La veo pasar y a veces me indignan sus rutinas. Es una niña alta y corpulenta. A la vista y sin el uniforme escolar parecería una mujer, pero se resguarda aún en el Seminternado Jesús Arguelles. Mientras sus compañeras, de seguro, retocan varias veces el peinado y alisan las sayas para no estrujarlas, ella atraviesa las puertas, en muchas ocasiones, con el uniforme medio deshecho y sudando, porque es consabido que lidiar con un niño de camino al círculo infantil puede ser una labor muy, muy estresante.
Cada vez que coincidimos me involucro sin querer en su escena. A veces celebro para mis adentros que el hermanito ya no grite y se deje cargar en silencio. Otras, admiro su aplomo por no perder la calma, colocar el pequeño "paquetico" en las manos de quien corresponde e irse lejos.
La parte que yo percibo de la historia de esta niña es solo la visible. Pero al interior del hogar los roles se pueden trastocar aún más. Lamentablemente, en muchas familias de varios niños pequeños a la "mayorcita" le corresponde ejercer las funciones de madre y entre cuidar a los hermanitos, prepararles la leche, bañarlos, vestirlos para salir y demás, en ocasiones no les queda tiempo para recordar que ellos todavía son niños.
Es vital enseñar a los hijos a comportarse como hermanos, con las responsabilidades que eso atañe, crearles el hábito de cooperar con las tareas del hogar y compartir el trabajo. Pero he escrito estas páginas por el temor a los excesos. Los matrimonios que deciden ampliar su descendencia deben contar con que en los adultos, y solo en ellos, recaiga la parte menos hermosa de lidiar con un bebé.
Una familia grande es una suerte de bendición que no todos tenemos, ni sabemos afrontar. Requiere planificar no solo las cuestiones materiales sino la confluencia de todos los miembros sin que alguno se recargue demasiado.
En mis albores como periodista me atreví a entrevistar a una adolescente con un embarazo próximo a alumbrar. Tuve que pedirles permiso a sus padres. Y aunque olvidé los detalles recuerdo que me confesó que se había casado porque en su casa le tocaba lidiar con otros tres hermanos, así que si tenía que cambiar pañales, mejor que fueran los de su hijo.
En el hogar, a los "mayorcitos" les toca lidiar con más tareas y "mandados", posponer sus deseos, cambiar el canal del televisor, donar la fruta más sabrosa, y el balance, y donar... incluso la cuna. De por sí, ya se me antoja muy difícil el papel de hermano mayor, adulterarlo con obligaciones no es prepararlos para la vida, es simplemente violar los derechos de su infancia.
A la niña de mi historia la veo pasar por mi lado y espero que su panorama cambie, que alguna vez encuentre al pequeño colgado de otro cuello que no sea el suyo. Su presencia me recuerda lo maravilloso que es tener un hermano que cuide ti y lo errado que podemos actuar los padres, a veces, en la crianza de los hijos. La pionera con el bebé en brazos me ha hecho pensar (por primera vez acaso) en las responsabilidades mal distribuidas, en lo que significa ser el "mayorcito" y en la necesidad de que a ellos, también les cuiden la infancia.


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