Los dedos de su mano izquierda le sirven para enumerar sus años. Dicen que es la niña de casa, que le gustan las muñecas, especialmente los bebés. Y lo confieso, siempre me han gustado los niños y crear una empatía con ellos es un dulce reto que me propongo.
Por eso, rompo el hielo y le pregunto por sus muñecas. Ella esquiva la respuesta y me habla de una cadenita que perdió. Yo me preocupo y a la vez encuentro puntos en contacto. María Caridad y yo, somos igual de coquetas. Cuestión que corroboro cuando me comenta: “Mañana me toca arreglarme las uñas otra vez”.
-Tienes uñas hermosas, le digo y reparo en las mías que ya necesitan una intervención urgente.
Continúo con mi labor investigativa, me convierto en todo una espía del mundo de Papita, como algunos en casa le dicen. Me interesa saber cómo se relaciona con sus compañeros, por ahí va mi nueva línea de preguntas. Ella, ante mis dudas, me responde con total seguridad y no hace más que multiplicarlas.
A modo de confidencias me cuenta que está muy cansada porque la visita a su hermano la dejó extenuada. Él, según ella, vive en “casa del c…”. Una frase inapropiada para una niña de su edad. -¿Cómo es posible que María Caridad emplee tal lenguaje?, prosigue y entre risas pícaras me cuenta que su hermano vive en El Marabú, que él es feo y come pan. Voy atando cabos. Creo que estoy cerca del perfil de esa persona tan especial para Papita, pero aún no logro descifrarla a ella.
En su diálogo sincero se muestra amante a los libros, principalmente de aquellos con dibujos. Me explica que sus muñecas preferidas son las gorditas y en especial, un “mono pela´o” que ya hace tiempo perdió el cabello. Regresa a su otra preocupación, pues hablar de esas cosas que la hacen feliz, no le evitan los recuerdos de su hermana “cabezona” que según ella, “no ha visto más”.
Juego su carta y cambio de tema:
- María Caridad, ¿te gustan los dulces?
-No, los dulces me dan… yo como mojonada.
Regresa su risa pícara y con ella, la mía, pero a modo de carcajada. Todo el espacio se contagia de alegría con nuestros estruendos. Ella lo sabe y como quien conoce el efecto de sus palabras, las usa de la forma más eficaz.
-Yo me baño con un “mojón”.
Me muestra el jabón que ese día le habían regalado. Logro en cuestiones de segundos establecer esa empatía que ya creía, sería solo mi responsabilidad. Pierdo las riendas de mi propia entrevista.
-Me interesa mucho conocer a tu hermano, le digo.
-¿Pa´qué?, dice ella y añade: -Él es Gonzalo, feo y hace muecas. Está en Las Parras trabajando, pero no viene más ese descarao.
-A mí realmente no me importaría nada de eso, pero siendo hermano de una persona tan especial como tú debería conocerlo, le respondo.
No sé cómo, pero llegamos en medio de este torbellino de información en el que me envuelve Papita, al tema culinario. Sus gustos por el plátano maduro, el mango, el congrí y la carne de res, coinciden totalmente con los míos.
Ya estoy en su mundo. Comienzo a apreciar el “mojón” que tiene en sus manos e imagino la variedad de olores que pudiera tener, solo me separa el envoltorio de descubrirlo, pero es solo de ella. Yo también sería feliz con un objeto así. ¡Cuánta limpieza en una pieza tan pequeña! Pienso en mis hermanos. Los necesito y están tan lejos… Hace cuánto no aprecio un buen libro, esos que hablan a través de imágenes. Creo que las palabras sobran en este mundo. Aquí valen más las miradas y las sonrisas. Creo que me quedo aquí con Papita. Una muñeca, un jabón y un libro son suficientes para ser feliz.
“Ella vivía debajo del puente elevado de Calixto en Majibacoa…”, escucho en la distancia una voz que me devuelve a mi mundo.
“Ella y su madre vivían debajo de ese puente. Su madre cuidaba de ella, pues su mente diferente la convierte, a sus más de 70 años de edad, en un infante. Es nuestra niña aquí en el Hogar de Ancianos. Cuando llegó, el 15 de diciembre de 1999, no podía casi caminar ni hablar, pero gracias a los procesos de rehabilitación, hoy es capaz hasta de bailar. En su pueblo de Majibacoa la quieren mucho y cuando la llevamos a los Carnavales, todos la abordan y le expresan cariño”, precisa Yamilka Estrada Peña, trabajadora social del hogar de ancianos Doctor Carlos Font Pupo, de la ciudad de Las Tunas.
María Caridad o Papita, como la llaman sus conocidos cercanos llegó hace 20 años a este centro junto a su madre y cuando esta falleció se quedó con sus amigos de siempre. Le tocó convivir con personas longevas buena parte de su vida, pero a pesar de eso, su niñez no se apresuró. Ella nació para ser la niña de la casa eternamente y para embaucar con su magia a aquellos que solo ven la felicidad a través de la lucidez.
(Publicado originalmente en Tiempo21)






















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