¿Y los acusados?, muchachos y muchachas generalmente muy jóvenes. ¿El delito?, combatir, hasta de forma pacífica, desmanes de gobiernos vendidos a los intereses de la oligarquía doméstica, en tiempos de la República Neocolonial.
¿La sanción?, impuesta casi siempre extrajudicialmente, la pena máxima. Y la sangre rebelde bañaba calles y campos santos improvisados en cunetas, solares yermos, en fin, en sitios apartados de la vista y el repudio público.
Basta, para ilustrar a las nuevas generaciones la mala estirpe de los testaferros de entonces, volver a ver, no importa cuántas veces, Clandestinos o Ciudad en rojo. Son esas las dos películas más publicitadas de la cinematografía cubana que trata esta temática, todavía virgen en mi opinión, por sus dimensiones para conocer tal pasado de oprobio.
El dolor de las familias y del pueblo avivó la llama que encendió las ansias libertarias, y la justicia se gestaba en suelo antillano y fue a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, al Presidio Modelo, a México, navegó en el Granma, tomó la sierra y el llano, los campos y las ciudades y llegó la redención...
Por eso, no es obra de la casualidad que a solo cinco días de la huida del tirano Fulgencio Batista, el 5 de enero de 1959, le naciera al país, a su gente común y valiente, la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que ahora festeja, junto a la Revolución misma, el 60 cumpleaños. Lo hace con una generación veladora del sosiego ciudadano, al que han protegido sus combatientes desde la destitución de aquel cuerpo represivo que enlutó a miles de hogares.
La PNR tuvo su gran prueba de fuego cuando el ataque mercenario por Playa Girón. Muchos integrantes sellaron con heroísmo y sangre el compromiso de defender la Patria socialista y sus conquistas en beneficio de todos.
Esta fuerza continúa fiel al acto fundacional y sus miembros merecen el más encarecido homenaje.


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