En poco tiempo aprendió a colocar pañales, alimentar y bañar a la beba con las mismas habilidades que mamá. Una química especial abrazaba a padre e hija; con tan solo tomarla en brazos dejaba de llorar. Acostumbraba a cantarle en las noches y ella le reconocía de inmediato; ¡ah, su primera palabra fue papá!
Él disfrutó de sus pasos iniciales por la vida, y hasta jugó a las casitas tan solo para ver dibujada una sonrisa en el rostro de la pequeña. Hizo de maestro y en más de una ocasión se encogió de hombros con las preguntas que no supo responder.
Colocó la pañoleta a Yanelis y apretó sus manitas para transmitirle fuerza aquel primer día de escuela. Tiempo después la acompañó a recibir su diploma en la Fiesta de la Lectura. Ese año resultó la más destacada y él estaba ahí, al final de aula, rebosante de orgullo.
Siempre dispuesto a llenarla de mimos, pero no faltó el regaño oportuno al incumplir con los deberes u olvidar las tareas. No fueron pocas las veces que enjugó sus lágrimas y supo permanecer, en silencio, cuando sobraban las palabras.
Muchos calendarios transcurrieron desde el día de octubre que vio la carita de Yanelis; ya no es aquella niña a la que a apenas podía encontrarle un parecido, ahora es toda una mujer con una fisonomía semejante a la suya. Y aunque no pudo evitar la sorpresa al saber que ya tenía novio, resolvió entender la nueva situación y estar a su lado con oportunos consejos.
Dentro de muy poco, ella recibirá el título de ingeniera, siguiendo los pasos de su progenitor. Igual que siempre, Antonio estará ahí, esta vez no permanecerá al fondo del aula, sino en la primera fila con el orgullo y el amor que solo es capaz de sentir un padre.






















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