Émily quiere abrazarlo. Se pone de pie y muestra cómo le gustaría ceñirse a su regazo. Los otros compañeritos la imitan. Ella cada día ve su rostro en la televisión, en el aula, en casa. Pero recuerda que hace un tiempo la gente lloraba, una caravana de tristeza pasó por Las Tunas y en esa fecha ya no hubo sonrisas.
Manuel sabe del Comandante. Me comenta de su preferencia por la pelota y me pregunto cómo sabe de ese juego contra Venezuela en el que la "picardía" de Fidel sorprendió a Chávez. Conoce anécdotas, y asegura que está vivo. Los demás niños contradicen al unísono, él se explica: "Su presencia sigue con nosotros", y entonces todos asienten.
Desde los salones de Prescolar del círculo infantil José Mastrapa, de esta ciudad capital, caritas muy bisoñas evocan a Fidel. La magnitud real de su existencia la conocerán después, pero hoy lo acarician en sus jerigonzas, y tanto, que los adultos nos sentimos pequeños de emociones ante su devoción.
Unas crayolas han atado al Comandante a la hoja de papel. Parece un gigante de brazos cortos. Viste de uniforme verde limón y tiene una barba larguísima. Hay que abstraerse "un tin" para reconocerlo. Y en pleno rostro, entre los cachetes coloreados, un beso bien rojo. Qué tributo tan halagador para hacerle frente a esta triste cita de noviembre.
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