Fue algo instintivo, me abrí paso entre los curiosos e intenté ayudar. Pero mis ganas no bastaron. Apenas logré incorporarlo un poco y otra vez se incrustó contra el piso. Miré a mi alrededor buscando refuerzo y la gente continuaba impávida. A ese punto me tocó exigir colaboración y un señor mayor, de malas ganas, se hizo cargo.
La vecina más cercana fue a asomarse también. Ella le veía pasar por las mañanas, a veces con un pomito de café, una lata con ron o algún alimento en una mano mientras con la otra se apoyaba en el bastón. Definitivamente el hombre desmayado tenía una historia compleja. Su carta de presentación era la camisa raída, los zapatos agujereados y el hedor, casi insoportable.
Minutos después el chofer de una mototaxi lo cargó en brazos y lo llevó rumbo al hospital. Las miradas lejanas y curiosas se disiparon, más en la parada de ómnibus no se habló de otro tema en la media hora que demoró en aparecer una guagua.
Muchas opiniones se concentraron en el hecho de que el Estado cubano no tiene creados los mecanismos efectivos para que las personas que deambulan por trastornos psiquiátricos o falta de recursos económicos puedan encontrar resguardo en instituciones sociales. El cúmulo restante de criterios fue acerca del mal olor alojado aún en el ambiente.
Personalmente, la desidia de aquella mañana me enmudeció. Nadie reparaba en la cuestión más importante: un ser humano había estado en el suelo por varios minutos sin demasiada ayuda, su condición de salud seguía siendo un misterio y tampoco parecía merecer la mínima inquietud.
Muchos de los presentes en aquella parada no resultaron totalmente desconocidos para mí. Una de las señoras de mirada distante es religiosa muy devota, de las que cantan a viva voz los himnos cristianos. Aun así, no movió un músculo para socorrer a su prójimo.
Tres estudiantes de Medicina permanecieron también en su sitio con los uniformes impecables, como si su futuro no estuviera a merced de pacientes desmayados y hedores y apariencias diversas. En otras partes del mundo nuestros galenos protagonizan historias increíbles en la más absoluta pobreza. Se me antoja que esos valores hay que aprenderlos y fomentarlos en casa. La valía de una bata blanca va mucho más allá de su blancura.
Ciertamente, los mecanismos para brindar los tratamientos adecuados y evitar que una ínfima parte de la población deambule, no son del todo eficientes. Pero en esa ecuación la familia posee la mayor responsabilidad. Muchos de los viejitos que a veces pernoctan por las calles tienen hijos o nietos que por cuestiones obvias deberían ser capaces, al menos, de tramitar sus necesidades.
Los que hemos vivido un tiempo fuera de Cuba encontramos panoramas muy distintos a la idiosincrasia de la Isla. Y duele comprobar las distintas maneras en las que puede estar sola una persona, la facilidad con la que resulta prescindible y su futuro no le importa a nadie. Al cubano eso le afecta porque su esencia es ser solidario, más allá de cualquier pretensión. Esa capacidad nuestra de involucrarnos constituye un raro tesoro.
Estas líneas se las debía al hombre que se desplomó a mis espaldas. El incidente, por aislado, se me atoró en la garganta y lo escribí de un tirón. Ojalá que las circunstancias hagan brotar siempre la mejor versión de nosotros mismos. Y que la fetidez, la suciedad o cualquier agravante no nos impidan, bajo ningún concepto, socorrer a un ser humano.






















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