Alejandro acaba de graduarse de ingeniero industrial en la Universidad Agraria de La Habana, pero no niega la provincia que lo vio nacer y eso se notó mientras tomaba parte en el certamen que desde la pequeña pantalla premia la inteligencia y el sentido del humor. Quizás por eso no dejó escapar la oportunidad de responder una interrogante en la cual había fallado otro de los competidores: “En mi tierra, Las Tunas, es la Fuente de las Antillas”, respondió con orgullo.
Convertirse en competidor no es sencillo, explica, pues antes es preciso vencer exámenes que combinan cultura general y agilidad mental. La Neurona… no fue su primer contacto con los medios de comunicación, pues como integrante del Movimiento Juvenil Martiano ya tenía una idea de qué es enfrentarse a la televisión; mas admite que esta experiencia resultó "mucho más intensa”.
El programa, subraya, tiene diferencias con respecto al esquema comercial que prima hoy en los concursos televisivos de conocimientos. “La vibra que impera es la calidez y la familiaridad con que te tratan. Lo otro es que constituye una competencia meramente para divertirse. No es un torneo elitista ni mucho menos. Solo buscamos la satisfacción personal, y colectiva, porque tu barrio, tus amigos se identifican contigo y ese es un sentimiento muy gratificante.”
Antes de despedirse aclara que “no tenemos guion. Llegas con tus conocimientos y te empiezan a hacer preguntas”.
Participar en ese espacio le deja a Alejandro el agradable sabor de no solo haberse tornado una celebridad a los ojos de sus compañeros de estudio, profesores y tal vez de sus futuros colegas en la refinería de petróleo Ñico López. Guarda para sí los recuerdos de las bromas mutuas entre los concursantes en las pausas de cada emisión, porque, insiste, solo eran rivales frente a las cámaras.


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