zona roja esa noche a llevarles las cosas que les estaban haciendo falta.

“De lo que teníamos en el centro no le faltó nada a la paciente, estábamos todos ayudando, buscando cosas, corriendo casi por los pasillos. Al fin llegó la ambulancia. Y en el momento en que se la llevaban, ella, que casi ni fuerzas tenía para hablar, se viró y nos dijo: 'Dios los bendiga'.

“Y ahí, en ese momento, es cuando tú de verdad entiendes la importancia del trabajo que estás haciendo, lo mucho que la gente necesita ayuda para enfrentar esta enfermedad, y ni cuenta te das de si es tarde o estás cansada”.

Yoandra nunca más será la misma después de una experiencia así; y tampoco puede mirar igual al que encuentra en la calle sin nasobuco o irrespetando el distanciamiento físico, sin ton ni son. Ha tenido amigos, compañeros de trabajo, en ese lugar, y el susto la acompaña cuando ellos llegan, irremediablemente.

Aunque, es justo decir, cada día es mayor su certeza de que está más cerca el fin de este tiempo terrible, que le ha curtido la vida como ninguna otra experiencia lo ha logrado, jamás.