Jueves, 29 Marzo 2018 06:59

Ramón Ortuño, primer general negro del Ejército Mambí

Escrito por Esther de la Cruz Castillejo

Las Tunas.- A Ramón Ortuño hasta acá lo trajo el amor. La joven Adelaida Salazar un día lo conquistó con la mirada y esa razón fortísima, que cambia irremediablemente la vida, le hizo dejar Holguín y aplatanarse en este espacio de Cuba.

Era herrero de profesión y montó un pequeño taller que se fue volviendo negocio próspero y le permitió acumular una respetable fortuna y ser dueño de varias propiedades. Cuentan que muchas de las rejas que engalanaron la ciudad en los años de la colonia se fraguaron en su modesta industria.

Ortuño formó parte además, del primer cuerpo de bomberos que tuvo Las Tunas, todos negros, como él. Y llegó a construir en su finca El Guisasero, un pequeño ingenio para fabricar raspaduras, las que resultaron muy populares entonces en toda la comarca. Al punto de que todavía se conoce como La loma de Mongo al sitio en que el "ingenito" estuvo enclavado.

A pesar de su esplendor económico, fue de los primeros en alzarse junto al León de Santa Rita aquel 13 de octubre de 1868. Ese día rompió relaciones con la metrópoli y, como la decisión estaba tomada desde antes, para la fecha ya tenía cerca de 150 hombres dispuestos a seguirlo en tamaño desafío.

Su deseo de libertad había nacido tal vez en sus años más jóvenes, mientras correteaba los campos junto a su amigo don Luis de Feria Garallalde (después general de las luchas independentistas cubanas) y veía tanta injusticia alrededor, tanta pobreza, tanto golpe de cuero.

Llegó a general a la vera de un adelantado de su tiempo como Vicente García. Un hombre que tuvo en sus huestes lo mismo a un comunero de París que a un esclavo liberto, al hilo, en nombre de la libertad de Cuba. Porque ese era el bien mayor y no importaban colores en la piel, sino razones en el alma.

Ortuño se ganó el mote de Mongo Metralla por los "chicotes" que inventaba con barrotes de ventanas o con tornillos de líneas telegráficas. Eran unos perdigones para rellenar los cartuchos. Fueron duros los años de la guerra.

Murió en combate un día perdido de 1870, en algún punto, también incierto, entre Las Tunas y Maniabón. Las tropas mambisas no pudieron rescatar su cuerpo. Los españoles cortaron el cadáver a golpe de sable y lo incineraron después. La barbarie terminó con las cenizas al viento. La leyenda no, esa todavía, para bien, nos alcanza.

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