No importa haber llegado temprano a su casa en el barrio de San José, al este de la ciudad de Las Tunas. “Ya se fue para la estancia”, me dice su esposa. En el camino aparece Marino, el hijo mayor, quien sin dejar de atender a la yunta de bueyes evoca sus días en el Ejército Rebelde: “Aquella época fue dura, los soldados de Batista, los casquitos, eran de... ya tú sabes”.
Al final lo encuentro en el sembradío, azadón en mano y descalzo, pero la tierra parece amarlo, protegerlo, curarle las heridas del tiempo. Me pide que lo entreviste allí mismo. “No, no, ¡aquí, de pie!", dice cuando su nieta le ofrece un taburete para sentarse. Me reta desde la primera palabra llamándome todo el tiempo “comay”, ese modo cercano y un poco ya olvidado por los campesinos cubanos para dirigirse a las mujeres.
Cada hombre tiene una definición personal de Patria. ¿Qué es la Patria para Antonio?
“Mi Patria está donde yo pueda trabajar. Uno siempre tiene que querer la tierra donde nació. Mi primera Patria es Cuba y la otra es San José, que es donde me he sembrado en la vida. Pero quererla no alcanza, hay que hacer cosas por ella y cuidarla”.
¿Cómo recuerda la época antes de 1959?
“Yo vine para aquí desde antes del ciclón Flora (1963). En este sitio vivía gente buena y con posibilidades, pero otros vivían en pobreza. ¡Ay, comay!, y ni hablarte de los casquitos. Ellos mataban a todos los que se olían que estaban en la lucha revolucionaria y hasta por gusto. Aquí asesinaron a Mariano Verdecia y a unos cuantos”.
¿Usted y su familia participaron en la lucha revolucionaria?
“Mi hijo Marino fue combatiente del Ejército Rebelde y las muchachitas hacían banderas del (Movimiento) 26 de Julio, entregaban armas; recuerdo que una de ellas una vez se puso un vestido con la bandera de Cuba, lindísimo. Yo brindaba mi casa para que se escondieran los revolucionarios. Un primo de nosotros con otros más, por la noche recogían las armas, se quedaban bajo mi techo y salían por la madrugada bien tempranito. A mí sí que no me daba miedo ni los casquitos ni nadie, porque la gente en el barrio eran los que nos amparaban. Nos protegíamos unos a los otros.
“Pero mi mejor forma de luchar siempre ha sido trabajar, en aquella época y ahora, producir para mi familia y la comunidad. No todos tienen que coger un arma en las manos para querer y luchar por esta Revolución. Desde mis tierras y mi casa y en la educación a mis hijos, yo aportaba”.
Me cuentan que usted tenía un grupo musical...
Sonríe. “Bueno, eso ya es una historia vieja. Yo tenía con mis hermanos un grupito. Salíamos desde Sarandico a pie hasta Palmarito. Yo tocaba el tres, pero ya se me olvidó. Mira, había uno por allá que se llamaba Gabino y la novia lo había traicionado y estaba enamorada de uno de nosotros. Entonces, nos daban una botella de ron si le dedicábamos algo a Gabino. Le cantábamos: Pobre Gabino, no llores más, mira la novia se te corrió. ¡Y se formaba cada pleito, comay!
“A mí me gusta mucho la música campesina. Yo a veces me siento al lado del radio para escucharla. Mi nieta hace 10 años fundó el Guateque de Antonio, que es tradición aquí, para rescatar esos ritmos. Estoy muy orgulloso de que se haya logrado. Esa es mi música, la guajira, la de nuestras raíces”.
¿Qué fue lo primero que dijo cuando se enteró que había triunfado la Revolución?
“¡Bárbaro!”
¿Y la Reforma Agraria?
“Me benefició mucho. Gracias a la Reforma Agraria a mí me dieron estas tierras. Yo siempre había trabajado para Mingo Velázquez y cuando vinieron aquí, él dijo que me deberían dar terrenos a mí, que era un campesino honrado y luchador. Entonces me entregaron este pedazo, que es un pedazo también de mi corazón. Siempre confié en la Revolución.
¿Por qué?
“Porque era de nosotros y para nosotros, de nadie más. Yo nunca he tenido religión ni santo, pero creí en la Revolución y en Fidel. Cuando él murió, me despertaron por la madrugada para darme la noticia. Vino la Televisión a entrevistarme. Yo no sabía qué decir, pero me puse la mano en el pecho. Aquello era muy grande, muy grande perder a alguien como él. Fue un golpazo.
