Lunes, 08 Octubre 2018 07:06

Una tunera en Vallegrande

Escrito por Esther De la Cruz Castillejo

Las Tunas.- Eran poco más de las 2:00 am de un jueves lluvioso. La enfermera Elizabeth de la Paz Socarrás vivió muchas jornadas similares en sus 26 meses de misión internacionalista en la capital de Bolivia. Ansiaba ya regresar a casa. Los suyos, lejos del clima frío que ahora le acurrucaba los amaneceres, también habían franqueado penas sin su abrazo.

Ese día, sin embargo, sería el último jueves lluvioso que pasaría en aquel país y ella iba a una cita necesaria. Lo sentía así mientras el carro se deslizaba torpe por entre las laderas de las montañas y el camino malo, malísimo, daba paso a las casas pobres que les iban naciendo a las faldas y las cimas de las lomas.

Llegaron sobre las 10:00 am. Habían recorrido la distancia justa para cumplir su compromiso antes del adiós definitivo. Vallegrande les saludaba y cada hendija parecía desnudarles la huella vigorosa de Ernesto Che Guevara.

Impresionante el mausoleo, cuidado constantemente por manos cubanas. Una brigada médica se mantiene allí, en el hospital Nuestra Señora de Malta, y salva vidas a la vez que limpia, preserva la otrora lavandería, la morgue y hasta la camilla siniestra donde ultrajaron al cuerpo sin vida del argentino y lucieron al mundo sus ojos abiertos, prueba irrefutable del fin. Como si eso bastara para matarlo.

Trata de disimular las lágrimas que le nacen cuando atraviesa el sitio y ve las fosas. Allí estuvieron las osamentas en espacios comunes durante décadas. Y una pared que parece que te habla, muestra los rostros, los nombres, la historia. Entonces llora sin tapujos. Lo hace mientras pone flores y descubre que, como ella, muchos enjugan el llanto, en silencio.

Alguien recuerda las cartas de despedida del Che. La tunera retiene en su memoria la que dejó a su amigo Carlos Rafael Rodríguez: "En el estribo alucinante me cuadro y te saludo. Otros soles alumbrarán mis teorías...".

También va hasta el otro mausoleo. Ahí está la ropa del Che. Las supuestas botas que él traía que no eran botas, más bien pedazos de telas, medias y unas sandalias que hizo cuando los zapatos se le rompieron. Todo sucio, lleno de una tierra colorá, distinta de la nuestra.

Ya era de noche cuando volvieron a la ciudad. Poco más de las 10:00 pm. No pudieron avanzar hasta La Higuera. Sabían que era imposible en carro. Estaban preparados para hacer parte del trayecto a pie, con tal de estar en la escuelita, el sitio exacto del último suspiro. El clima, la prisa... no pudo ser.

Faltaban apenas horas para el regreso a casa. ¿Cómo un hombre lo deja todo y sale por el mundo buscando un sueño que termina en una muerte así? Y entonces sonríe. Elizabeth es ejemplo cabal de la victoria de Guevara. Ha estado allí, gimiendo entre cartas por el dolor de los suyos, buscando resortes en cada rostro boliviano con otra oportunidad.

Se cumplen este octubre 51 años de los sucesos nefastos de la Quebrada del Yuro. Muchas imágenes recorrerán el mundo. Ella buscará, entre todas, la de los especialistas que se trasladan a Vallegrande por estas fechas para hacer ferias de salud gratuitas para la comunidad, y la de los niños que sonríen a los tiempos.

Quizás porque han tenido a alguien que piensa en ellos desde la obra y el corazón, al punto de compartir su suerte, su hambre, su tifón y su esperanza; dejando la cobija del hogar y mostrando desde el sacrificio, la fuerza colosal del ejemplo.

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