La Casa Azul sobresale por el tamaño. A primera vista una cree que dentro puede encontrarse casi todo. Mas la realidad dista mucho de las expectativas. En sus estantes hay adornos y cristalería que parece que han estado desde siempre ahí y siguen exhibiendo precios exorbitantes. Hasta hace poco podía encontrarse una bonita planta artificial cuyo costo estaba próximo a los 100 CUC.
La ropa no se parece para nada a como viste el cubano. Hay prendas bonitas y elegantes, pero no es la generalidad. Ni siquiera en los maniquíes promocionan modelos para dejar enamorados a los clientes. Con los zapatos sucede igual, son escasos los vistosos, el resto pecan de insignificantes y además caros, una combinación imposible.
Ni hablar de los juguetes para niños. Ahí está uno de los rompecabezas más tristes de la cuestión. ¿Quién puede comprarle a su hijo una lancha en 40 CUC? El cubano de a pie no tiene la posibilidad, ni el profesional, ni la mayoría de la población cuyas espaldas sostienen los diferentes frentes productivos. ¿Cómo es entonces que las ofertas no están pensadas para el pueblo?
Hace un tiempo me fui a las tiendas en busca de una plancha eléctrica tradicional que no encontré. En cambio me sorprendió descubrir a la venta una botella pequeña de agua, en un envase de vidrio, a la impensable cifra de 2.40 CUC. Tomé el pomo en las manos y leí con atención convencida de que algo más debía ofrecer, pero resultó ser simplemente agua de importación.
Mi cabecita revuelta que no entiende muy bien cómo funciona el proceso solo pensaba quién compra esa botella. ¿Quién la trae a Cuba?, ¿cómo es que gastan recursos y espacio en las tiendas en vez de canjearlo por productos de primera necesidad?
Es una realidad que la mayoría de los cubanos compramos por trasmano las ropas y los zapatos que usamos. Ese fenómeno está dado por la ineficacia del mercado nacional. Se me antoja que las personas que deciden qué artículos ofertar a la población cubana no conocen sus gustos y necesidades reales.
En una ocasión uno de los vendedores de otro punto de venta me comentaba que tenían en una vitrina una simple cámara fotográfica hacía más de 5 años. Nunca le habían bajado el precio y probablemente ya se hubiera dañado su lente sin que se concrete ninguna gestión para su venta. Eso da la medida de que en Cuba los negocios no se piensan desde su rentabilidad.
Me resulta inexplicable además la sección de mermas. He visto en promoción jarras sin asa, artículos despedazados, carteras desflecadas, zapatos rotos. ¿Cómo se entiende esto? La comercialización, en todo el mundo, asume las pérdidas por mermas. Como es que aquí solo se le hace una pequeña rebaja y siguen en los mostradores. Eso a las claras es irrespetuoso.
Definitivamente en Las Tunas no hay muchos espacios para las frivolidades. Por estos tiempos contrasta con la ausencia de algunos productos (por ejemplo los comestibles, los de primera necesidad y los de construcción), la ineficacia de otros que caducan en las vitrinas.
Es cierto que han surgido espacios como Bandolli y Agua y Jabón que aun cuando sus precios no son del todo asequibles a la media, mantienen ofertas constantes. Esperemos que la restructuración de las tiendas vaya a los asuntos medulares, para que el cubano pueda encontrar, por las vías estatales, lo que realmente necesita y puede comprar.






















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