“Yo casi soy analfabeto. Cuando la Campaña de Alfabetización aprendí un poquito, pero es que no me entra muy bien todo eso de las letras. Bueno, contar dinero sí sé. Aunque me encanta oír la Radio y siempre estar informado para saber lo que está pasando en el mundo. No sé mucho, pero sí conozco nombres grandes de verdad de la historia de este país: Fidel, Che y Camilo. ¡Gente buena y honesta!”
José Martí dijo: "Ayudar al que lo necesita no solo es parte del deber, sino de la felicidad". Me comentaron que en 1989 usted donó sus terrenos a la comunidad...
“Había que hacer una bodega y ninguno de los que tenían tierras querían donarlas. Yo sí di el paso al frente y dije: Cojan eso, que es para el bien de todos.
“San José es mi Patria chiquita y qué mejor oportunidad de agradecerles a estos vecinos su apoyo y cariño que entregarles mi tierra, algo tan importante para mí. Esta es una comunidad muy revolucionaria y buena. Se merecía que yo diera ese terreno.
Esa es otra forma de luchar.
“¡Claro que sí, comay! Hay que hacer por tu comunidad. Si no haces por tu Patria chiquita, no le das nada a la grande, que es Cuba.
“A mí siempre me ha gustado hacer por los demás. Muchos pensaban que yo era un bobo porque a veces no cobraba mi salario y lo que pedía era una cerquita para la finquita de mis hijos. Pero ese soy yo, nunca le hecho daño a nadie, ni al bueno, ni al malo”.
¿Cuál es el secreto de Antonio para con 99 años, seguir trabajando la tierra?
“Trabajar, no hay más secreto que ese, trabajar todos los días con muchas ganas. No me gusta estar sentado. Lo primero que me enseñó mi papá fue a picar caña (de azúcar). Participé en muchas zafras. Yo salía a las 5:00 de la mañana y me pasaba el día entero a pie con una yunta de bueyes para acopiar madera. No pocos me decían: Este no es cristiano, este viejo está loco.
“Aquí cultivo piña, mango, caña, plátano, de todo. Este pedazo de tierra abastece a la cooperativa Niceto Pérez y somos los que más aportamos. Ya perdí la cuenta de todas las medallas que hemos ganado. Ahí tengo guardados los gallardetes de la zafra de 1970 y de la victoria de Girón.
“Trabajar es lo que más me gusta en la vida, eso de andar de vago no va conmigo”.
¿Cuál es su mayor miedo?
“Ninguno, no hay que tener miedo en la vida. Que si andas con miedo, te pasa el tiempo por arriba y no vives como hay que vivir”.
Dicen que usted tiene una novia.
¿Yo?
Sí, una novia que se llama como la de Ignacio Agramonte: Amalia.
“¡Ah, sí! Amalia y yo somos novios hace 76 años. Yo la conocía desde que éramos muchachos. Ella ha luchado conmigo toda la vida, a mi lado siempre. ¡Y mira que yo he sido enamorao! Una vez, en una fiesta vino una muchacha a sacarme a bailar, después se iba para mi mesa detrás de mí. Yo le decía: Si Amalia te pregunta, tú eres prima mía. Pero al final, Amalia siempre me ha cuidado. Cocina que es una maravilla. Se ha vuelto peleona la vieja esa, pero sigue siendo linda y buena”.
¿Qué sueña para el futuro de Cuba?
“Mucha paz, tranquilidad y salud para que todos puedan trabajar y hacer lo que quieran en la vida. Que sigamos siendo felices”.
Si ahora mismo viene la muerte a buscarlo, ¿qué le diría?
“Que me deje trabajar un día más”.
Cuando siembra los pies en la tierra parece que le da un beso y cuando pasa el azadón, acaricia tierna y dulcemente a su Patria.
¡Ah, Antonio, se me olvidó hacerle una pregunta! ¿Por qué trabaja descalzo? En su cara una expresión nueva, como de muchacho encanecido y lleno de sueños, un guajirito trigueño por el sol, que quiere comerse al universo:
“Porque me siento sabroso, comay".
Para mirar el mundo y mirarlo bien, hay que tener ojos de casi un siglo, como los del "joven" Antonio. Una memoria viva de lo más puro de nuestra historia.


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