Realmente, se trata de una ciudad encantadora. "A pesar de ser pequeña, figura entre las más limpias y bellas de Cuba, con un desarrollo cultural y una fisonomía únicos que reproducen en breve formato a las grandes urbes de anchas avenidas, paseos y malecón", dice de ella una guía turística.
Imagino a los portopadrenses hinchados de orgullo por tan elogiosa y merecida apología. Ellos suelen agradecer por toneladas cuanta palabra ensalce los atractivos de su terruño, y blasonan, entre otras cosas, de que su ubicación geográfica aparece reflejada con la denominación de Portus Patris en la cartografía del llamado Nuevo Mundo desde el distante siglo XVI.
El epíteto de Villa Azul, que también identifica al carismático pueblo, debutó después, motivado quizás por la azulada tonalidad de su mar y de su cielo. El primero en emplearlo fue el periodista Manuel García Ayala, quien le dio vida en un poema en los años 20 del siglo pasado. El apelativo ganó beneplácito público. Tanto que los comerciantes lo adoptaron como eslogan.
En las décadas iniciales de la propia centuria, otro periodista-poeta se encargó de añadirle lirismo y sugerencia: el canario Manuel Martínez de las Casas, director del semanario El Localista, quien en versos de su autoría se refirió a la localidad como a la Villa Azul de los Molinos, en virtud del gran número de esos aparatos de viento que funcionaban a la sazón en la comarca.
Por cierto, este municipio es tierra de curiosidades. Por ejemplo, es el único territorio cabecera de nuestra provincia que no cuenta con ferrocarril, y la única localidad en Cuba cuyo estadio de béisbol limita por uno de sus jardines con el cementerio municipal. Un batazo más allá de las cercas va a caer, indefectiblemente, en los sagrados predios del campo santo. Los guasones dicen que entonces los árbitros declaran bola muerta.
El territorio de Puerto Padre perteneció inicialmente a la Villa de San Salvador de Bayamo. En 1752, al crearse el Ayuntamiento de Holguín y por necesidad de sufragar los gastos de este, los ediles solicitaron al monarca Fernando VI la concesión de las tierras realengas "para que puestas a censo y tributo ingresaran sus rentas en los fondos del municipio".






















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