Desde el 10 de marzo de 1952, los cubanos padecían la ignominia de una de las dictaduras más sanguinarias de América Latina. Muchos de sus mejores jóvenes habían ofrendado sus vidas en la clandestinidad y en las montañas con el ánimo de derrocarla. La Isla se merecía esta victoria, conseguida merced a un extraordinario acopio de sacrificio. Entonces, sobraban las razones para la alegría. Sí, con la fuga del tirano se le cortaba la yugular a un régimen que había convertido en política de Estado el robo, el asesinato, el despotismo, el hambre, la insalubridad, el desempleo y la ignorancia. Junto con el triunfo rebelde comenzaba a retoñar en el pueblo la semilla de la esperanza.
El primer día de enero de 1959 los tuneros tomaron las calles para festejar en grande la buena noticia. ¡Hasta los desconocidos se abrazaban y congratulaban entre sí, felices ante la perspectiva de construir una nueva Cuba, libre de clases sociales y de discriminación! Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, hicieron suyo el momento.
Las columnas rebeldes que marcharon a La Habana, fragantes a pólvora y a serranía, pasaron por la otrora Victoria de las Tunas en la madrugada del 4 de enero. Aquí se les sumaron los integrantes de la columna 12 Simón Bolívar. Los noctámbulos que habían aplazado su cita con Morfeo vitorearon a su paso a la triunfante caravana.
Los primeros días del mes de enero de 1959 -hace justamente 60 años- convencieron a los tuneros de que ya nada volvería a ser como antes. Estaban en presencia de un nuevo país, dispuesto a ser libre y a devolverles a sus hijos toda la justicia y la dignidad del mundo.
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